
Foto:
Ignacio Guevara / CNME, INAH
Jaguar sobre
pedestal. Cultura Centro de Veracruz. Clásico.
Centro
de Veracruz. Museo Arqueológico Guillermo
Spratling, Taxco, Guerrero.
Ayer
el jaguar nos dejó rastros; rostros de
su presencia desde los tiempos del origen mismo.
La resistencia, la tenacidad y la fuerza de la
historia oral, el golpe de la tradición
encarnada en el mito, agazapada en la palabra
de los más viejos, nos permite encontrarlo
no sólo en piedra y barro, sino también
en la danza ritual del presente. Los olmecas de
antes dieron al hombre la capacidad de transformarse
en felino para entrar al lado oscuro de la naturaleza;
los de hoy en Veracruz lo hicieron chaneque y
nahual que habita en las selvas. La gente de la
montaña de Guerrero lo vislumbró
como ente sobrenatural y ahora le bailan y lo
invocan para pedirle que caigan las lluvias, convirtiéndose
así en el pueblo del jaguar.
Para los zapotecos, los mixtecos y los mayas prehispánicos
era, entre otras cosas, gobernante y portador
de linaje, y de él adquirían sus
atributos de fuerza y de poder. En Tabasco aún
se le rinde culto con la danza del pochó,
y en algunas partes de Oaxaca se le reconoce como
progenitor. Entre los aztecas aparece, sobre todo,
como guerrero, resaltando su valentía y
la táctica para seguir a sus presas, tal
como lo hicieran ellos mismos más tarde
para defender Tenochtitlan.
Buscar entonces el sendero del jaguar a través
de la historia de los pueblos mesoamericanos y
explorar sus diversas representaciones y concepciones,
es entender la manera en que éstos concebían
el mundo que les rodeaba, entendiendo que las
características y las cualidades que le
atribuían a sus deidades y a sus gobernantes
eran resultado de la observación de los
seres vivos y de los fenómenos naturales
con los que se relacionaban de modo ambivalente.