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Un rasgo distintivo
de los olmecas fue su gran aprecio por el jade, que trabajaron
con un grado notable de destreza y perfección.
A pesar de ser una piedra muy dura y densa, el jade fue
labrado y pulido por los olmecas hasta adquirir el brillo
de un espejo. El jade preferido por los olmecas, y por
todos los pueblos mesoamericanos posteriores, no fue el
jade nefrita de los antiguos chinos, sino la jadeíta.
La jadeíta, comparada con el jade nefrita, es mucho
más dura y con tonos más variados y brillantes
que incluyen el verde esmeralda brillante, el amarillo
e incluso el morado. Tal vez el jade más apreciado
por los olmecas fue el verde esmeralda translúcido,
piedra que los aztecas posteriormente llamaron quetzalitzli,
término que se refiere tanto a su semejanza en
color con las plumas de quetzal como a su transparencia
semejante a la de la obsidiana, itzli. También
gustaban particularmente de la jadeíta verde mar
o azul turquesa, que con frecuencia ahuecaban o labraban
hasta obtener puntas y bordes para que fuera aún
más transparente. Aunque el debate acerca del origen
del jade ha dado lugar a las más diversas especulaciones
y discusiones, reconocimientos en campo recientes han
mostrado que el origen del material se encuentra en la
parte central de la región del valle de Motagua,
en el oriente de Guatemala. Hasta donde conocemos, esa
región sigue siendo la única fuente de jadeíta
en Mesoamérica.
Hachas de jade
Las excavaciones dirigidas por los arqueólogos
Ponciano Ortiz y María del Carmen Rodríguez
en el manantial de El Manatí, Veracruz, han mostrado
que el jade se encuentra en la región olmeca en
fechas tan tempranas como 1500 a.C. Ahí se localizaron,
en el contexto de la fase olmeca Ojochi, hachas bellamente
labradas y un collar con cuentas de jade translúcido
azul verdoso. Aunque objetos presuntamente hechos de jade
se representaron como joyería en monumentos olmecas
tempranos de San Lorenzo (ca. 1150-900 a.C.), el jade
es escaso en este sitio. El jade finamente trabajado no
aparece en abundancia sino hasta el Preclásico
Medio, en el sitio olmeca de La Venta (ca. 900-500 a.C.).
Una de las formas más comunes del trabajo en jade
son las hachas con forma de pétalos; es decir,
elegantes hachas que parecen pétalos de flores
por su diseño, con el filo en el lado más
ancho. Es verosímil que estas hachas de jade pulido
fueran la forma usual para comerciar e intercambiar el
jade; así podían verse el color, las fisuras
y otras marcas en la superficie pulida y también
podía apreciarse de inmediato su transparencia
en los delgados bordes de las navajas. A partir de estas
hachas se podían labrar estatuas y joyas, incluidos
pendientes ahuecados con forma de concha o las curiosas
“cucharas” olmecas, que se hacían cortando
sobre el eje longitudinal de las hachas. Este trabajo
de lapidaria fue extremadamente laborioso y es evidente
que el valor de las piezas derivaba en gran medida de
la habilidad y esfuerzo invertidos en su elaboración.
Entre los olmecas, las hachas de jade estuvieron estrechamente
relacionadas con el simbolismo del maíz y la fertilidad
agrícola. Esta importancia simbólica, como
en el caso de las hachas finamente labradas en Europa
durante el Neolítico, deriva en parte del hecho
de que se usaran para desbrozar la maleza y preparar los
terrenos para el cultivo. Mientras que en la antigua Europa
se cultivaba trigo y cebada, el principal cultivo de los
los olmecas del Preclásico Medio fue el maíz,
planta cuya mazorca se asemeja a la forma y el color de
las hachas de jade. Un grupo de hachas de jade con incisiones,
atribuidas al sitio olmeca de Arroyo Pesquero, muestra
imágenes del dios olmeca del maíz; si bien
esta deidad tiene muchas formas, el dios olmeca como maíz
maduro normalmente muestra una hendidura en la cabeza
de la que surge una mazorca. Toda la cabeza del dios del
maíz simboliza una grano de maíz con la
mazorca surgiendo del centro de la planta verde. En un
gran número de hachas incisas, el dios olmeca del
maíz aparece rodeado por cuatro mazorcas en forma
de hacha en las orillas. Como ya lo ha señalado
Frank Kent Reilly, esta composición recrea el cosmograma
olmeca formado por una barra y cuatro puntos; el dios
del maíz constituye la barra central vertical,
como eje del axis mundi. El dios olmeca del maíz
al centro de un cosmograma de cuatro esquinas se relaciona
tal vez con la muy difundida metáfora del mundo
creado y ordenado a la manera de una milpa con cuatro
lados.
