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Guanajuato

ÍNDICE 92 El Cóporo, Guanajuato
DOSIER: Gto., historia y arqueología La cerámica de la cultura de Chupícuaro
Guanajuato en la historia Fray Diego de Chávez y el convento de Yuriria
La arqueología de Guanajuato ARQUEOLOGÍA: Más de cien años de exploraciones
Plazuelas, Guanajuato ANTROPOLOGÍA FÍSICA: A través de los huesos
Cañada de la Virgen, Guanajuato PIEZA: Portaincensario del dios GI. Chiapas
El Cerro Barajas, Guanajuato DOCUMENTOS: Códice Tudela
Peralta, Guanajuato CONCURSO: Mariposa sagrada

La arqueología de Guanajuato
Trabajos recientes
Enrique Nalda


Las vasijas de cerámica de Chupícuaro, Guanajuato, son policromas y predominan los colores rojo, crema y negro, y los diseños geométricos. MNA.
Foto: Boris de Swan / Raíces

Mediante el recuento de los principales sitios en la región del Bajío, en el que se abordan los periodos de ocupación –desde el Preclásico hasta el Posclásico–, las características arquitectónicas y los tipos cerámicos, entre otros aspectos, se ofrece una síntesis de la historia prehispánica de Guanajuato.

En territorio guanajuatense corre uno de los ríos más importantes del país: el Lerma. Su caudal es regulado en el presente por varias presas en el curso de su largo recorrido desde Lerma hasta Chapala, pero en la época prehispánica fue un río de grandes crecidas en tiempo de lluvias y de curso lento en secas. Alrededor de las planicies del Lerma se levantan sierras entre las que se destaca, al norte, la Sierra de Guanajuato, sede de una de las operaciones mineras más importantes del país desde la época de la Colonia. Por el poniente emerge la Sierra de Pénjamo y por el oriente la de Los Agustinos. En Guanajuato el Lerma es alimentado por varios ríos, entre ellos el de La Laja, el Guanajuato y el Turbio. A las planicies que se extienden a lo largo de estos ríos, junto con las extensiones análogas hacia Jalisco y Querétaro, se les conoce como el Bajío, región que alcanzó el mayor desarrollo en Guanajuato durante la época prehispánica, en gran medida por la relativa fertilidad de sus suelos y las posibilidades que el sistema hidrológico ofrecía a una práctica agrícola intensiva. En épocas modernas se convirtió en el granero del país y hoy es la región donde se encuentran los mayores centros de población del estado.

