arqueología mexicana
Coyolxauhqui. La diosa de la Luna

ÍNDICE 102  
Coyolxauhqui. La diosa de la Luna El Museo Nacional en 1865
El Proyecto Templo Mayor. A más de 30 años El pecio Cuarenta Cañones. Joya arqueológica
Coyolxauhqui en el mito K’inich Janaab’ Pakal
El monolito de Coyolxauhqui.
Investigaciones recientes
ANTROPOLOGÍA FÍSICA: Una visión de la vida y de
la muerte en el México prehispánico
Las otras imágenes
de Coyolxauhqui
HISTORIA DE LOS CÓDICES: Los Códices de Azoyú
y el Lienzo de Tlapa
Coyolxauhqui y el Templo Mayor
DOCUMENTO: Códice Magliabechiano
ARQUEOLOGÍA: La Piedra de Tízoc CUENTO: El caballo blanco

Una visión de la vida y de la muerte
en el México prehispánico

María Elena Salas Cuesta, Jorge Arturo Talavera González

Desde tiempos remotos las distintas culturas, como la prehispánica, han dedicado un espacio primordial a la reflexión sobre la muerte. Por ello las prácticas funerarias de una población permiten acercarse al conocimiento de diversos aspectos de ella, que abarcan desde el estrictamente biológico hasta los de orden social, político, económico y religioso.

Entierro
Los objetos asociados a los entierros ofrecen información valiosa para los investigadores,
como éstos, localizados en el entierro 154 de Tlatilco, estado de México.

Foto: Fototeca de la Dirección de Antropología Física (DAF) / INAH

El estudio de la muerte, acontecimiento tan cotidiano como inevitable, ha abierto una serie de horizontes en la investigación. La posibilidad de cuantificarla, conceptualizarla y contextualizarla por medio de las prácticas funerarias y las formas elaboradas de su culto permiten obtener conocimientos que van desde el estrictamente biológico hasta los de orden social, político, económico y religioso, razón por la cual el tema relacionado con las costumbres funerarias es muy vasto.
Los primeros indicios arqueológicos de sepulturas rituales se encuentran en Europa y Asia, y se les han determinado fechas de entre 100000 a 35000 a.p. Destaca entre ellos el de Le Moustier (Francia), donde se encontraron los restos de un hombre joven que fue colocado acostado sobre su lado derecho, con la cabeza apoyada en el antebrazo; junto a su mano se encontró un hacha labrada y huesos de diversos animales rodeando su cuerpo, por lo que se infiere que fue enterrado con alimentos, los cuales debían proporcionarle sustento para el viaje a la nueva vida (Leakey, 1981).
La muerte en el mundo prehispánico era una realidad con la que se convivía; en su pensamiento no existía ruptura entre los extremos vida-muerte. Las sociedades de entonces integraron la muerte en su ciclo cosmogónico como una circunstancia más del devenir: al morir se renace; ésta era la idea básica y de ella se desprendió la concepción de permanencia y dualidad.
En México se pueden encontrar ejemplos de tratamientos y ritos funerarios correspondientes a 6000 años a.p., relacionados con los inicios de la domesticación de plantas en el valle de Tehuacán, Puebla, y posteriormente, alrededor de 1800 a.C., se advierte ya un culto muy elaborado a los muertos, pues en la mayoría de los casos se acompañaban de gran cantidad de objetos cerámicos. En efecto, vajillas, figurillas y máscaras transmitían la idea de la representación de la muerte, y es evidente que este sentimiento religioso se remonta a la época prehistórica, toda vez que se observa una clara preocupación por el individuo muerto que contribuía a estrechar los vínculos existentes entre los vivos y los muertos.
Las culturas mesoamericanas ofrecen un gran mosaico de estos ejemplos desde el periodo Preclásico en la región central de México, en sitios como Tlapacoya, el Arbolillo, Zacatenco o Tlatilco, donde se localizaron y recuperaron entierros individuales y colectivos dispuestos de distintas formas, acompañados por diferentes objetos y figuras de barro antropomorfas y zoomorfas, vasijas con distintas formas, urnas, lítica, huesos trabajados, e incluso son frecuentes los entierros de perros ya sea solos o acompañando a algún individuo. Esta variedad continúa en los diferentes periodos y culturas mesoamericanos, y va desde desmembramientos (desarticulaciones), cremaciones o bultos mortuorios hasta el hallazgo de objetos cada vez más suntuosos o tan atípicos como el de un basamento utilizado como tumba en Palenque, Chiapas. Todo ello brinda una aproximación a la cosmovisión del México prehispánico.

TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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María Elena Salas Cuesta. Maestra en ciencias antropológicas, con especialidad en antropología física. Investigadora de la Dirección de Antropología Física del INAH, en donde coordina el proyecto “Rasgos no-métricos o discontinuos en cráneos prehispánicos y coloniales (parentesco)”. Ha realizado diversos trabajos sobre antropología física forense, osteopatología y salud pública en el México virreinal.
Jorge Arturo Talavera González. Investigador de la Dirección de Antropología Física del INAH. Candidato a doctor en etnohistoria por la ENAH. Realiza investigaciones sobre tecnología de hueso en el pasado, bioarqueología y antropología forense.


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