En un monumento de La Merced, Veracruz, se ve al dios
maíz con los cuatro elementos y la barra central
sobre la cara, lo cual podría ser la personificación
de toda la superficie de la Tierra. Un dios olmeca del
maíz que corona una estatuilla de jadeíta
de la colección de Dumbarton Oaks, en Washington,
D.C., muestra en la parte posterior una versión
del cosmograma de la barra y los cuatro puntos nuevamente
en alusión al mundo con cuatro esquinas. Este cosmograma
también aparece en los mosaicos llamados “mascarones”
de la Venta, Tabasco, los que cubren enormes cantidades
de serpentina en bruto, una piedra verde más suave
asociada al jade en el pensamiento olmeca.
Depósitos de hachas
Cuando se representa al dios olmeca del maíz con
la barra y los cuatro puntos, los elementos con forma
de hacha aparecen en las esquinas de la composición.
Sin embargo, en lo que se refiere a los depósitos
de hachas de estilo olmeca, suelen colocarse sobre los
puntos cardinales, no entre ellos, para formar una cruz.
Además de estos depósitos del Preclásico
Medio en La Venta, se conocen otros depósitos,
más o menos contemporáneos, en la zona maya,
en Ceibal, Guatemala, y San Isidro, Chiapas. En las excavaciones
que dirigió recientemente Francisco Estrada-Belli
en Cival, un sitio del norte del Petén, en Guatemala,
se descubrió un muy complejo depósito de
hachas de jade del Preclásico Medio, con cinco
hachas de jade colocadas verticalmente en un pozo cruciforme.
Además de las cuatro hachas colocadas en los brazos
de la cruz había un hacha colocada en un hueco
más hondo al centro. Esta hacha del centro es de
un jade particularmente fino y translúcido, azul
verdoso, y estaba acompañada por muchos guijarros
de jade aluvial procedente de la región del valle
de Motagua. Estos guijarros de río aluden al agua,
de la misma manera que lo hace su propio color azul verdoso.
El depósito tenía una alusión aún
más directa al agua: contenía cinco grandes
ollas de barro que fueron colocadas sobre la ofrenda de
jade antes de enterrarla. Resulta claro que las ollas
y el simbolismo de los rumbos se relacionan con el bien
conocido complejo mesoamericano de dioses pluviales en
cada rumbo, que incluye a los chaaks mayas, los cocijos
zapotecos y los tlaloques del Centro de México.
Aunque las hachas se relacionan con los relámpagos
y la lluvia en muchas culturas mesoamericanas posteriores,
entre los olmecas este símil no ha podido establecerse
aún.
En los depósitos de estilo olmeca del Preclásico
Medio las hachas están casi siempre colocadas verticalmente,
con los bordes filosos hacia arriba. Su forma y posición
son muy semejantes a las de las estelas en miniatura y
James Porter ha anotado que tanto las estelas olmecas
como las mayas posteriores parecen hachas enormes. De
hecho, las estelas de piedra verde de La Venta en las
que aparece el dios olmeca del maíz parecerían
versiones monumentales de las hachas de jade y serpentina
en las que aparece la imagen del mismo dios. El famoso
conjunto de estatuillas de La Venta conocido como Ofrenda
4 se encuentra de pie ante estelas miniatura, hechas con
mitades de hachas de jadeíta cortadas por su eje
longitudinal. Es notable que dos de las estelas fueran
hechas de las mitades de una sola hacha, que originalmente
tuvo la imagen de una figura olmeca voladora. Tanto los
olmecas como los mayas del Clásico usaron placas
de jade en forma de hacha colgando de sus ceñidores;
un ejemplo de esto entre los olmecas se ve en las deidades
voladoras de la Estela 2 de La Venta. A diferencia de
los mayas del Clásico, que las colgaban en grupos
de tres, entre los olmecas estas hachas en los ceñidores
se utilizaban individualmente. Un hacha de jade olmeca
muy fina, usada como colgante, que muestra a una mujer
ricamente ataviada, se asemeja claramente a una estela
en bajorrelieve. Lo mismo puede decirse de muchas hachas
colgantes incisas usadas por los mayas del Clásico
Temprano, como la muy conocida Placa de Leiden.