Preclásico
En Guanajuato, las primeras evidencias de una ocupación de agricultores plenamente sedentarios provienen del sitio de Chupícuaro, la mayor parte del cual se encuentra actualmente bajo las aguas de la presa Solís, construida en el río Lerma. Fechas recientes de radiocarbono remontan su ocupación entre 400 y 100 a.C., en el periodo conocido como Preclásico Tardío.
La cerámica que se encontró en este sitio es muy distintiva: vasijas policromas en colores rojo, crema y negro, con diseños geométricos, acompañadas de figurillas huecas, usualmente femeninas, con el cuerpo decorado con idénticos diseños. Ese mismo material cerámico se ha encontrado a lo largo del Lerma concentrado en pequeños sitios, sin arquitectura monumental, siempre próximos a la planicie de inundación del río. Se trata de plataformas bajas, de planta rectangular, sobre las que se habrían levantado estructuras de material perecedero; son de grandes dimensiones, lo que sugiere que se trata de residencias de familias extensas. La distancia entre cada uno de estos sitios es grande, lo suficiente para sospechar que en esa época las comunidades no competían por el acceso a los suelos fértiles y agua en abundancia; sin embargo, en las excavaciones de salvamento hechas en el sitio de Chupícuaro se encontraron entierros de individuos decapitados, así como de cabezas desprendidas, todo lo cual apunta en la dirección de enfrentamientos, quizás de carácter ritual.
Es posible, sin embargo, que desde esa época estuviera en juego el acceso a recursos estratégicos, específicamente la obsidiana, abundante en la Sierra de los Agustinos y en Zinapécuaro-Ucareo, ambos a corta distancia de Chupícuaro, y en el extre-mo poniente del estado, en los depósitos de las sierras de Abasolo y de Pénjamo. La pre-sencia de obsidiana de estas regiones en Cuicuilco, D.F., sugiere que desde fechas tempranas algunas de las poblaciones a lo largo del Lerma participaron en una extensa red de comercio, a la que aportaron obsidiana, actividad comercial que, en principio, habría impulsado y reforzado diferencias sociales. En apoyo de esta tesis se presenta el hecho de que la distribución de la cerámica de Chupícuaro es muy amplia: vasijas idénticas en formas y decoración se han encontrado en abundancia, por ejemplo, en el sur de Querétaro; en la Cuenca de México han aparecido asociadas a figurillas de ese mismo complejo alfarero (H4 y de ojos rasgados). Asimismo, quienes han analizado la obsidiana de Cuicuilco, han hecho notar que en este sitio la obsidiana de “Occidente”, concretamente de Zinapécuaro-Ucareo, es abundante, mientras que la de la Sierra de las Navajas, Hidalgo –supuestamente controlada por Teotihuacan desde comienzos del Clásico– es muy escasa. De ser correcta la idea de una red de comercio como la planteada, entonces se ubicaría en esta época la aparición en el sur de Guanajuato de las primeras sociedades estratificadas.
La cerámica de Chupícuaro sufrió modificaciones importantes a lo largo de los años; sus raíces son difíciles de apreciar en las cerámicas que se produjeron en el Bajío en épocas posteriores. No parece ser ese el caso, sin embargo, del material cerámico encontrado por Beatriz Braniff en Morales, un sitio temprano ubicado cerca de la población actual de Comonfort, donde parece registrarse una transformación de la cerámica Chupícuaro hacia vasijas decoradas en líneas rojas sobre fondo blanco, al tiempo que hace su aparición la primera cerámica conocida genéricamente como Blanco Levantado.
De cualquier manera, sea o no una tradición con gran profundidad histórica, la amplia distribución de la cerámica de Chupícuaro justifica la concepción de la cuenca del río Lerma como un foco cultural regional, semejante al que formaron, tiempo atrás, los complejos Capacha, centrado en Colima, y El Opeño, definido originalmente en la población del mismo nombre cerca de Zamora, Michoacán.
El Preclásico Terminal, entre 100 a.C. y 300 d.C., es un periodo poco claro en la arqueología de Guanajuato, quizá porque los materiales de filiación Chupícuaro se siguieron produciendo en esa época –al menos en una parte de ella–, o quizá porque la cerámica correspondiente al Clásico comenzó a fabricarse antes de lo sospechado. Los estudios de cerámica que han establecido la existencia de una fase entre las poblaciones productoras de cerámica Chupícuaro y los que produjeron las cerámicas decoradas con motivos geométricos pintados en rojo sobre un fondo bayo o crema, así como las de engobe bayo a café oscuro con motivos incisos, típicas del Clásico, no han logrado plena aceptación.
Haciendo a un lado esta indefinición, resulta interesante la proliferación en Guanajuato de sitios con los dos tipos de cerámica mencionados: Rojo sobre Bayo y Bayo-Café Inciso. Las fechas asignadas a estos materiales no son precisas, pero en general se considera que son contemporáneos y que fueron producidos a lo largo de todo el Clásico, que en Guanajuato se ubica entre 200/300 y 900 d.C.
El arranque del periodo coincide con la fase Ahualulco de la tradición Teuchitlán de Jalisco (200-400 d.C.), distinguida por sus monumentales juegos de pelota y guachimontones, nombre este último dado a los complejos arquitectónicos de plataformas y edificios dispuestos en un círculo que rodea un montículo central. Este tipo de arreglo tiene también una amplia distribución; fueron construidos en diferentes tamaños y a lo largo de muchos años. En el límite oriente de su distribución es posible hallarlos en el sur de Querétaro, en las localidades de La Trinidad y Santa Rosa Xajay. En Guanajuato se han encontrado guachimontones en varios sitios, entre ellos La Gloria, al sur de Manuel Doblado; Plazuelas, en la Sierra de Pénjamo; y Peralta II, en la margen norte del Lerma.
La proliferación de sitios durante el Clásico en Guanajuato llegó hasta el Gran Tunal; ahí está El Cóporo, un sitio ubicado en el municipio de Ocampo y emplazado en la cima y laderas del cerro del mismo nombre. Los materiales recuperados en las excavaciones en este lugar indican un clímax poblacional entre 500 y 900 d.C., y un abandono hacia 1000-1100 d.C.; muestran también una inserción en la red de distribución de turquesa proveniente del suroeste norteamericano.

