|
uando en los años posteriores a la Gran Depresión
de 1929, Estados Unidos realizó obras que reactivaran
la economía y vieran hacia nuevos horizontes del
mundo para hacer crecer de nuevo al país, dos construcciones
de la costa oeste se significaron por la envergadura técnica
que implicaron y los recursos movilizados para ello: el
Golden Gate Bridge y el Bay Bridge, ambos en la Bahía
de San Francisco, California.
Con este motivo, en 1939 se llevó a cabo una Feria
Internacional, como se había venido haciendo desde
el siglo xix, tanto en Europa como en Estados Unidos,
en la cual se mostrarían avances científicos,
técnicos y culturales. En este caso el eje temático
sería el océano Pacífico.
El curador de la exposición, Philip Youtz, pensó
que el destacado mexicano Miguel Covarrubias podría
realizar varios mapas-murales que reflejaran la riqueza
cultural, natural y económica de la cuenca del
Pacífico. Covarrubias vivía en Nueva York
desde 1923 y se había relacionado con personajes
muy importantes del ámbito cultural, económico
y político, y había realizado obras aclamadas
por la crítica norteamericana, como un libro de
caricaturas con los personajes más destacados de
la sociedad de los veinte, dibujos sobre la vida en los
centros nocturnos de Harlem que sabían a jazz y
a fantasía.
Desde principios de los treinta, Covarrubias había
viajado frecuentemente a la isla de Bali y a China. Para
llegar tomaba barcos cargueros que hacían hasta
dos meses de trayecto entre San Francisco y Asia, deteniéndose
en una gran cantidad de islas del Pacífico. Baste
un ejemplo. En 1933, emprende de nuevo, con su esposa,
un viaje más a Bali, y sólo en esa ocasión
visitan las Islas Marquesas, Tahití, Islas Cook,
Rarotonga, Fidji, Nuevas Hébridas, Suva, Samoa,
Nueva Caledonia, Islas Salomón, las Molucas, Java,
etc.
En cada parada del barco, Covarrubias tomaba fotos, realizaba
dibujos y redactaba notas sobre los habitantes, su cultura,
su entorno natural. Por sus amplios conocimientos de Bali,
André Gide, amigo de Covarrubias, le insistió
que los plasmara en un libro sobre la isla, el cual finalmente
se publicó en 1937. Su éxito en Estados
Unidos fue enorme. Fue tal el furor que causó el
libro, que las galerías de arte comenzaron a presentar
exposiciones sobre arte tradicional y contemporáneo
balinesio, y la euforia llevó a que las elegantes
tiendas de la Quinta Avenida llenaran sus escaparates
con objetos y adornos alusivos a Bali. Covarrubias era
ya una autoridad en la materia.
Por todo ello, cuando se decide hacer una nueva cartografía
cultural, antropológica, etnológica, económica
y natural del Pacífico, de manera automática
se pensó en Miguel Covarrubias.
Covarrubias dudó si hacerlos o no, pero tanto René
D’Harnoncourt como Moisés Sáenz lo
empujaron a aceptar la encomienda, como una forma de difundir
el valor cultural de las poblaciones del Pacífico
y aprovechar todo el material que, durante años,
había trabajado el autor del libro de Bali.
Al aceptar, decidió realizar varios cursos de antropología
y asesorarse con expertos en los distintos temas que debía
plasmar. Trabajó muy de cerca, por ejemplo, con
Alfred Kroeber, jefe del Departamento de Antropología
de Berkeley, y con la doctora Edrna Gunther, de la Universidad
de Washington. Su ayudante para la realización
de los murales fue un amigo de mucho tiempo: Antonio Ruiz,
el Corcito.
Dejó Nueva York a finales de 1938 y se instaló
en San Francisco. Entró en contacto con el Comité
Organizador de la Feria y el alcalde de la ciudad, Ángelo
Rossi. Se le planteó que el propósito sería
promover las relaciones entre todos los pueblos del Pacífico,
como motor económico de la costa oeste de Estados
Unidos.
La feria se asentaría sobre una isla artificial
que denominaron Treasure Island, adyacente a la Isla de
Yerbabuena, la cual aún hoy existe. La obra de
Covarrubias, por supuesto, no fue la única, aun
cuando sí una de las más espectaculares.
Por ejemplo, Diego Rivera presentó el mural Unidad
panamericana.
Se realizaron seis grandes mapas-murales, en los que Covarrubias
utilizó una nueva técnica a base de nitrocelulosa,
que hacía las pinturas más resistentes a
los cambios del entorno y, además, lavables. Sabiendo
que la exposición era temporal, Covarrubias pintó
en paneles desmontables su florilegio del Pacífico,
para asegurar su reinstalación posterior. Los murales
tuvieron una gran acogida de parte del público
y los críticos, y fueron de las piezas más
llamativas de la feria.
Después de que la feria cerró, en 1940,
al año siguiente los murales fueron presentados
en el Museo de Historia Natural de Nueva York , en el
hall, y fueron vistos por miles de personas a lo largo
de muchos años, pues permanecieron ahí hasta
1958, cuando regresaron a San Francisco y fueron colocados,
de nuevo, en la llegada de barcos en Treasure Island.
Cabe hacer notar que, en el traslado de Nueva York a San
Francisco, despareció misteriosamente uno de los
mapas, el dedicado a la vida cultural del Pacífico,
sin que hasta la fecha se sepa en dónde se encuentra.
Luego del terremoto que azotó a San Francisco en
1989, los murales fueron retirados y guardados en una
bodega. Fue hasta hace muy poco tiempo que, por iniciativa
del curador de la exposición que se presenta, Alfonso
de Maria y Campos –entonces cónsul general
de México en esa ciudad–, se realizó
el rescate de los murales. De Maria y Campos obtuvo financiamiento
privado para la restauración de los murales –la
cual fue realizada por el inba en la ciudad de México–
y logró que los murales fueran presentados en México
por primera vez.
Para el Museo Amparo es una gran satisfacción presentar
estas obras de Miguel Covarrubias (1904-1957), uno de
los mexicanos más universales y más destacados
de la primera mitad del siglo XX, como un medio para revalorar
su figura y apreciar una obra de una gran riqueza estética,
académica y cartográfica.
__________________________
Dr. Moisés Rosas. Director del Museo Amparo.
|