
El Monte Vesubio en plena erupción.
Le Antichità di Ercolano Esposte, vol. 1, 1757.
REPROgrafía: Biblioteca
Nacional de méxico, fondo reservado
Todo
parece indicar que los más antiguos impresos
arqueológicos novohispanos se remontan a 1748
y 1749. Resulta curioso que uno de ellos sea en realidad
el relato apócrifo de pretendidas visitas a las
excavaciones realizadas por Roque Joaquín Alcubierre
en la bahía de Nápoles.
“Pompeya y Herculano
son el símbolo de la felicidad del arqueólogo,
seguro de sí por el descubrimiento de la casi
totalidad de los vestigios de la vida antigua: ¡un
verdadero sueño! Estas ciudades se encuentran
también en el origen del lugar privilegiado que
ocupa la arqueología en nuestra civilización”.
Con estas palabras Tony Hackens, vicepresidente en turno
del Programa de Arqueología de la Comunidad Europea,
inauguró las jornadas académicas para
celebrar los 250 años del inicio de las exploraciones
de las ciudades romanas que fueron sepultadas por las
cenizas y los lodos del Vesubio en
79 d.C. Esto aconteció el 30 de octubre de 1988
en la bellísima localidad italia-
na de Ravelo. Aquel día, en una sala ubicada
frente al mar y repleta de público, se dieron
cita las máximas luminarias de la arqueología
y la historia del arte clásicas. En medio de
una gran expectación, se hizo el silencio y se
apagaron las luces para que comenzara la conferencia
inaugural. El orador invitado, sin embargo, no se refirió
a Carlo di Borbone –inolvidable soberano de las
Dos Sicilias–, ni a la encomienda que éste
hiciera en 1738 al ingeniero español Roque Joaquín
Alcubierre para desenterrar los mármoles que
se encontraban bajo su palacio de Portici. Lejos de
ello, el orador narró con detalle el hallazgo
de la escultura de una diosa lunar llamada Coyolxauhqui
y de la manera en que, diez años antes, en 1978,
había comenzado a exhumar el Templo Mayor de
Tenochtitlan.
Evidentemente, el orador era Eduardo Matos Moctezuma,
quien con orgullo y gran conocimiento habló de
las pasadas glorias de otros Moctezumas. El lector se
preguntará la razón de tan extraño
privilegio: ¿qué hacía un mexicano
abriendo los festejos del nacimiento de la arqueología
italiana? La respuesta parece obvia: la trascendencia
de los trabajos de recuperación del recinto sagrado
y la resultante revolución de nuestros conocimientos
sobre la civilización mexica bien ameritaban
tal distinción.
Italia
y México
Lo interesante de este acontecimiento es que tiene un
reflejo especular que nos lleva a otras conexiones –mucho
más remotas– entre la arqueología
de Italia y la de México. En efecto, en el lejano
año de 1748, la viuda del andaluz José
Bernardo de Hogal editó un opúsculo de
excepción en su imprenta de la calle de las Capuchinas
(hoy Venustiano Carranza), en el Centro Histórico
de la ciudad de México. Se trataría, a
juicio de Roberto Moreno de los Arcos, de la primera
publicación de arqueología que vio la
luz en nuestro país. Ésta, de manera significativa,
no versa sobre una divinidad decapitada por su propio
hermano, ni acerca de una pirámide con dos capillas
en su cima, sino de los fructíferos trabajos
de recuperación de Herculano, los cuales habían
comenzado una década atrás, en el año
de 1738. El barroco título del impreso es Relación
del marabilloso descubrimiento de la ciudad de Heraclea,
o Herculanea, hallada en Portici, Casa de Campo del
Rey de las Dos Sicilias, sacada de los mercurios de
septiembre, y noviembre del año passado de 1747.
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Leonardo López Luján.
Director del Proyecto Templo Mayor, INAH. Con Marie-France
Fauvet-Berthelot prepara un libro sobre Antonio León
y Gama, y Guillermo Dupaix.