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Aplicado
a la Cuenca de México, el Epiclásico es
un término que, en sus orígenes (Jiménez
Moreno, 1966), se refiere al paso de las sociedades teocráticas
a sociedades militaristas. Tomado con ese significado,
es un término obsoleto. Con intensidad y matices
diversos, el militarismo ha sido una constante a lo largo
de la historia prehispánica; por ello, su utilización
como discriminante de periodos constitutivos de esa historia
resulta inoperante. Alternativamente, el término
se ha usado para caracterizar el periodo que transita
desde la llamada “caída” de Teotihuacan
hasta la aparición de nuevos grandes centros de
población y nuevas formas complejas de organización
social y política en la Cuenca de México.
Sería un periodo de transición marcado por
la aparición en esa región de pequeñas
comunidades, relativamente dispersas, y un flujo intenso
de migrantes desde –pero también hacia–
la Cuenca de México. El producto de esos movimientos
poblacionales fue, entre otras cosas, la proliferación
de comunidades multiétnicas y, también,
de pugnas por la definición de los territorios
que se iban ocupando.
En la misma época y quizás como consecuencia
de la desaparición del papel hegemónico
y monopólico que hasta entonces había ejercido
Teotihuacan, sitios periféricos como Xochicalco,
Cacaxtla, Cantona y Teotenango experimentaron un fuerte
desarrollo, todos ellos con expresiones culturales propias.
Como culminación de ese proceso surgió Tula,
llamada a definir una tradición cultural que daría
lustre a futuras comunidades de la cuenca. Las fechas
en que esto ocurrió serían de 650 d.C.-900
d.C.
Cabe recordar que en esas mismas fechas el área
maya vivía un proceso totalmente diferente: experimentaba
un clímax poblacional y un auge económico
impulsado en cierta medida por una intensificación
del comercio a distancia. Se trata, por ello, de historias
políticas, económicas y sociales diferentes,
con desarrollos independientes y una convergencia prácticamente
nula. Por ello, el término Epiclásico como
etapa generalizada de Mesoamérica no tiene sustento
alguno. La idea misma de un espacio homogéneo producto
de una historia común, una especie de sistema-mundo
donde los acontecimientos en una de sus partes repercuten
inmediatamente y de forma decisiva en el devenir del resto
de las partes es, para esa época, injustificable.
El Epiclásico es, entonces, un término que,
en su segunda acepción, es de aplicación
restringida, concretamente al Centro de México.
El
abandono de Teotihuacan
El proceso de desvanecimiento del poder e influencia teotihuacanos
se intensificó hacia finales del siglo vi con el
abandono de la ciudad y el posterior incendio y saqueo
de algunas de sus estructuras más importantes.
Los responsables de tal vandalismo y, sobre todo, del
proceso que llevó a Teotihuacan a tal desastre,
siguen siendo temas de debate. Poco se ha avanzado en
el sentido de esclarecer estas incógnitas. Las
respuestas siguen siendo las mismas de tiempo atrás:
invasiones de comunidades al norte y occidente de la ciudad;
un cambio climático agudizado por una explotación
irracional de recursos; pugnas internas y la incapacidad
de la elite teotihuacana de mediar para resolverlas; y
un estrangulamiento de las rutas de comercio por parte
de sitios emergentes. Frecuentemente se recurre a una
combinación de dos o más de estas causas.
Ninguna, sin embargo, ha sido suficientemente fundamentada:
siguen siendo muy especulativas.
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EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Enrique Nalda. Arqueólogo
y doctor en antropología. Investigador de la Dirección
de Investigación y Conservación del Patrimonio
Arqueológico, INAH. Miembro del comité científico
editorial de esta revista. |