arqueología mexicana
MOCTEZUMA XOCOYOTZIN

ÍNDICE 98  
Moctezuma II. Gloria y ocaso del imperio ARQUEOLOGÍA: Alejandro Mrtz Muriel. Semblanza
Linajes mexicas Xochicalco, Morelos. Reconstrucción en papel
Símbolos de poder de Motecuhzoma II Jean-Baptiste Fuzier y la Comisión Científica
Moctezuma II: la expansión del imperio HISTORIA DE LOS CÓDICES: Códice Borgia
Moctezuma II: la gloria del imperio MITO: Algunas variaciones sobre Moctezuma
El ocaso de los dioses. Moctezuma II DOCUMENTO: Códice Mendoza
Moctezuma II. Imagen de un tlatoani CUENTO HISTÓRICO :Se le veía en los ojos

Moctezuma II
la gloria del imperio
Eduardo Matos Moctezuma

La impresión que causó a los conquistadores españoles la figura de Moctezuma II y su palacio, la ciudad de Tenochtitlan y el mercado de Taltelolco –donde se intercambiaban buena cantidad de mercancías– fue producto, de una u otra manera, de los momentos prósperos que se vivían a la llegada de los peninsulares.

Templo Mayor de Tenochtitlan
Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista, llamó a Tenochtitlan la “gran ciudad de México”. Las grandes obras hidráulicas y la disposición urbana maravillaron a los soldados españoles, quienes las compararon con las “cosas de encantamiento” que se relataban en Los quatro libros del virtuoso cavallero Amadís de Gaula: complidos. Ignacio Marquina, Templo Mayor de Tenochtitlan, acuarela. Tomado de Marquina, 1964. Digitalización: Raíces

Fue en 1502 cuando muere Ahuízotl y asume el trono Moctezuma II Xocoyotzin, hijo de Axayácatl. Es él quien regirá los destinos de Tenochtitlan hasta 1520, año en que muere en circunstancias poco claras. Antes de la llegada de los peninsulares, los mexicas se encuentran en su máximo esplendor tanto a nivel económico como en lo político. El Estado mexica ha logrado extender su dominio a buena parte de Mesoamérica y adquiere un carácter imperial caracterizado, como todo imperio, por rebasar sus propias fronteras con el fin de someter otras regiones, a las que les impone un tributo que reviste formas diferentes. Además del tributo interno aplicado a sus propios gobernados mexicas –del que están exentos los nobles–, se cuenta con el tributo externo, que se impone por medio de la entrega periódica a Tenochtitlan de diversos productos o en mano de obra de los vencidos, que tienen que colaborar, en su caso, en las grandes obras imperiales. Una característica del tributo externo es que, al parecer, no preocupa tanto el apoderarse directamente de la tierra conquistada o imponer sus dioses, sino apropiarse de la fuerza de trabajo ajeno, como son los productos cultivados, los elaborados, como trajes de guerreros, mantas, pieles, plumas, caracoles, conchas, cargas de maíz y frijol, y mucho más, sin olvidar las materias primas existentes en las distintas regiones que finalmente se concentran en Tenochtitlan. Sólo en algunos casos la tierra –o parte de ella– es repartida a quienes destacaron en los combates. Para dar una idea de lo anterior, recordemos las palabras de Hernán Cortés cuando se refiere a la extensión del imperio:

…era su señorío tanto casi como España [y añade a continuación al referirse a los pueblos tributarios] …y había cuenta y razón de lo que cada uno era obligado a dar, porque tienen caracteres y figuras escritas en el papel que hacen […] Cada una de estas provincias servía con su género de servicio, según la calidad de la tierra; por manera que a su poder venía toda suerte de cosas que en las dichas provincias había. Era tan temido de todos, así presentes como ausentes, que nunca príncipe del mundo lo fue más (Cortés, s.f., p. 207).

¿De qué manera se manifestaba el apogeo del imperio además de lo elocuente de la cita anterior? La mejor forma de responder esta pregunta es observar, a través de los ojos de los conquistadores que fueron testigos presenciales, la impresión que les causó la figura del gobernante mexica y su palacio y, desde luego, la ciudad de Tenoch-titlan y el mercado donde se intercambiaban buena cantidad de mercancías. Todos ellos son producto, de una u otra manera, de los momentos prósperos que se vivían a la llegada de los peninsulares.

El encuentro con Moctezuma II

Era el gran Montezuma de edad de hasta cuarenta años, de buena estatura y bien proporcionado, cenceño [delgado] y de pocas carnes, y el color no muy moreno, sino propio color y matiz de indio. Traía los cabellos no muy largos, sino cuanto le cubrían las orejas, y pocas barbas, prietas, bien puestas y ralas. El rostro algo largo y alegre, los ojos de buena manera, y mostraba en su persona, en el mirar, por un cabo amor, y cuando era menester, gravedad (Díaz del Castillo, 1943, pp. 270-271).

