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La
arqueología de Guanajuato
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Enrique Nalda
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Las vasijas de cerámica
de Chupícuaro, Guanajuato, son policromas
y predominan los colores rojo, crema y negro,
y los diseños geométricos. MNA.
Foto: Boris de Swan / Raíces |
Mediante el recuento de los principales sitios
en la región del Bajío, en el que
se abordan los periodos de ocupación –desde
el Preclásico hasta el Posclásico–,
las características arquitectónicas
y los tipos cerámicos, entre otros aspectos,
se ofrece una síntesis de la historia prehispánica
de Guanajuato.
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En
territorio guanajuatense corre uno de los ríos
más importantes del país: el Lerma. Su
caudal es regulado en el presente por varias presas
en el curso de su largo recorrido desde Lerma hasta
Chapala, pero en la época prehispánica
fue un río de grandes crecidas en tiempo de lluvias
y de curso lento en secas. Alrededor de las planicies
del Lerma se levantan sierras entre las que se destaca,
al norte, la Sierra de Guanajuato, sede de una de las
operaciones mineras más importantes del país
desde la época de la Colonia. Por el poniente
emerge la Sierra de Pénjamo y por el oriente
la de Los Agustinos. En Guanajuato el Lerma es alimentado
por varios ríos, entre ellos el de La Laja, el
Guanajuato y el Turbio. A las planicies que se extienden
a lo largo de estos ríos, junto con las extensiones
análogas hacia Jalisco y Querétaro, se
les conoce como el Bajío, región que alcanzó
el mayor desarrollo en Guanajuato durante la época
prehispánica, en gran medida por la relativa
fertilidad de sus suelos y las posibilidades que el
sistema hidrológico ofrecía a una práctica
agrícola intensiva. En épocas modernas
se convirtió en el granero del país y
hoy es la región donde se encuentran los mayores
centros de población del estado.
Preclásico
En Guanajuato, las primeras evidencias de una ocupación
de agricultores plenamente sedentarios provienen del
sitio de Chupícuaro, la mayor parte del cual
se encuentra actualmente bajo las aguas de la presa
Solís, construida en el río Lerma. Fechas
recientes de radiocarbono remontan su ocupación
entre 400 y 100 a.C., en el periodo conocido como Preclásico
Tardío.
La cerámica que se encontró en este sitio
es muy distintiva: vasijas policromas en colores rojo,
crema y negro, con diseños geométricos,
acompañadas de figurillas huecas, usualmente
femeninas, con el cuerpo decorado con idénticos
diseños. Ese mismo material cerámico se
ha encontrado a lo largo del Lerma concentrado en pequeños
sitios, sin arquitectura monumental, siempre próximos
a la planicie de inundación del río. Se
trata de plataformas bajas, de planta rectangular, sobre
las que se habrían levantado estructuras de material
perecedero; son de grandes dimensiones, lo que sugiere
que se trata de residencias de familias extensas. La
distancia entre cada uno de estos sitios es grande,
lo suficiente para sospechar que en esa época
las comunidades no competían por el acceso a
los suelos fértiles y agua en abundancia; sin
embargo, en las excavaciones de salvamento hechas en
el sitio de Chupícuaro se encontraron entierros
de individuos decapitados, así como de cabezas
desprendidas, todo lo cual apunta en la dirección
de enfrentamientos, quizás de carácter
ritual.
Es posible, sin embargo, que desde esa época
estuviera en juego el acceso a recursos estratégicos,
específicamente la obsidiana, abundante en la
Sierra de los Agustinos y en Zinapécuaro-Ucareo,
ambos a corta distancia de Chupícuaro, y en el
extre-mo poniente del estado, en los depósitos
de las sierras de Abasolo y de Pénjamo. La pre-sencia
de obsidiana de estas regiones en Cuicuilco, D.F., sugiere
que desde fechas tempranas algunas de las poblaciones
a lo largo del Lerma participaron en una extensa red
de comercio, a la que aportaron obsidiana, actividad
comercial que, en principio, habría impulsado
y reforzado diferencias sociales. En apoyo de esta tesis
se presenta el hecho de que la distribución de
la cerámica de Chupícuaro es muy amplia:
vasijas idénticas en formas y decoración
se han encontrado en abundancia, por ejemplo, en el
sur de Querétaro; en la Cuenca de México
han aparecido asociadas a figurillas de ese mismo complejo
alfarero (H4 y de ojos rasgados). Asimismo, quienes
han analizado la obsidiana de Cuicuilco, han hecho notar
que en este sitio la obsidiana de “Occidente”,
concretamente de Zinapécuaro-Ucareo, es abundante,
mientras que la de la Sierra de las Navajas, Hidalgo
–supuestamente controlada por Teotihuacan desde
comienzos del Clásico– es muy escasa. De
ser correcta la idea de una red de comercio como la
planteada, entonces se ubicaría en esta época
la aparición en el sur de Guanajuato de las primeras
sociedades estratificadas.
