arqueología mexicana
LOS OTOMÍES, UN PUEBLO OLVIDADO

 


Portada: Guerrero coyote, siglo XVI. Pintura mural en la Parroquia de San Miguel Arcángel, Ixmiquilpan, Hidalgo.
Foto: M. A. Pacheco / Raíces


ÍNDICE 73  
DOSSIER Una vida en el Preclásico

Los otomíes en las fuentes del siglo XVI,
Precisiones sobre el término “otomí”

Cañada de la Virgen, Guanajuato.
“La casa de los trece cielos”
El centro de los otomíes Descripción de las antigüedades de Xochicalco
Lengua, cultura e historia de los otomíes MUSEOS: Guanajuato Alhóndiga de Granaditas
La presencia de Mixcóatl en el área tolteca otomí. Investigaciones recientes, Quintana Roo
El códice otomí de San Mateo Huichapan Francisco González Rul (1920-2005)
Zidada Hyadi, el venerado padre Sol, Ixmiquilpan, Hidalgo GUÍA DE VIAJEROS: Tzintzuntzan, Michoacán
Indumentaria otopame en el M NA CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO



ARQUEOLOGÍA

Una vida en el Preclásico

Luis Alberto López Wario, Francisco Javier Ortuño Cos

Un día cualquiera, de un año cercano a 400 a.C., en una aldea en Ecatepec, estado de México.

Recreación de la vida de una mujer en la época prehispánica, con información basada en datos y análisis recuperados en trabajos arqueológicos realizados en Ecatepec, estado de México, y con una buena dosis de interpretación.

Comenzaba una nueva era para la humanidad. Para ella era lo mismo. Los cambios se perciben mejor a distancia. No sentía esta larga transición que más tarde unos especialistas llamarían del Preclásico Medio al Preclásico Tardío. Detrás de las montañas nevadas amanecía una vez más. A su avanzada edad las articulaciones estaban atrofiadas y necesitaba de un esfuerzo mayor para realizar sus labores cotidianas. Los múltiples partos, la escasa alimentación, la gran cantidad de actividades hacían que resintiera más este comienzo de la temporada de frío y humedad.
La bruma del lago no permitía ver el agua, ni a los primeros hombres que se afanaban en la pesca. A pesar de ello, el Sol iluminaba el fondo de su casa, en la que encendió un fogón para cocinar los alimentos del día. No habría mucha variedad: volverían a comer frijoles, maíz, chile y, si había suerte, algo de carne de un animal que se capturara en el cerro. Las lluvias de estos días asegurarían la cosecha y la existencia de los manantiales de agua fresca.
Poco más tarde sus hijos trabajaban la milpa, mientras sus nietos corrían hasta la orilla del lago y quizá atraparan algún animal acuático pequeño; sin embargo, principalmente recogerían algunas costras de sal.
Para el nixtamal usaba cal que obtenía por intercambio; se ocupaba por horas en la molienda del maíz. Mientras machacaba los granos, su mente divagaba recordando aquellos momentos en que su cuerpo no mostraba aún los estragos causados por la vejez, cuando era joven y asediada por más de tres aldeanos. Recordaba también la vez en que conoció al que sería su compañero; quizá no era tan fuerte y soberbio como los otros, pero en cambio sus manos ligeras modelaban ágilmente el barro y producían ollas y figuritas especiales, casi mágicas.


ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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• Luis Alberto López Wario. Arqueólogo con maestría en historia por la ENAH. Director de Planeación y Evaluación de Proyectos de la Coordinación de Arqueología, INAH.
• Francisco Javier Ortuño Cos. Arqueólogo por la ENAH. Subdirector de la Dirección de Salvamento Arqueológico, INAH.


La Expulsión

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