Clásico
Lo distintivo en Guanajuato durante el Clásico es la arquitectura de patios hundidos. Con variantes, el proyecto básico consiste en una plataforma que configura uno o varios patios hundidos, cerrados, y sobre la cual desplantan cuartos o basamentos piramidales. La variante más notable es el proyecto de plataforma en C, cerrada por un basamento piramidal de grandes dimensiones. Para acceder a los edificios que rematan la plataforma es necesario remontar una escalera, lo cual distingue este tipo de arreglo de los más comunes –por ejemplo, en Teotihuacan– de patios a los cuales se accede por callejones abiertos entre edificios contiguos. Excavaciones realizadas en Cerrito de Rayas, San Bartolo Aguacaliente y Plazuelas ilustran con claridad la arquitectura de patios hundidos, así como la variedad de arreglos en que puede presentarse, reflejo sin duda de diferencias en estratificación y organización sociales. A diferencia de las comunidades de la época en que se produjeron los materiales de Chupícuaro, las del Clásico de Guanajuato eran comunidades más complejas y, a juzgar por la forma en que distribuyeron sus asentamientos, en varios niveles jerárquicos, tenían centros de poder controlados por elites.
San Bartolo Aguacaliente, ubicado en el extremo sureste de Guanajuato, es uno de los sitios más grandes con arquitectura de patios hundidos, posiblemente diez en total. Tuvo ocupación hacia mediados del siglo VII. Su centro cívico-religioso está integrado por cinco conjuntos arquitectónicos, entre los que destaca el conocido como el Palacio, una plataforma cuadrangular de 200 x 250 m sobre la que desplanta un conjunto de cuartos alrededor de pequeños patios; el basamento piramidal que se encuentra en su costado oriente tiene 12 m de altura. Adosada a esta plataforma se edificó un conjunto de plataformas, una de ellas con un patio hundido.
Plazuelas ocupa un lugar especial entre los sitios que comparten el proyecto de patios hundidos: es notable especialmente por la creatividad manifiesta en su propuesta arquitectónica. La exploración y restauración de sus edificios principales, a cargo de Carlos Castañeda, acaba de concluir. El sitio fue ocupado entre 600 y 900 d.C., fecha esta última de su abandono. Se halla emplazado en tres espolones de la Sierra de Pénjamo. En el central se levantó un complejo arquitectónico conocido como Casas Tapadas, que fue rediseñado en varias ocasiones pero cuyo proyecto original corresponde al de “patio hundido”, con basamentos piramidales en tres de sus lados. Etapas constructivas posteriores modificaron sensiblemente ese proyecto: se añadieron nuevas estructuras en el patio y se abrió la comunicación entre algunos de los edificios. Los paramentos en los edificios de este conjunto son, en la mayoría de los casos, largos taludes rematados por un juego de molduras de perfil vertical o ataludadas en ambas direcciones, ocasionalmente delimitando paneles. El arreglo general del complejo arquitectónico, así como el diseño de los paramentos de los edificios en todo el sitio, desafían toda comparación con otras propuestas arquitectónicas mesoamericanas, e incluso con otros sitios que suscriben la arquitectura de patio hundido. De interés especial en Plazuelas es la enorme cantidad de petrograbados que se encuentran en el sitio, entre ellos la representación en miniatura del complejo arquitectónico de Casas Tapadas; otras de las maquetas podrían representar proyectos alternativos del mismo lugar, que no llegaron a realizarse o, quizás, maquetas de otros sitios en la región, todavía por explorar.
Contemporáneos de Plazuelas son los sitios del Cerro Barajas, este último ubicado al sur de Plazuelas, en la margen norte del Lerma, y actualmente trabajado por arqueólogos franceses. Si bien el comienzo de su poblamiento se remonta a 450 d.C., su clímax demográfico ocurre a finales del Clásico: 750-950 d.C.