La cerámica de Chupícuaro sufrió
modificaciones importantes a lo largo de los años;
sus raíces son difíciles de apreciar en
las cerámicas que se produjeron en el Bajío
en épocas posteriores. No parece ser ese el caso,
sin embargo, del material cerámico encontrado
por Beatriz Braniff en Morales, un sitio temprano ubicado
cerca de la población actual de Comonfort, donde
parece registrarse una transformación de la cerámica
Chupícuaro hacia vasijas decoradas en líneas
rojas sobre fondo blanco, al tiempo que hace su aparición
la primera cerámica conocida genéricamente
como Blanco Levantado.
De cualquier manera, sea o no una tradición con
gran profundidad histórica, la amplia distribución
de la cerámica de Chupícuaro justifica
la concepción de la cuenca del río Lerma
como un foco cultural regional, semejante al que formaron,
tiempo atrás, los complejos Capacha, centrado
en Colima, y El Opeño, definido originalmente
en la población del mismo nombre cerca de Zamora,
Michoacán.
El Preclásico Terminal, entre 100 a.C. y 300
d.C., es un periodo poco claro en la arqueología
de Guanajuato, quizá porque los materiales de
filiación Chupícuaro se siguieron produciendo
en esa época –al menos en una parte de
ella–, o quizá porque la cerámica
correspondiente al Clásico comenzó a fabricarse
antes de lo sospechado. Los estudios de cerámica
que han establecido la existencia de una fase entre
las poblaciones productoras de cerámica Chupícuaro
y los que produjeron las cerámicas decoradas
con motivos geométricos pintados en rojo sobre
un fondo bayo o crema, así como las de engobe
bayo a café oscuro con motivos incisos, típicas
del Clásico, no han logrado plena aceptación.
Haciendo a un lado esta indefinición, resulta
interesante la proliferación en Guanajuato de
sitios con los dos tipos de cerámica mencionados:
Rojo sobre Bayo y Bayo-Café Inciso. Las fechas
asignadas a estos materiales no son precisas, pero en
general se considera que son contemporáneos y
que fueron producidos a lo largo de todo el Clásico,
que en Guanajuato se ubica entre 200/300 y 900 d.C.
El arranque del periodo coincide con la fase Ahualulco
de la tradición Teuchitlán de Jalisco
(200-400 d.C.), distinguida por sus monumentales juegos
de pelota y guachimontones, nombre este último
dado a los complejos arquitectónicos de plataformas
y edificios dispuestos en un círculo que rodea
un montículo central. Este tipo de arreglo tiene
también una amplia distribución; fueron
construidos en diferentes tamaños y a lo largo
de muchos años. En el límite oriente de
su distribución es posible hallarlos en el sur
de Querétaro, en las localidades de La Trinidad
y Santa Rosa Xajay. En Guanajuato se han encontrado
guachimontones en varios sitios, entre ellos La Gloria,
al sur de Manuel Doblado; Plazuelas, en la Sierra de
Pénjamo; y Peralta II, en la margen norte del
Lerma.
La proliferación de sitios durante el Clásico
en Guanajuato llegó hasta el Gran Tunal; ahí
está El Cóporo, un sitio ubicado en el
municipio de Ocampo y emplazado en la cima y laderas
del cerro del mismo nombre. Los materiales recuperados
en las excavaciones en este lugar indican un clímax
poblacional entre 500 y 900 d.C., y un abandono hacia
1000-1100 d.C.; muestran también una inserción
en la red de distribución de turquesa proveniente
del suroeste norteamericano.
Clásico
Lo distintivo en Guanajuato durante el Clásico
es la arquitectura de patios hundidos. Con variantes,
el proyecto básico consiste en una plataforma
que configura uno o varios patios hundidos, cerrados,
y sobre la cual desplantan cuartos o basamentos piramidales.
