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Cultura olmeca

ÍNDICE 87 Los olmecas. Los primeros petroleros
DOSIER: Cultura olmeca Chalcatzingo, Morelos

Cerros sagrados olmecas

Los olmecas en Chiapas
San Lorenzo, Veracruz
Las sociedades jerárquicas oaxaqueñas
La jadeíta y la cosmovisión olmeca RELIGIÓN: Diosas mexicas del amor y la sexualidad
El Complejo A. La Venta, Tabasco ARQUEOLOGÍA: Cerro Barajas, Guanajuato
Prácticas mortuorias olmecas DOCUMENTO: Códice Colombino

DOSIER

La jadeíta y la cosmovisión de los olmecas
Karl Taube

Los olmecas se distinguieron como expertos talladores de jade en cuentas, figurillas y hachas, estas últimas estrechamente relacionadas con el simbolismo del maíz y la fertilidad agrícola. Esta importancia simbólica –como en el caso de las hachas finamente labradas en Europa durante el Neolítico– deriva en parte del hecho de que se usaran para desbrozar la maleza y preparar los terrenos para el cultivo.

El dios olmeca del maíz normalmente muestra una hendidura en la cabeza de la que surge una mazorca. Hacha de jadeíta, Arroyo Pesquero, Veracruz. Museo de Antropología de Xalapa, Veracruz.
foto: rafael donis / raíces

Un rasgo distintivo de los olmecas fue su gran aprecio por el jade, que trabajaron con un grado notable de destreza y perfección. A pesar de ser una piedra muy dura y densa, el jade fue labrado y pulido por los olmecas hasta adquirir el brillo de un espejo. El jade preferido por los olmecas, y por todos los pueblos mesoamericanos posteriores, no fue el jade nefrita de los antiguos chinos, sino la jadeíta. La jadeíta, comparada con el jade nefrita, es mucho más dura y con tonos más variados y brillantes que incluyen el verde esmeralda brillante, el amarillo e incluso el morado. Tal vez el jade más apreciado por los olmecas fue el verde esmeralda translúcido, piedra que los aztecas posteriormente llamaron quetzalitzli, término que se refiere tanto a su semejanza en color con las plumas de quetzal como a su transparencia semejante a la de la obsidiana, itzli. También gustaban particularmente de la jadeíta verde mar o azul turquesa, que con frecuencia ahuecaban o labraban hasta obtener puntas y bordes para que fuera aún más transparente. Aunque el debate acerca del origen del jade ha dado lugar a las más diversas especulaciones y discusiones, reconocimientos en campo recientes han mostrado que el origen del material se encuentra en la parte central de la región del valle de Motagua, en el oriente de Guatemala. Hasta donde conocemos, esa región sigue siendo la única fuente de jadeíta en Mesoamérica.

