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LOS TOLTECAS Y TULa

ÍNDICE 85
Los barrios de Tula
DOSIER: Los toltecas y Tula Los toltecas de Chichén Itzá, Yucatán

Tollan en Hidalgo. La Tollan histórica

SERIE: Arquitectura en Mesoamérica. II.
Investigaciones en Tula (2002-2006) ETNOGRAFÍA: La escalera del Padre Sol. Los Coras
El Palacio Quemado, Tula PIEZA: Los señores de Zazacatla, Morelos
Los orígenes de la dinastía real de Tula DOCUMENTO: Códice de Otlazpan
El Edificio 4. Palacio del rey tolteca EXPOSICIÓN: Miguel Covarrubias en el Museo Amparo
Las raíces toltecas de la política azteca CUENTO: Exvoto a san Roque y a santa Imprenta

Murales de Miguel Covarrubias en el Museo Amparo
Esplendor del Pacífico
Moisés Rosas


foto: carlos varillas / museo amparo

uando en los años posteriores a la Gran Depresión de 1929, Estados Unidos realizó obras que reactivaran la economía y vieran hacia nuevos horizontes del mundo para hacer crecer de nuevo al país, dos construcciones de la costa oeste se significaron por la envergadura técnica que implicaron y los recursos movilizados para ello: el Golden Gate Bridge y el Bay Bridge, ambos en la Bahía de San Francisco, California.
Con este motivo, en 1939 se llevó a cabo una Feria Internacional, como se había venido haciendo desde el siglo xix, tanto en Europa como en Estados Unidos, en la cual se mostrarían avances científicos, técnicos y culturales. En este caso el eje temático sería el océano Pacífico.
El curador de la exposición, Philip Youtz, pensó que el destacado mexicano Miguel Covarrubias podría realizar varios mapas-murales que reflejaran la riqueza cultural, natural y económica de la cuenca del Pacífico. Covarrubias vivía en Nueva York desde 1923 y se había relacionado con personajes muy importantes del ámbito cultural, económico y político, y había realizado obras aclamadas por la crítica norteamericana, como un libro de caricaturas con los personajes más destacados de la sociedad de los veinte, dibujos sobre la vida en los centros nocturnos de Harlem que sabían a jazz y a fantasía.
Desde principios de los treinta, Covarrubias había viajado frecuentemente a la isla de Bali y a China. Para llegar tomaba barcos cargueros que hacían hasta dos meses de trayecto entre San Francisco y Asia, deteniéndose en una gran cantidad de islas del Pacífico. Baste un ejemplo. En 1933, emprende de nuevo, con su esposa, un viaje más a Bali, y sólo en esa ocasión visitan las Islas Marquesas, Tahití, Islas Cook, Rarotonga, Fidji, Nuevas Hébridas, Suva, Samoa, Nueva Caledonia, Islas Salomón, las Molucas, Java, etc.
En cada parada del barco, Covarrubias tomaba fotos, realizaba dibujos y redactaba notas sobre los habitantes, su cultura, su entorno natural. Por sus amplios conocimientos de Bali, André Gide, amigo de Covarrubias, le insistió que los plasmara en un libro sobre la isla, el cual finalmente se publicó en 1937. Su éxito en Estados Unidos fue enorme. Fue tal el furor que causó el libro, que las galerías de arte comenzaron a presentar exposiciones sobre arte tradicional y contemporáneo balinesio, y la euforia llevó a que las elegantes tiendas de la Quinta Avenida llenaran sus escaparates con objetos y adornos alusivos a Bali. Covarrubias era ya una autoridad en la materia.
Por todo ello, cuando se decide hacer una nueva cartografía cultural, antropológica, etnológica, económica y natural del Pacífico, de manera automática se pensó en Miguel Covarrubias.
Covarrubias dudó si hacerlos o no, pero tanto René D’Harnoncourt como Moisés Sáenz lo empujaron a aceptar la encomienda, como una forma de difundir el valor cultural de las poblaciones del Pacífico y aprovechar todo el material que, durante años, había trabajado el autor del libro de Bali.
Al aceptar, decidió realizar varios cursos de antropología y asesorarse con expertos en los distintos temas que debía plasmar. Trabajó muy de cerca, por ejemplo, con Alfred Kroeber, jefe del Departamento de Antropología de Berkeley, y con la doctora Edrna Gunther, de la Universidad de Washington. Su ayudante para la realización de los murales fue un amigo de mucho tiempo: Antonio Ruiz, el Corcito.
Dejó Nueva York a finales de 1938 y se instaló en San Francisco. Entró en contacto con el Comité Organizador de la Feria y el alcalde de la ciudad, Ángelo Rossi. Se le planteó que el propósito sería promover las relaciones entre todos los pueblos del Pacífico, como motor económico de la costa oeste de Estados Unidos.
La feria se asentaría sobre una isla artificial que denominaron Treasure Island, adyacente a la Isla de Yerbabuena, la cual aún hoy existe. La obra de Covarrubias, por supuesto, no fue la única, aun cuando sí una de las más espectaculares. Por ejemplo, Diego Rivera presentó el mural Unidad panamericana.
Se realizaron seis grandes mapas-murales, en los que Covarrubias utilizó una nueva técnica a base de nitrocelulosa, que hacía las pinturas más resistentes a los cambios del entorno y, además, lavables. Sabiendo que la exposición era temporal, Covarrubias pintó en paneles desmontables su florilegio del Pacífico, para asegurar su reinstalación posterior. Los murales tuvieron una gran acogida de parte del público y los críticos, y fueron de las piezas más llamativas de la feria.
Después de que la feria cerró, en 1940, al año siguiente los murales fueron presentados en el Museo de Historia Natural de Nueva York , en el hall, y fueron vistos por miles de personas a lo largo de muchos años, pues permanecieron ahí hasta 1958, cuando regresaron a San Francisco y fueron colocados, de nuevo, en la llegada de barcos en Treasure Island.
Cabe hacer notar que, en el traslado de Nueva York a San Francisco, despareció misteriosamente uno de los mapas, el dedicado a la vida cultural del Pacífico, sin que hasta la fecha se sepa en dónde se encuentra.
Luego del terremoto que azotó a San Francisco en 1989, los murales fueron retirados y guardados en una bodega. Fue hasta hace muy poco tiempo que, por iniciativa del curador de la exposición que se presenta, Alfonso de Maria y Campos –entonces cónsul general de México en esa ciudad–, se realizó el rescate de los murales. De Maria y Campos obtuvo financiamiento privado para la restauración de los murales –la cual fue realizada por el inba en la ciudad de México– y logró que los murales fueran presentados en México por primera vez.
Para el Museo Amparo es una gran satisfacción presentar estas obras de Miguel Covarrubias (1904-1957), uno de los mexicanos más universales y más destacados de la primera mitad del siglo XX, como un medio para revalorar su figura y apreciar una obra de una gran riqueza estética, académica y cartográfica.


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Dr. Moisés Rosas. Director del Museo Amparo.

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Alfredo López Austin
La cosmovisión mexica concebía que la realidad divina estaba traslapada en el espacio de las criaturas, se creía en una doble naturaleza del tiempo y del espacio.



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