La variante más notable es el proyecto de plataforma
en C, cerrada por un basamento piramidal de grandes
dimensiones. Para acceder a los edificios que rematan
la plataforma es necesario remontar una escalera, lo
cual distingue este tipo de arreglo de los más
comunes –por ejemplo, en Teotihuacan– de
patios a los cuales se accede por callejones abiertos
entre edificios contiguos. Excavaciones realizadas en
Cerrito de Rayas, San Bartolo Aguacaliente y Plazuelas
ilustran con claridad la arquitectura de patios hundidos,
así como la variedad de arreglos en que puede
presentarse, reflejo sin duda de diferencias en estratificación
y organización sociales. A diferencia de las
comunidades de la época en que se produjeron
los materiales de Chupícuaro, las del Clásico
de Guanajuato eran comunidades más complejas
y, a juzgar por la forma en que distribuyeron sus asentamientos,
en varios niveles jerárquicos, tenían
centros de poder controlados por elites.
San Bartolo Aguacaliente, ubicado en el extremo sureste
de Guanajuato, es uno de los sitios más grandes
con arquitectura de patios hundidos, posiblemente diez
en total. Tuvo ocupación hacia mediados del siglo
VII. Su centro cívico-religioso está integrado
por cinco conjuntos arquitectónicos, entre los
que destaca el conocido como el Palacio, una plataforma
cuadrangular de 200 x 250 m sobre la que desplanta un
conjunto de cuartos alrededor de pequeños patios;
el basamento piramidal que se encuentra en su costado
oriente tiene 12 m de altura. Adosada a esta plataforma
se edificó un conjunto de plataformas, una de
ellas con un patio hundido.
Plazuelas ocupa un lugar especial entre los sitios que
comparten el proyecto de patios hundidos: es notable
especialmente por la creatividad manifiesta en su propuesta
arquitectónica. La exploración y restauración
de sus edificios principales, a cargo de Carlos Castañeda,
acaba de concluir. El sitio fue ocupado entre 600 y
900 d.C., fecha esta última de su abandono. Se
halla emplazado en tres espolones de la Sierra de Pénjamo.
En el central se levantó un complejo arquitectónico
conocido como Casas Tapadas, que fue rediseñado
en varias ocasiones pero cuyo proyecto original corresponde
al de “patio hundido”, con basamentos piramidales
en tres de sus lados. Etapas constructivas posteriores
modificaron sensiblemente ese proyecto: se añadieron
nuevas estructuras en el patio y se abrió la
comunicación entre algunos de los edificios.
Los paramentos en los edificios de este conjunto son,
en la mayoría de los casos, largos taludes rematados
por un juego de molduras de perfil vertical o ataludadas
en ambas direcciones, ocasionalmente delimitando paneles.
El arreglo general del complejo arquitectónico,
así como el diseño de los paramentos de
los edificios en todo el sitio, desafían toda
comparación con otras propuestas arquitectónicas
mesoamericanas, e incluso con otros sitios que suscriben
la arquitectura de patio hundido. De interés
especial en Plazuelas es la enorme cantidad de petrograbados
que se encuentran en el sitio, entre ellos la representación
en miniatura del complejo arquitectónico de Casas
Tapadas; otras de las maquetas podrían representar
proyectos alternativos del mismo lugar, que no llegaron
a realizarse o, quizás, maquetas de otros sitios
en la región, todavía por explorar.
Contemporáneos de Plazuelas son los sitios del
Cerro Barajas, este último ubicado al sur de
Plazuelas, en la margen norte del Lerma, y actualmente
trabajado por arqueólogos franceses. Si bien
el comienzo de su poblamiento se remonta a 450 d.C.,
su clímax demográfico ocurre a finales
del Clásico: 750-950 d.C.
De los sitios en el cerro, el conocido como Los Nogales
resalta por su mayor extensión y monumentalidad
arquitectónica, de la que deben destacarse conjuntos
de basamentos que bordean patios abiertos, con altar
al centro, y conjuntos cuyos basamentos soportan estructuras
con cuartos, algunos de los cuales –como sucede
en la llamada acrópolis de Xochicalco, Morelos–
han sido interpretados como graneros por no contar con
puertas y obligar a su acceso por arriba. Esto, sumado
a que en Los Toriles, otro de los sitios en Cerro Barajas,
se construyó una muralla de más de 600
m de longitud y hasta de dos metros y medio de altura,
así como el hecho de que los sitios en Cerro
Barajas se encuentran protegidos de manera natural,
emplazados en las faldas del cerro y separados entre
sí por barrancas, induce a pensar que quienes
habitaban en esa localidad tenían una preocupación
especial por defenderse de posibles agresores. Los sitios
parecen haber sido abandonados hacia 1100 d.C., esto
es, dos siglos después del abandono de Plazuelas.