Hachas de jade
Las excavaciones dirigidas por los arqueólogos Ponciano Ortiz y María del Carmen Rodríguez en el manantial de El Manatí, Veracruz, han mostrado que el jade se encuentra en la región olmeca en fechas tan tempranas como 1500 a.C. Ahí se localizaron, en el contexto de la fase olmeca Ojochi, hachas bellamente labradas y un collar con cuentas de jade translúcido azul verdoso. Aunque objetos presuntamente hechos de jade se representaron como joyería en monumentos olmecas tempranos de San Lorenzo (ca. 1150-900 a.C.), el jade es escaso en este sitio. El jade finamente trabajado no aparece en abundancia sino hasta el Preclásico Medio, en el sitio olmeca de La Venta (ca. 900-500 a.C.). Una de las formas más comunes del trabajo en jade son las hachas con forma de pétalos; es decir, elegantes hachas que parecen pétalos de flores por su diseño, con el filo en el lado más ancho. Es verosímil que estas hachas de jade pulido fueran la forma usual para comerciar e intercambiar el jade; así podían verse el color, las fisuras y otras marcas en la superficie pulida y también podía apreciarse de inmediato su transparencia en los delgados bordes de las navajas. A partir de estas hachas se podían labrar estatuas y joyas, incluidos pendientes ahuecados con forma de concha o las curiosas “cucharas” olmecas, que se hacían cortando sobre el eje longitudinal de las hachas. Este trabajo de lapidaria fue extremadamente laborioso y es evidente que el valor de las piezas derivaba en gran medida de la habilidad y esfuerzo invertidos en su elaboración.
Entre los olmecas, las hachas de jade estuvieron estrechamente relacionadas con el simbolismo del maíz y la fertilidad agrícola. Esta importancia simbólica, como en el caso de las hachas finamente labradas en Europa durante el Neolítico, deriva en parte del hecho de que se usaran para desbrozar la maleza y preparar los terrenos para el cultivo. Mientras que en la antigua Europa se cultivaba trigo y cebada, el principal cultivo de los los olmecas del Preclásico Medio fue el maíz, planta cuya mazorca se asemeja a la forma y el color de las hachas de jade. Un grupo de hachas de jade con incisiones, atribuidas al sitio olmeca de Arroyo Pesquero, muestra imágenes del dios olmeca del maíz; si bien esta deidad tiene muchas formas, el dios olmeca como maíz maduro normalmente muestra una hendidura en la cabeza de la que surge una mazorca. Toda la cabeza del dios del maíz simboliza una grano de maíz con la mazorca surgiendo del centro de la planta verde. En un gran número de hachas incisas, el dios olmeca del maíz aparece rodeado por cuatro mazorcas en forma de hacha en las orillas. Como ya lo ha señalado Frank Kent Reilly, esta composición recrea el cosmograma olmeca formado por una barra y cuatro puntos; el dios del maíz constituye la barra central vertical, como eje del axis mundi. El dios olmeca del maíz al centro de un cosmograma de cuatro esquinas se relaciona tal vez con la muy difundida metáfora del mundo creado y ordenado a la manera de una milpa con cuatro lados.
En un monumento de La Merced, Veracruz, se ve al dios maíz con los cuatro elementos y la barra central sobre la cara, lo cual podría ser la personificación de toda la superficie de la Tierra. Un dios olmeca del maíz que corona una estatuilla de jadeíta de la colección de Dumbarton Oaks, en Washington, D.C., muestra en la parte posterior una versión del cosmograma de la barra y los cuatro puntos nuevamente en alusión al mundo con cuatro esquinas. Este cosmograma también aparece en los mosaicos llamados “mascarones” de la Venta, Tabasco, los que cubren enormes cantidades de serpentina en bruto, una piedra verde más suave asociada al jade en el pensamiento olmeca.

Depósitos de hachas
Cuando se representa al dios olmeca del maíz con la barra y los cuatro puntos, los elementos con forma de hacha aparecen en las esquinas de la composición. Sin embargo, en lo que se refiere a los depósitos de hachas de estilo olmeca, suelen colocarse sobre los puntos cardinales, no entre ellos, para formar una cruz. Además de estos depósitos del Preclásico Medio en La Venta, se conocen otros depósitos, más o menos contemporáneos, en la zona maya, en Ceibal, Guatemala, y San Isidro, Chiapas. En las excavaciones que dirigió recientemente Francisco Estrada-Belli en Cival, un sitio del norte del Petén, en Guatemala, se descubrió un muy complejo depósito de hachas de jade del Preclásico Medio, con cinco hachas de jade colocadas verticalmente en un pozo cruciforme. Además de las cuatro hachas colocadas en los brazos de la cruz había un hacha colocada en un hueco más hondo al centro. Esta hacha del centro es de un jade particularmente fino y translúcido, azul verdoso, y estaba acompañada por muchos guijarros de jade aluvial procedente de la región del valle de Motagua. Estos guijarros de río aluden al agua, de la misma manera que lo hace su propio color azul verdoso. El depósito tenía una alusión aún más directa al agua: contenía cinco grandes ollas de barro que fueron colocadas sobre la ofrenda de jade antes de enterrarla. Resulta claro que las ollas y el simbolismo de los rumbos se relacionan con el bien conocido complejo mesoamericano de dioses pluviales en cada rumbo, que incluye a los chaaks mayas, los cocijos zapotecos y los tlaloques del Centro de México. Aunque las hachas se relacionan con los relámpagos y la lluvia en muchas culturas mesoamericanas posteriores, entre los olmecas este símil no ha podido establecerse aún.
En los depósitos de estilo olmeca del Preclásico Medio las hachas están casi siempre colocadas verticalmente, con los bordes filosos hacia arriba. Su forma y posición son muy semejantes a las de las estelas en miniatura y James Porter ha anotado que tanto las estelas olmecas como las mayas posteriores parecen hachas enormes. De hecho, las estelas de piedra verde de La Venta en las que aparece el dios olmeca del maíz parecerían versiones monumentales de las hachas de jade y serpentina en las que aparece la imagen del mismo dios. El famoso conjunto de estatuillas de La Venta conocido como Ofrenda 4 se encuentra de pie ante estelas miniatura, hechas con mitades de hachas de jadeíta cortadas por su eje longitudinal. Es notable que dos de las estelas fueran hechas de las mitades de una sola hacha, que originalmente tuvo la imagen de una figura olmeca voladora. Tanto los olmecas como los mayas del Clásico usaron placas de jade en forma de hacha colgando de sus ceñidores; un ejemplo de esto entre los olmecas se ve en las deidades voladoras de la Estela 2 de La Venta. A diferencia de los mayas del Clásico, que las colgaban en grupos de tres, entre los olmecas estas hachas en los ceñidores se utilizaban individualmente. Un hacha de jade olmeca muy fina, usada como colgante, que muestra a una mujer ricamente ataviada, se asemeja claramente a una estela en bajorrelieve. Lo mismo puede decirse de muchas hachas colgantes incisas usadas por los mayas del Clásico Temprano, como la muy conocida Placa de Leiden.