El jade y la representación
del aliento
Debido a su cercanía tanto con la región
olmeca como con los yacimientos de jade de Motagua, no
sorprende que los mayas del Clásico atribuyeran
al jade el mismo simbolismo que los olmecas. Un rasgo
común es la representación del aliento como
un elemento parecido a una cuenta delante de la nariz,
que denota la respiración del alma en los seres
vivos. Las estatuillas olmecas de jadeíta y serpentina
suelen tener pequeñas perforaciones en el tabique
nasal, laborioso trabajo que tal vez sirvió para
dotar ritualmente de aliento y de vida al objeto terminado.
Aunque estas cuentas-aliento son muy raras en el arte
del Centro de México durante el Clásico
y el Posclásico, los aztecas mencionan que el jade
exhala aliento húmedo, como se anota en el libro
XI del Códice Florentino: “…estas piedras
siempre echan de sí una exhalación fresca
y húmeda, y donde esto está, cavan y hallan
las piedras en que se crían estos chalchihuites
[jades]”.
Para los mayas del Clásico las orejeras se relacionaban
especialmente con el aliento y, al igual que las flores,
aparecían con frecuencia como elemento de aliento
antes del rostro. En el arte antiguo maya, el motivo de
un par de volutas simétricas que se desenredan
hacia afuera, generalmente desde las flores, indica aliento
dulce, como el emanado por las flores. Este elemento puede
encontrarse en épocas aún más tempranas
en las representaciones de estilo olmeca de Chalcatzingo,
Morelos, donde una especie de cocodrilo exhala una nube
desde un par de volutas de aliento (fig. 7c). Estas volutas
aparecen en un par de orejeras incisas de jade de La Venta,
con elementos redondos que representan una flor. Las flores
que respiran se encuentran también en un hacha
de serpentina estilo olmeca, presuntamente procedente
de Chalcatzingo, donde vemos una planta florecida. Los
elementos florales de La Venta representan el aliento
de las orejeras de jade. El aliento de las orejeras fue,
para los antiguos mesoamericanos, ciertamente húmedo,
y aparece con gotas de lluvia y hasta con corrientes de
agua. Los murales mayas de San Bartolo, Guatemala, del
siglo i a.C., muestran gotas de lluvia cayendo desde orejeras,
y en el Clásico Tardío maya se elaboró
una figurilla de estilo teotihuacano con orejeras donde
la lluvia brota desde elementos curvos parecidos. Más
aún, los murales de Tepantitla, en Teotihuacan,
muestran a Tláloc con corrientes de agua que fluyen
desde sus orejeras; y un par de orejeras de concha, más
o menos de la misma época, procedentes de Uaxactún,
Guatemala (fig. 8c), muestran a Tláloc en el centro,
como origen de la lluvia y el agua. Volvemos a ver este
elemento, donde caen gotas de lluvia, en figurillas de
Veracruz estilo Nopiloa, del Clásico Tardío.
Un elemento presente casi siempre en las orejeras mayas
del Clásico es el tubo de jade que termina con
una cuenta, y puede rastrearse hasta los antiguos olmecas.
Desde tiempos de los olmecas y hasta los aztecas del Posclásico
Tardío, este tubo y cuenta sirvieron como el símbolo
más elemental de la lluvia. El Monumento 1 de Chalcatzingo
es un magnífico ejemplo, pues la lluvia que cae
aparece tanto en el tocado de la figura central como en
el trasfondo; con las gotas que caen hay también
discos, casi de seguro orejeras. Juntos, estos dos elementos
olmecas forman el conjunto orejeras, que simboliza el
aliento y la emanación de lluvia. Como una piedra
azul verdoso y translúcida, el jade tenía
que ver con varios temas relacionados con el pensamiento
olmeca: maíz, agua y viento/aire, lo que lo convierte
en la duradera piedra de la vida y la belleza.
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Karl A. Taube. Doctor en
antropología por la Universidad de Yale. Profesor
de antropología en la Universidad de California
en Riverside. Es autor de varios libros y artículos
sobre el arte y la religión de la antigua Mesoamérica.
Actualmente es iconógrafo del Proyecto San Bartolo.
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