Los sitios en Cerro Barajas son de arquitectura a base
de lajas apiladas, similar a la que se encuentra en
Peralta, un sitio próximo a la confluencia del
río Guanajuato y el Lerma. Este último,
actualmente explorado por Efraín Cárdenas,
fue ocupado durante un periodo relativamente largo:
todo el Clásico y Posclásico; las fechas
más tardías están determinadas
por la presencia de materiales tarascos.
En el río de la Laja, los sitios de mayores dimensiones
de esta misma época podrían ser el de
San Miguel Viejo, ubicado en una lengua de tierra en
la presa Allende, y el de Tierra Blanca, a pocos kilómetros
al noroeste de este último. Sin embargo, del
que más se conoce por excavaciones todavía
en curso, a cargo de Gabriela Zepeda, es del llamado
Cañada de la Virgen, ubicado a corta distancia
al suroeste de San Miguel Allende. El conjunto arquitectónico
principal del sitio posee cierta monumentalidad; consiste
en una plataforma en C sobre la que se construyeron
cuartos, y un basamento piramidal de cinco cuerpos escalonados,
de paramentos lisos ataludados, que cierra la C para
formar un patio hundido. Una ancha calzada que llega
al conjunto arquitectónico completa la lista
de rasgos sobresalientes. El sitio parece haber sido
ocupado desde el Clásico, pero la época
de mayor desarrollo la alcanzó en el Epiclásico;
su abandono ocurrió entre 1000 y 1100 d.C., pero
quienes piensan que en la arquitectura del sitio hay
rasgos de filiación tolteca, sostienen que ese
abandono debió ser posterior, en una fecha próxima
a la del paso de los contingentes que, según
el mito de la peregrinación de los aztecas, cruzaron
el sur de Guanajuato en su desplazamiento desde Chicomóztoc
hacia Tula, Hidalgo, y, finalmente, Tenochtitlan.
La explosión demográfica que experimentó
Guanajuato en el Clásico se presentó también
en otras regiones del Norte y Occidente del México
antiguo. Pedro Armillas interpretó este fenómeno
como resultado de desplazamientos poblacionales que
ocurrieron entre los siglos VI y X desde el Centro de
México hacia esas regiones. Los desplazamientos
habrían sido verdaderos movimientos de colonización
favorecidos por la aparición en esa época
de un cambio climático que hizo más propicias
las condiciones para el desarrollo de la agricultura.
El proceso, por cierto, habría terminado en un
completo colapso: entre los siglos XII y XIV, con el
restablecimiento de las viejas condiciones de aridez,
se habría producido un éxodo masivo de
agricultores en sentido contrario.
Al respecto debe apuntarse que los cambios climáticos
señalados, supuestos responsables de la oscilación
de la frontera mesoamericana, no han sido suficientemente
fundamentados. Aún más difícil
resulta entender esos desplazamientos poblacionales
en ausencia de evidencia sólida que pruebe la
existencia de un proceso de transculturación:
los rasgos culturales del Centro de México no
existen en las regiones al Norte y Occidente en cantidad
y calidad suficientes para adjudicarlos a algo que no
sea el resultado de intercambios ocasionales de bienes,
fundamentalmente entre elites.
Más convincente es lo contrario: que grupos de
las regiones al norte y al poniente de la Cuenca de
México se hayan desplazado durante los siglos
VI y VII hacia Tula y Teotihuacan, estado de México,
que hayan participado en las fases finales del colapso
de ese gran centro urbano y que, después de su
caída, se hayan dispersado por la Cuenca de México,
los valles de Toluca y la cuenca Puebla-Tlaxcala, llevando
consigo la tradición alfarera que habían
desarrollado desde principios del Clásico en
lugares como el Bajío. Se trata de la tradición
cerámica del Rojo sobre Bayo que en el Centro
de México es conocida como cerámica Coyotlatelco.
La información que apoya esta idea es abundante
en lugares clave como el sur de Querétaro, la
región de Tula y el mismo Teotihuacan.