El jade y la representación del aliento
Debido a su cercanía tanto con la región olmeca como con los yacimientos de jade de Motagua, no sorprende que los mayas del Clásico atribuyeran al jade el mismo simbolismo que los olmecas. Un rasgo común es la representación del aliento como un elemento parecido a una cuenta delante de la nariz, que denota la respiración del alma en los seres vivos. Las estatuillas olmecas de jadeíta y serpentina suelen tener pequeñas perforaciones en el tabique nasal, laborioso trabajo que tal vez sirvió para dotar ritualmente de aliento y de vida al objeto terminado. Aunque estas cuentas-aliento son muy raras en el arte del Centro de México durante el Clásico y el Posclásico, los aztecas mencionan que el jade exhala aliento húmedo, como se anota en el libro XI del Códice Florentino: “…estas piedras siempre echan de sí una exhalación fresca y húmeda, y donde esto está, cavan y hallan las piedras en que se crían estos chalchihuites [jades]”.
Para los mayas del Clásico las orejeras se relacionaban especialmente con el aliento y, al igual que las flores, aparecían con frecuencia como elemento de aliento antes del rostro. En el arte antiguo maya, el motivo de un par de volutas simétricas que se desenredan hacia afuera, generalmente desde las flores, indica aliento dulce, como el emanado por las flores. Este elemento puede encontrarse en épocas aún más tempranas en las representaciones de estilo olmeca de Chalcatzingo, Morelos, donde una especie de cocodrilo exhala una nube desde un par de volutas de aliento (fig. 7c). Estas volutas aparecen en un par de orejeras incisas de jade de La Venta, con elementos redondos que representan una flor. Las flores que respiran se encuentran también en un hacha de serpentina estilo olmeca, presuntamente procedente de Chalcatzingo, donde vemos una planta florecida. Los elementos florales de La Venta representan el aliento de las orejeras de jade. El aliento de las orejeras fue, para los antiguos mesoamericanos, ciertamente húmedo, y aparece con gotas de lluvia y hasta con corrientes de agua. Los murales mayas de San Bartolo, Guatemala, del siglo i a.C., muestran gotas de lluvia cayendo desde orejeras, y en el Clásico Tardío maya se elaboró una figurilla de estilo teotihuacano con orejeras donde la lluvia brota desde elementos curvos parecidos. Más aún, los murales de Tepantitla, en Teotihuacan, muestran a Tláloc con corrientes de agua que fluyen desde sus orejeras; y un par de orejeras de concha, más o menos de la misma época, procedentes de Uaxactún, Guatemala (fig. 8c), muestran a Tláloc en el centro, como origen de la lluvia y el agua. Volvemos a ver este elemento, donde caen gotas de lluvia, en figurillas de Veracruz estilo Nopiloa, del Clásico Tardío.
Un elemento presente casi siempre en las orejeras mayas del Clásico es el tubo de jade que termina con una cuenta, y puede rastrearse hasta los antiguos olmecas. Desde tiempos de los olmecas y hasta los aztecas del Posclásico Tardío, este tubo y cuenta sirvieron como el símbolo más elemental de la lluvia. El Monumento 1 de Chalcatzingo es un magnífico ejemplo, pues la lluvia que cae aparece tanto en el tocado de la figura central como en el trasfondo; con las gotas que caen hay también discos, casi de seguro orejeras. Juntos, estos dos elementos olmecas forman el conjunto orejeras, que simboliza el aliento y la emanación de lluvia. Como una piedra azul verdoso y translúcida, el jade tenía que ver con varios temas relacionados con el pensamiento olmeca: maíz, agua y viento/aire, lo que lo convierte en la duradera piedra de la vida y la belleza.

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Karl A. Taube. Doctor en antropología por la Universidad de Yale. Profesor de antropología en la Universidad de California en Riverside. Es autor de varios libros y artículos sobre el arte y la religión de la antigua Mesoamérica. Actualmente es iconógrafo del Proyecto San Bartolo.

ESPECIAL 28
VIGENTE
TEOTIHUACAN

NÚMERO 94
VIGENTE
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