Estas palabras del cronista soldado son de las pocas evidencias que tenemos acerca de la figura del tlatoani. Fue el día 8 de noviembre de 1519 cuando los españoles, acompañados de sus aliados indígenas, entraron en Tenochtitlan y pudieron observarlo por primera vez. No dejaron de admirar el boato que acompañaba a Moctezuma. Es así como para Bernal Díaz no pasa desapercibido el rico atavío y las sandalias con suelas de oro y “muy preciada pedrería encima de ellas”. De igual manera habla de la manera en que visten los cuatro principales acompañantes del tlatoani, además de advertir que otros cuatro portaban el palio que cubría su persona. Otros señores barrían el lugar por donde pasaría y cubrían la tierra con mantas, y hace ver, además, que ninguno de ellos se atrevía a mirarlo a la cara “sino los ojos bajos y con mucho acato” (ibid.).
Todo esto nos dice de la magnificencia de Moctezuma y del poder que ostenta. Recordemos que la palabra con que en lengua náhuatl se identifica al máximo gobernante es tlatoani, que quiere decir “el que habla”, el que es poseedor de la palabra: los demás callan. Señor de muchos pueblos y vasallos, el gobernante muestra en su persona todo el poder de que está revestido pues en él están representados los cargos de jefe supremo del ejército y de gran sacerdote. Los poderes divinos y humanos le son propios…

El palacio de Moctezuma II
Construido al sur del recinto ceremonial de la ciudad en lo que es hoy el Palacio Nacional, las Casas Nuevas de Moctezuma o palacio del tlatoani son claro ejemplo de los poderes en él concentrados. No sólo era un lugar de habitación, sino también en donde se impartían las leyes, se almacenaban armas y se tenía estricto control de los tributos. Había aposentos para recibir y alojar visitantes distinguidos; cámaras del consejo y un sinnúmero de habitaciones para distintos fines. Había talleres en los que se producían objetos diversos, cuartos para albergar a los cientos de servidores del palacio y qué decir de los estanques con aves y peces, y los jardines y huertos por donde solía pasear. Algo que llamó la atención fue el zoológico, donde había gran cantidad de animales como lobos, ocelotes, coyotes, víboras y diferentes especies de aves.
Dos son las imágenes más tempranas que han llegado hasta nosotros del palacio imperial: la del Códice Mendoza y la del plano de Cortés publicado en Nuremberg en 1524. El primero solamente muestra la fachada del edificio y se aprecian dos aposentos y en medio una escalinata que parece conducir a un segundo piso, en el que se ven dos habitaciones más y hasta arriba al tlatoani sentado en su estera. Se trata, desde luego, de una pintura que apenas se refiere a las características del palacio. No ocurre así con el plano de Cortés, en el que el palacio está frente a una amplia plaza y se observan habitaciones, bosques arbolados y el zoológico que, por cierto, se ubica cerca de la esquina sureste del recinto ceremonial, es decir, entre las actuales calles de Moneda y Correo Mayor. No está de más hacer notar que dicho recinto ceremonial está invertido, o sea que al momento de hacer el grabado seguramente esta parte central debió de elaborarse aparte para ensamblarla con el resto de la ciudad y se le colocó con el Templo Mayor viendo hacia el oriente, cuando lo correcto hubiera sido colocarlo hacia el poniente, lo que ya habíamos advertido (Matos, 2001 y 2006).

La conquista de México
El 8 de noviembre de 1519 los españoles y sus aliados indígenas vieron por primera vez a Moctezuma II, quien vestía ricamente, llevaba sandalias con suelas de oro e iba acompañado por otros señores, también ricamente vestidos, que sostenían un palio que lo cubría. Encuentro de Moctezuma y Cortés. Anónimo, La conquista de México. Museo Franz Mayer, ciudad de México. Fotos: boris de swan / Raíces

Para dar una idea de las atenciones que se rendían al tlatoani dentro del palacio, qué mejor que acudir a Bernal Díaz para que nos relate lo relacionado con la comida que diariamente consumía. En palabras del cronista:

Servíase con barro de Cholula, uno colorado y otro prieto. Mientras que comía, ni por pensamiento habían de hacer alboroto ni hablar alto los de su guarda, que estaban en las salas, cerca de la de Montezuma. Traíanle frutas de todas cuántas había en la tierra […] De cuando en cuando traían una como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao […] Cuando el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su guarda y otros muchos de sus serviciales de casa, y me parece que sacaban sobre mil platos de aquellos manjares… (Díaz del Castillo, 1943, pp. 273-274).

Al finalizar los alimentos, el tlatoani se preparaba para descansar para lo cual no faltaban pipas para que fumara, conforme nos sigue diciendo Díaz del Castillo:

También se ponían en la mesa tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con unas yerbas que se dice tabaco. Cuando acababa de comer, después que le habían bailado y cantado y alzado la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se adormía (Díaz del Castillo, 1943, pp. 274-275).

La ciudad de Tenochtitlan

Desde que vimos cosas tan admirables, no sabíamos qué decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades, y en la laguna otras muchas, y veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran ciudad de México (Díaz del Castillo, 1943, p. 259).

