Fue en 1502 cuando muere Ahuízotl y asume el trono Moctezuma II Xocoyotzin, hijo de Axayácatl. Es él quien regirá los destinos de Tenochtitlan hasta 1520, año en que muere en circunstancias poco claras. Antes de la llegada de los peninsulares, los mexicas se encuentran en su máximo esplendor tanto a nivel económico como en lo político. El Estado mexica ha logrado extender su dominio a buena parte de Mesoamérica y adquiere un carácter imperial caracterizado, como todo imperio, por rebasar sus propias fronteras con el fin de someter otras regiones, a las que les impone un tributo que reviste formas diferentes. Además del tributo interno aplicado a sus propios gobernados mexicas –del que están exentos los nobles–, se cuenta con el tributo externo, que se impone por medio de la entrega periódica a Tenochtitlan de diversos productos o en mano de obra de los vencidos, que tienen que colaborar, en su caso, en las grandes obras imperiales. Una característica del tributo externo es que, al parecer, no preocupa tanto el apoderarse directamente de la tierra conquistada o imponer sus dioses, sino apropiarse de la fuerza de trabajo ajeno, como son los productos cultivados, los elaborados, como trajes de guerreros, mantas, pieles, plumas, caracoles, conchas, cargas de maíz y frijol, y mucho más, sin olvidar las materias primas existentes en las distintas regiones que finalmente se concentran en Tenochtitlan. Sólo en algunos casos la tierra –o parte de ella– es repartida a quienes destacaron en los combates. Para dar una idea de lo anterior, recordemos las palabras de Hernán Cortés cuando se refiere a la extensión del imperio:
…era su señorío tanto casi como España [y añade a continuación al referirse a los pueblos tributarios] …y había cuenta y razón de lo que cada uno era obligado a dar, porque tienen caracteres y figuras escritas en el papel que hacen […] Cada una de estas provincias servía con su género de servicio, según la calidad de la tierra; por manera que a su poder venía toda suerte de cosas que en las dichas provincias había. Era tan temido de todos, así presentes como ausentes, que nunca príncipe del mundo lo fue más (Cortés, s.f., p. 207).
¿De qué manera se manifestaba el apogeo del imperio además de lo elocuente de la cita anterior? La mejor forma de responder esta pregunta es observar, a través de los ojos de los conquistadores que fueron testigos presenciales, la impresión que les causó la figura del gobernante mexica y su palacio y, desde luego, la ciudad de Tenochtitlan y el mercado donde se intercambiaban buena cantidad de mercancías. Todos ellos son producto, de una u otra manera, de los momentos prósperos que se vivían a la llegada de los peninsulares.
El encuentro con Moctezuma II
Era el gran Montezuma de edad de hasta cuarenta años, de buena estatura y bien proporcionado, cenceño [delgado] y de pocas carnes, y el color no muy moreno, sino propio color y matiz de indio. Traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas, bien puestas y ralas. El rostro algo largo y alegre, los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor, y cuando era menester, gravedad (Díaz del Castillo, 1943, pp. 270-271).
Estas palabras del cronista soldado son de las pocas evidencias que tenemos acerca de la figura del tlatoani. Fue el día 8 de noviembre de 1519 cuando los españoles, acompañados de sus aliados indígenas, entraron en Tenochtitlan y pudieron observarlo por primera vez. No dejaron de admirar el boato que acompañaba a Moctezuma. Es así como para Bernal Díaz no pasa desapercibido el rico atavío y las sandalias con suelas de oro y “muy preciada pedrería encima de ellas”. De igual manera habla de la manera en que visten los cuatro principales acompañantes del tlatoani, además de advertir que otros cuatro portaban el palio que cubría su persona. Otros señores barrían el lugar por donde pasaría y cubrían la tierra con mantas, y hace ver, además, que ninguno de ellos se atrevía a mirarlo a la cara “sino los ojos bajos y con mucho acato” (ibid.).
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