De los sitios en el cerro, el conocido como Los Nogales resalta por su mayor extensión y monumentalidad arquitectónica, de la que deben destacarse conjuntos de basamentos que bordean patios abiertos, con altar al centro, y conjuntos cuyos basamentos soportan estructuras con cuartos, algunos de los cuales –como sucede en la llamada acrópolis de Xochicalco, Morelos– han sido interpretados como graneros por no contar con puertas y obligar a su acceso por arriba. Esto, sumado a que en Los Toriles, otro de los sitios en Cerro Barajas, se construyó una muralla de más de 600 m de longitud y hasta de dos metros y medio de altura, así como el hecho de que los sitios en Cerro Barajas se encuentran protegidos de manera natural, emplazados en las faldas del cerro y separados entre sí por barrancas, induce a pensar que quienes habitaban en esa localidad tenían una preocupación especial por defenderse de posibles agresores. Los sitios parecen haber sido abandonados hacia 1100 d.C., esto es, dos siglos después del abandono de Plazuelas.
Los sitios en Cerro Barajas son de arquitectura a base de lajas apiladas, similar a la que se encuentra en Peralta, un sitio próximo a la confluencia del río Guanajuato y el Lerma. Este último, actualmente explorado por Efraín Cárdenas, fue ocupado durante un periodo relativamente largo: todo el Clásico y Posclásico; las fechas más tardías están determinadas por la presencia de materiales tarascos.
En el río de la Laja, los sitios de mayores dimensiones de esta misma época podrían ser el de San Miguel Viejo, ubicado en una lengua de tierra en la presa Allende, y el de Tierra Blanca, a pocos kilómetros al noroeste de este último. Sin embargo, del que más se conoce por excavaciones todavía en curso, a cargo de Gabriela Zepeda, es del llamado Cañada de la Virgen, ubicado a corta distancia al suroeste de San Miguel Allende. El conjunto arquitectónico principal del sitio posee cierta monumentalidad; consiste en una plataforma en C sobre la que se construyeron cuartos, y un basamento piramidal de cinco cuerpos escalonados, de paramentos lisos ataludados, que cierra la C para formar un patio hundido. Una ancha calzada que llega al conjunto arquitectónico completa la lista de rasgos sobresalientes. El sitio parece haber sido ocupado desde el Clásico, pero la época de mayor desarrollo la alcanzó en el Epiclásico; su abandono ocurrió entre 1000 y 1100 d.C., pero quienes piensan que en la arquitectura del sitio hay rasgos de filiación tolteca, sostienen que ese abandono debió ser posterior, en una fecha próxima a la del paso de los contingentes que, según el mito de la peregrinación de los aztecas, cruzaron el sur de Guanajuato en su desplazamiento desde Chicomóztoc hacia Tula, Hidalgo, y, finalmente, Tenochtitlan.
La explosión demográfica que experimentó Guanajuato en el Clásico se presentó también en otras regiones del Norte y Occidente del México antiguo. Pedro Armillas interpretó este fenómeno como resultado de desplazamientos poblacionales que ocurrieron entre los siglos VI y X desde el Centro de México hacia esas regiones. Los desplazamientos habrían sido verdaderos movimientos de colonización favorecidos por la aparición en esa época de un cambio climático que hizo más propicias las condiciones para el desarrollo de la agricultura. El proceso, por cierto, habría terminado en un completo colapso: entre los siglos XII y XIV, con el restablecimiento de las viejas condiciones de aridez, se habría producido un éxodo masivo de agricultores en sentido contrario.
Al respecto debe apuntarse que los cambios climáticos señalados, supuestos responsables de la oscilación de la frontera mesoamericana, no han sido suficientemente fundamentados. Aún más difícil resulta entender esos desplazamientos poblacionales en ausencia de evidencia sólida que pruebe la existencia de un proceso de transculturación: los rasgos culturales del Centro de México no existen en las regiones al Norte y Occidente en cantidad y calidad suficientes para adjudicarlos a algo que no sea el resultado de intercambios ocasionales de bienes, fundamentalmente entre elites.
Más convincente es lo contrario: que grupos de las regiones al norte y al poniente de la Cuenca de México se hayan desplazado durante los siglos VI y VII hacia Tula y Teotihuacan, estado de México, que hayan participado en las fases finales del colapso de ese gran centro urbano y que, después de su caída, se hayan dispersado por la Cuenca de México, los valles de Toluca y la cuenca Puebla-Tlaxcala, llevando consigo la tradición alfarera que habían desarrollado desde principios del Clásico en lugares como el Bajío. Se trata de la tradición cerámica del Rojo sobre Bayo que en el Centro de México es conocida como cerámica Coyotlatelco. La información que apoya esta idea es abundante en lugares clave como el sur de Querétaro, la región de Tula y el mismo Teotihuacan.