Realmente impresionante debió de ser la imagen que se presentaba ante la mirada atónita de los españoles. Centro del imperio, Tenochtitlan había sido fundada según lo indican varias fuentes históricas hacia 1325, aunque hay motivos para pensar que esto ocurrió un poco antes y que la citada fecha coincidió con un eclipse solar que duró algunos minutos. Esto debió de influir para que los sacerdotes relacionaran este acontecimiento con el de la fundación de su ciudad, en virtud del simbolismo que los eclipses tenían en el mundo prehispánico, ya que se consideraba como una lucha de su dios Huitzilopochtli, dios solar y de la guerra, en contra de los poderes nocturnos, representados por la Luna.
Lo que resulta importante para lo que venimos tratando es el momento de apogeo que la ciudad vivía por entonces. Según Cortés, había en la ciudad muchas casas buenas y muy grandes, siendo algunas de ellas la habitación de “los vasallos del dicho Muteczuma”. Agrega cómo estas casas tenían amplios aposentos y jardines. Detalla la manera en que se surtía el agua para los habitantes por medio de dos caños que venían desde Chapultepec, uno de reserva para cuando se tenía que limpiar el otro. Dos eran los principales medios de comunicación interna: las canoas, hechas de madera, largas y estrechas y que navegaban por los múltiples canales que cruzaban la ciudad, y las calles y grandes calzadas que unían con tierra firme. La construcción de edificios públicos y religiosos, calzadas, etc., implicaba mano de obra abundante, que a una orden del gobernante en turno se llevaba a cabo con el apoyo de ciudades vecinas que tenían que aportar la materia prima necesaria para tal fin. Tenochtitlan se alzaba así en medio del lago de Texcoco, orgullosa e intimidante…

El mercado de Tlatelolco

Después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua. Entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, en Constantinopla y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto (Díaz del Castillo, 1943, p. 285).

Se refiere Bernal Díaz, desde luego, al mercado de Tlatelolco. Ciudad vecina de Te-nochtitlan, Tlatelolco nació casi al mismo tiempo y fue fundada por mexicas que prefirieron erigir un nuevo lugar un poco más al norte, y allí se establecieron en 1338 d.C. A diferencia de Tenochtitlan, donde se concentra el poder de la Triple Alianza, Tlatelolco va a destacar como centro económico en el que los pochteca o comerciantes establecieron el mercado que tanta impresión causara a los peninsulares.

Maqueta del mercado de Tlatelolco
En Tenochtitlan se concentraba el poder político de la Triple Alianza, Tlatelolco fue el centro económico en el que los pochteca o comerciantes fundaron el mercado que causó a los peninsulares tanta impresión por su organización y por las “… sesenta mil ánimas comprando y vendiendo…”. Maqueta del mercado de Tlatelolco. mna. Foto: Boris de Swan / Raíces

Considerar el mercado –lugar de concentración y distribución de productos– como “plaza tan bien compasada y con tanto concierto”, se debió a la organización que dentro de él existía. En efecto, todo guardaba un orden impresionante. Por un lado se encontraban quienes vendían objetos de plata y oro; por otro aquellos dedicados a la alfarería; más allá los que se dedicaban a ofrecer alimentos de tal o cual tipo; Díaz del Castillo no pasa por alto a los que venden animales vivos o a quienes ofrecen sal o instrumentos diversos y se percata de que hay tres jueces que sirven para dirimir problemas. Piensa que necesitaría dos días para ver todo lo que allí se encuentra y se pregunta: “¿Para qué gasto yo tantas palabras de lo que vendían en aquella gran plaza? Porque es para no acabar tan presto de contar por menudo todas las cosas…” Tanta admiración le provoca el mercado que le lleva varias páginas el describirlo. Por su parte, Cortés no deja igualmente de admirar el mercado y lo describe como una plaza… “dos veces la de la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo…”(Cortés, s.f., p. 199).
Lo anterior nos lleva a reflexionar acerca de la importancia que revestía este lugar dentro del aparato económico de Tenochtitlan, pues para este momento Tlatelolco ya estaba bajo su control después de que Axayácatl lo conquistara en 1473. Fue quizás este carácter comercial de la vecina Tlatelolco lo que realmente llevó a su conquista por parte del mexica-tenochca.
Sin embargo, toda esta riqueza proveniente tanto de la expansión imperial como de la producción propia va a venir a menos. Presagios funestos no deparan nada bueno para Tenochtitlan y, paradojas del destino, aquel sometimiento y el oneroso tributo impuesto a los pueblos conquistados –que no pocas veces causó levantamientos en contra de Tenochtitlan– se van a revertir de manera implacable. Los pueblos sometidos se quejan con Cortés y éste asume el liberarlos. Por otra parte, el oro que Moctezuma envía a los españoles con el fin de alejarlos sólo sirve para avivar en ellos el deseo por conseguirlo. Aquí, más que nunca, el apesadumbrado tlatoani debió de evocar aquel canto nahua que dice:

Aunque sea jade, también se quiebra, aunque sea oro, también se hiende,
y aún el plumaje de quetzal se desgarra:¡No por siempre en la tierra:
sólo breve tiempo aquí…!

Los días del imperio estaban contados…

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Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.


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