Posclásico
En el Posclásico, la frontera mesoamericana se
retrajo hasta una línea que uniría los
ríos Lerma y San Juan, este último un
afluente del sistema Moctezuma-Pánuco. Al norte
de esa línea habitaban cazadores-recolectores
nómadas, y agricultores ocasionales semisedentarios,
genéricamente conocidos como chichimecas, un
término despectivo que los mexicas aplicaron
a los insumisos que se encontraban más allá
de la provincia otomí de Xilotepec, estado de
México, bajo su dominio, e imposibles de someter.
Al sur se encontraban comunidades de agricultores plenos,
mesoamericanos por definición.
En las sierras de Guanajuato habitaban los guamares,
que cubrían un extenso territorio entre el Lerma
y San Felipe, este último pueblo ubicado a la
mitad del camino entre Guanajuato y San Luis Potosí.
Más al norte se hallaban los guachichiles, la
nación más grande de filiación
chichimeca; su zona nuclear era el Gran Tunal pero cubrieron
un amplio territorio que llegaba hasta Saltillo y hacia
el sur se desplazaba hasta la zona guamare. Entre ambos
estaban los guaxabanas y los copuces.
Los mesoamericanos al sur del Lerma eran los tarascos
(purépecha es el nombre que se dan a sí
mismos y, también, el de su lengua), y más
al oriente habitaban matlatzincas y otomíes.
A la llegada de los españoles los tarascos habían
superado la fragmentación de poder derivada de
diferencias étnicas en su territorio y constituido
un estado con sede en Tzintzuntzan, Michoacán,
que resistió el avance de los mexicas en virtud
de sus guarniciones en las rutas potenciales de invasión.
Una de ellas se ubicó en el Cerro del Chivo,
en las afueras de Acámbaro, cerca del sitio arqueológico
de Chupícuaro; su defensa estuvo fundamentalmente
a cargo de otomíes. La estrecha relación
entre tarascos y otomíes no se limita a este
caso particular: según la Relación de
la Villa de Celaya, la villa fue fundada por otomíes
de Hueychiapan con autorización de los tarascos,
gobernada por estos últimos y poblada por otomíes
y chichimecas.
Es evidente que la frontera mesoamericana del siglo
XVI no era como la describían los mexicas: la
línea donde se enfrentaban fuerzas opuestas,
irreconciliables, más allá de la cual
se encontraba la barbarie. La frontera era en realidad
muy permeable: a través de ella se dieron intensos
intercambios de bienes y, posiblemente, también
alianzas matrimoniales. Según la Relación
de Querétaro de 1582, por ejemplo, Conín,
un indio otomí del pueblo de Nopala de la provincia
de Xilotepec, ante el avance español se refugió
entre indios chichimecas con “quienes contrataba”
y “tenía una gran amistad”; con ellos
comerciaba alimentos, mantas de fibra de maguey y sal
a cambio de cueros de animales, arcos y flechas. Conín
fue, por cierto, el fundador de Querétaro. La
historia de Mexitzin, otro otomí de Xilotepec,
es la misma, excepto que en este caso la ciudad que
se fundó fue San Juan del Río.
En 1546, apenas cuatro años después de
haber concluido la Guerra del Mixtón, en la que
los españoles se enfrentaron a indígenas
dirigidos por cazcanes, Juan de Tolosa fue llevado por
zacatecos a los depósitos de mineral de plata
en las montañas alrededor de La Bufa. El descubrimiento
abrió las puertas a una nueva etapa en la historia
de los territorios al norte del Lerma que concluiría,
40 años después, con el fin de la llamada
Guerra Chichimeca (1531-1585). Lo que había sido
un lento desplazamiento hacia el norte, motivado por
los intereses de los franciscanos y de quienes vieron
en tierras chichimecas condiciones inmejorables para
el desarrollo de la ganadería, se transformó
en un avance frenético; el aseguramiento del
camino real México-Zacatecas, fundamental para
el abastecimiento de las minas, fue posible por la creación
de presidios y pueblos defensivos a todo lo largo de
la ruta, construidos en la década de los setenta
del siglo XVI, momento álgido de la guerra con
los chichimecas. Centros de población en el camino
real o en las proximidades se beneficiaron de la actividad
minera, entre ellos San Juan del Río, Querétaro,
Celaya, Guanajuato, León, Lagos, San Miguel y
San Felipe. El emplazamiento de los principales pueblos
de Guanajuato y de sus vecinos proviene, en efecto,
de esas fechas.
_____________________
Enrique Nalda. Arqueólogo y doctor en antropología.
Investigador de la Dirección de Investigación
y Conservación del Patrimonio Arqueológico,
INAH. Miembro del Comité Científico-Editorial
de esta revista.
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