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En 1496, en pleno apogeo del Renacimiento,
el cardenal Sforza-Riario –conocedor de antigüedades
romanas tempranas– mostró con orgullo a Michelangelo
Buonarroti su colección, dasafiando al artista
de apenas 26 años a producir algo de calidad semejante.
Se suponía que la colección provenía
de excavaciones recientes, pero Miguel Ángel reconoció
entre las piezas un cupido dormido hecho por él
mismo. Confesó al cardenal que la había
esculpido para vendérsela a Baldassare, un comerciante
de Milán; luego de enterarse de que a éste
le había pagado 200 ducados por la pieza, mientras
que el sólo recibió treinta, Miguel Ángel
admitió el fraude. Se encarceló al comerciante
y la fama de Miguel Ángel se consolidó cuando
la historia se dio a conocer: había hecho una réplica
tan fina que pudo engañar a un reconocido experto
y coleccionista.
Esta anécdota sobre el cardenal Sforza-Riario y
la presencia de falsificaciones en las colecciones públicas
y privadas pone de relieve tres asuntos. En primer lugar,
las obras de los artistas contemporáneos nunca
alcanzan un precio mayor que el de las antiguas, consideradas
“clásicas”. En segundo lugar, cada
vez es mayor el número de artistas capaces de hacer
réplicas o de crear formas que reproducen los cánones
del arte antiguo, que piezas auténticas, pero que
logran cubrir la demanda de los coleccionistas. En tercer
lugar, la demanda de antigüedades y la existencia
de productores modernos hace inevitable que aquélla
se cubra con objetos falsos.
El gusto (el “ojo” del coleccionista) es un
factor importante cuando los objetos se coleccionan como
piezas de arte, y no como artefactos culturales o históricos.
Los objetos reunidos por los coleccionistas muestran lo
complejo de su gusto, y los objetos que les ofrecen falsificadores
y comerciantes satisfacen ese gusto. Artistas y comerciantes
se asocian para engañarles, como en el caso de
Miguel Ángel y Baldassare.
Los museos dependen por lo general de la generosidad de
connotados coleccionistas, y es mediante ellos como llegan,
en la mayoría de los casos, los falsos antiguos
a las colecciones públicas.
La historia muestra que las falsificaciones arqueológicas
mexicanas en colecciones privadas y públicas se
han estudiado desde mediados del siglo XIX, por lo menos.
La bibliografía nos indica que las falsificaciones
históricas son hijas de su tiempo, y que los materiales
y estilos de los falsos imponen moda y desaparecen con
cierta regularidad. Aunque quisiéramos afirmar
que sabemos cuáles piezas son falsas, las certezas
sólo se afianzan con el incremento de nuestros
conocimientos. “Las falsificaciones arqueológicas
hechas con habilidad, sobre todo las artísticas,
sólo resultan obvias tiempo después, cuando
el cúmulo de experiencia y el conocimiento sobre
un tema se han enriquecido” (Vayson de Pradenne,
en Sturtevant, 1983, p. 347).
Algunas falsificaciones de objetos prehispánicos
permanecen en las colecciones porque se les considera
obras de arte singulares y, en tanto tales, sacrosantas.
Los objetos con un valor intrínseco –hechos
en jade, cristal de roca, plata y oro– parecen los
más inamovibles. Ponerlos en duda es cuestionar
el juicio y la autoridad de generaciones de curadores
y de las instituciones mismas que los albergan. Otro obstáculo
en la denuncia de falsificación es que se involucran
varios niveles. “Los expertos siempre han considerado
las falsificaciones desde su punto de vista moral y estético,
así como económico… nos indignan porque
creíamos tener el gusto educado y la sensibilidad
estética necesarios para no ser engañados”
(Pasztory, 2002, p. 159).
ARTÍCULO COMPLETO EN
LA EDICIÓN IMPRESA
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Jane MacLaren Walsh. Doctora
en antropología. Trabaja en el Smithsonian Institution,
National Museum of Natural History. Estudia arqueología
y etnohistoria del Altiplano de México. Colabora
con el British Museum y el Museo del Templo Mayor en la
creación de una base de datos para autentificar
la antigüedad de piezas prehispánicas.
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