Posclásico
En el Posclásico, la frontera mesoamericana se retrajo hasta una línea que uniría los ríos Lerma y San Juan, este último un afluente del sistema Moctezuma-Pánuco. Al norte de esa línea habitaban cazadores-recolectores nómadas, y agricultores ocasionales semisedentarios, genéricamente conocidos como chichimecas, un término despectivo que los mexicas aplicaron a los insumisos que se encontraban más allá de la provincia otomí de Xilotepec, estado de México, bajo su dominio, e imposibles de someter. Al sur se encontraban comunidades de agricultores plenos, mesoamericanos por definición.
En las sierras de Guanajuato habitaban los guamares, que cubrían un extenso territorio entre el Lerma y San Felipe, este último pueblo ubicado a la mitad del camino entre Guanajuato y San Luis Potosí. Más al norte se hallaban los guachichiles, la nación más grande de filiación chichimeca; su zona nuclear era el Gran Tunal pero cubrieron un amplio territorio que llegaba hasta Saltillo y hacia el sur se desplazaba hasta la zona guamare. Entre ambos estaban los guaxabanas y los copuces.
Los mesoamericanos al sur del Lerma eran los tarascos (purépecha es el nombre que se dan a sí mismos y, también, el de su lengua), y más al oriente habitaban matlatzincas y otomíes. A la llegada de los españoles los tarascos habían superado la fragmentación de poder derivada de diferencias étnicas en su territorio y constituido un estado con sede en Tzintzuntzan, Michoacán, que resistió el avance de los mexicas en virtud de sus guarniciones en las rutas potenciales de invasión. Una de ellas se ubicó en el Cerro del Chivo, en las afueras de Acámbaro, cerca del sitio arqueológico de Chupícuaro; su defensa estuvo fundamentalmente a cargo de otomíes. La estrecha relación entre tarascos y otomíes no se limita a este caso particular: según la Relación de la Villa de Celaya, la villa fue fundada por otomíes de Hueychiapan con autorización de los tarascos, gobernada por estos últimos y poblada por otomíes y chichimecas.
Es evidente que la frontera mesoamericana del siglo XVI no era como la describían los mexicas: la línea donde se enfrentaban fuerzas opuestas, irreconciliables, más allá de la cual se encontraba la barbarie. La frontera era en realidad muy permeable: a través de ella se dieron intensos intercambios de bienes y, posiblemente, también alianzas matrimoniales. Según la Relación de Querétaro de 1582, por ejemplo, Conín, un indio otomí del pueblo de Nopala de la provincia de Xilotepec, ante el avance español se refugió entre indios chichimecas con “quienes contrataba” y “tenía una gran amistad”; con ellos comerciaba alimentos, mantas de fibra de maguey y sal a cambio de cueros de animales, arcos y flechas. Conín fue, por cierto, el fundador de Querétaro. La historia de Mexitzin, otro otomí de Xilotepec, es la misma, excepto que en este caso la ciudad que se fundó fue San Juan del Río.
En 1546, apenas cuatro años después de haber concluido la Guerra del Mixtón, en la que los españoles se enfrentaron a indígenas dirigidos por cazcanes, Juan de Tolosa fue llevado por zacatecos a los depósitos de mineral de plata en las montañas alrededor de La Bufa. El descubrimiento abrió las puertas a una nueva etapa en la historia de los territorios al norte del Lerma que concluiría, 40 años después, con el fin de la llamada Guerra Chichimeca (1531-1585). Lo que había sido un lento desplazamiento hacia el norte, motivado por los intereses de los franciscanos y de quienes vieron en tierras chichimecas condiciones inmejorables para el desarrollo de la ganadería, se transformó en un avance frenético; el aseguramiento del camino real México-Zacatecas, fundamental para el abastecimiento de las minas, fue posible por la creación de presidios y pueblos defensivos a todo lo largo de la ruta, construidos en la década de los setenta del siglo XVI, momento álgido de la guerra con los chichimecas. Centros de población en el camino real o en las proximidades se beneficiaron de la actividad minera, entre ellos San Juan del Río, Querétaro, Celaya, Guanajuato, León, Lagos, San Miguel y San Felipe. El emplazamiento de los principales pueblos de Guanajuato y de sus vecinos proviene, en efecto, de esas fechas.

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Enrique Nalda. Arqueólogo y doctor en antropología. Investigador de la Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Arqueológico, INAH. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.

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