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“¡…Y ya solamente
esperamos a que lleguen los miembros del inah para que
de una vez por todas digan que aquí se encuentran
los restos de Cuauhtémoc…!” Con estas
palabras terminaba su discurso un diputado local ante
la presencia del “señor gobernador”
del estado de Guerrero, que por entonces lo era Rubén
Figueroa, y del pueblo de Ichcateopan, reunidos una soleada
mañana de 1976 en que se visitaría el lugar
donde se encontraba el montículo arqueológico
que se suponía cubría el palacio de Cuauhtémoc.
A estas palabras siguieron cohetes, música de la
banda y la petición a los presentes de que esperaran
un poco para el arribo de los arqueólogos del INAH,
los que, en realidad, ya habíamos llegado pero
creímos prudente esperar detrás de la iglesia
para que no se nos quisiera comprometer pidiéndonos
que dijéramos algunas palabras ante la multitud.
Poco después nos acercamos al gobernador y nos
hicimos presentes. De inmediato se ordenó que fuéramos
al lugar donde se hallaba el montículo y hacia
allá nos dirigimos entre reiterados cohetes, música
y grupos escolares. Visto el lugar y expresadas las necesidades
para comenzar las excavaciones, nos dirigimos a la comida
que se tenía preparada para tal acontecimiento.
En medio de la comida, el señor gobernador nos
dijo: “Todo cae por su propio peso. Por eso esperamos
que hagan pronto su trabajo y digan que aquí está
Cuauhtémoc para que puedan regresar a la capital,
pero con cabeza…” Aquellas palabras en boca
de tan connotado personaje hicieron que a Jorge Angulo,
director del Centro Regional de Morelos-Guerrero, a Juan
Yadeun, arqueólogo que se encargaría de
los trabajos de excavación, y a mí, miembro
de la Comisión para la Revisión y Nuevos
Estudios de los Hallazgos de Ichcateopan, se nos atoraran
los ricos tacos de mole en el pescuezo. Y no era para
menos, pues bien sabíamos cómo se las gastaba
tan conspicuo personaje…
UN POCO DE HISTORIA
En 1949 se dio a conocer, a nivel nacional, la noticia
de que en el pueblo de Ichcateopan, Guerrero, se habían
encontrado los restos óseos del emperador Cuauhtémoc.
Los trabajos de excavación estuvieron a cargo de
la historiadora Eulalia Guzmán, quien se precipitó
a realizar las excavaciones sin contar con la técnica
suficiente, pues quien había sido comisionado para
tal fin por el arquitecto Ignacio Marquina, por entonces
director del INAH, era el arqueólogo Carlos Margáin,
quien no llegó a tiempo al lugar. En 1949, doña
Eulalia realizó diversos sondeos tanto en la iglesia
dedicada a San José como en la de Nuestra Señora
de la Asunción, lugar en que ocurrió el
hallazgo. En 1951, doña Eulalia volvió a
excavar el montículo arqueológico ya mencionado
y, conforme a las fotos del periodista Eliseo Salmerón
que pudimos reunir, la falta de técnica es evidente
en todas sus intervenciones. Se nombró una comisión
que finalmente presentó sus resultados y dio pie
a la controversia, pues unos aseguraban que no había
duda de que se trataba de los restos del último
emperador azteca, en tanto que otros tenían severas
dudas acerca de esto.
Un dato fundamental para lo que venimos tratando es saber
si los pisos que cubrían la fosa que contenía
los restos óseos y la placa de cobre estaban intactos,
ya que de ser así lo encontrado debajo de ellos
estaría perfectamente sellado. Sin embargo, no
fue así. No hubo controles arqueológicos
durante el proceso de excavación, ni un diario
de campo en que se llevara el registro de lo que se hacía
día con día. Tanto Carlos Margáin
como Jorge Acosta, arqueólogos comisionados al
lugar después de realizadas las excavaciones, coinciden
en señalar que no hubo controles arqueológicos.
ARTÍCULO COMPLETO EN
LA EDICIÓN IMPRESA
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Eduardo Matos Moctezuma.
Maestro en ciencias antropológicas, especializado
en arqueología. Fue director del Museo del Templo
Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor
emérito del INAH.
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