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El
mariache-tarima
Un instrumento musical
de tradición amerindia
Jesús Jáuregui
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El
simbolismo de la tarima-mariache aborigen quizás
explique por qué el “sonido mariachi“
estuvo destinado para acompañar a los
mexicanos desde el bautismo –pasando por
las bodas, cumpleaños y parrandas–
hasta los funerales y la tumba.

Padre e hijo coras bailando
en la tarima. Santa Teresa (Kuemarutse’e),
Nayarit, ca. 1970.
Foto: Walter Reuter
|
José Luis Lorenzo Bautista (1921-1996)
–quien,
con perspicacia, me insistió en que debía
tener
presente a la tarima-mariache–, in memoriam
Francisco J. Santamaría
(1886-1963), en su Diccionario de mejicanismos
(1959, p. 697), difundió el detalle de que
en Santiago Ixcuintla, a finales del siglo XIX, a
la tarima sobre la que se zapateaban los sones y jarabes
se le denominaba mariache. Este autor se
había basado en las descripciones de Enrique
Barrios de los Ríos (1868-¿1925?) sobre
la feria de mayo y las fiestas patrias de septiembre,
en aquel poblado costanero del Pacífico mexicano.
Según este abogado zacatecano, quien se desempeñó
como agente del Ministerio Público en esa población
entre 1892 y 1895, entre una y otra tienda, de las
que se colocaban en la calle alrededor de la plaza
principal y de la plaza Morelos –llamada por
el pueblo Plaza de las Sandías–, “…hay
un mariache. Es éste una tarima de
pie y medio de alta, dos varas de longitud y una de
anchura, donde toda la noche, y aun de día,
se bailan alegres jarabes al son de arpa, ó
de violín y vihuela, ó de violín,
redoblante, platillos y tambora, en cuarteto aturdidor.
Bailan hasta cuatro personas á la vez en cada
tarima, y resuena por plaza y calles cincunvecinas
el estruendoso tableteado del atronador jarabe. Acompáñanle
a veces de canciones, y con tanta destreza le bailan
algunos campesinos, que colocan sobre su cabeza un
vaso colmado de aguardiente o una botella destapada
y colmada de licor, y no se le caen, ni se derrama
una gota, en las vueltas vertiginosas y otros movimientos
rapidísimos del baile. Rodeados están
los mariaches de una multitud agradablemente
entretenida y absorta en aquel bailar regocijado y
ruidoso” (Barrios de los Ríos, 1908 [1892],
pp. 43-44; cfr. 52-54).
En aquella época, los etnólogos pioneros
en el estudio de las culturas del Gran Nayar, también
encontraron este instrumento entre los indígenas
serranos. El noruego Carl Sofus Lumholtz (1851-1921),
en el transcurso de su tercer viaje de exploración
por la Sierra Madre Occidental, participó en
las festividades de la Pascua de Resurrección
de 1895 en el poblado cora de Santa Teresa (Kueimarutse’e).
Sobre esa ocasión, en su libro El México
desconocido narra que: “Durante la noche
se bailó en tarima, esto es, un tablado sostenido
por zoquetes, uso que parece general en toda la tierra
caliente del noroeste. Bailan simultáneamente
un hombre y una mujer, de frente una al otro y sin
tocarse; saltando rítmicamente, arriba y abajo,
sobre el mismo lugar. Este baile es conocido por todos
los indios llamados cristianos que saben tocar el
violín; pero sólo entre los coras lo
he visto ejecutar sobre tarima” (1904 [1902],
I, p. 482).
El antropólogo norteamericano de origen checo
Ales Hrdlicka (1869-1939) dejó unas breves
notas sobre las “danzas coras” que le
tocó presenciar en Huaynamota en 1902: “Los
indios coras o nayaritas […] tienen muchas costumbres
interesantes; entre éstas, algunas danzas características
[…]. Dos de estas danzas, conocidas como jarabes
y sones, […] se ejecutan […] sobre una
caja llamada tarima, de aproximadamente seis pies
de largo, dos pies de ancho y dieciséis pulgadas
de alto. Esta caja […] está hecha de
un solo tronco ahuecado […]. La música
es de carácter semiindígena, admirablemente
producida por dos o tres infatigables nativos, con
una enorme guitarra fabricada en Tepic, y unos pequeños
violines de manufactura local. Los jarabes y los sones
son muy semejantes, pero se bailan siguiendo melodías
diferentes. Ambos han perdido su significado ceremonial
primitivo.
”Cuando comienza la música, un hombre,
o un hombre y una mujer, se suben a la tarima. Si
se trata de una pareja, se mantienen frente a frente,
separados unos tres pies. La danza consiste en un
rítmico zapateo sobre la tarima, muy similar
al que se ha observado entre los indígenas
del norte de México, excepto que ése
es más variado y animado. El zapateo sobre
el tronco ahuecado produce un sonido profundo y monótono,
aunque no desagradable, el cual se armoniza con la
música. Los danzantes se acercan alternativamente
uno al otro y retroceden, balanceando un poco sus
cuerpos. […] En estas danzas hay elementos hispánicos,
pero con bastantes vestigios aborígenes para
hacerlas dignas de interés etnológico”
(1993 [1904], pp. 13-14).
El antropólogo de la escuela de Berlín,
Konrad Theodor Preuss (1869-1938), señala que:
“Con excepción del baile sobre la tarima,
los coras no tienen nada semejante a juegos, danzas
o diversiones que no formen parte de una fiesta religiosa.
Las tarimas son cajones rectangulares, hechos de troncos
de árbol. Una pareja de un hombre y una mujer
bailan juntos, pero cada uno individualmente zapateando
de acuerdo al compás de la música. En
el silencio de la noche, el baile de la tarima suena
igual como si alguien tocase un gran tambor, y de
hecho un buen bailador sabe redoblar la tarima como
si fuera un instrumento de percusión. Esta
danza se baila en las bodas, así como en las
fiestas eclesiásticas, posiblemente tiene en
su origen algún motivo mágico-sexual”
(Preuss, 1998 [1906], p. 128). Este etnólogo
menciona que Ascensión Díaz, un cora
de San Francisco (Kuáxata), “…el
primer cantador que trabajó conmigo, era un
músico alegre […] y en el poblado tocaba
una guitarra fabricada por él mismo, acompañaba
con ella la danza en la tarima, que es una viga gruesa
y hueca” (1912, p. XX).
Sin embargo, Preuss supone “…que la tarima
no existió hasta hace aproximadamente unos
20 ó 30 años y, entonces, solía
bailarse la misma danza simplemente sobre el suelo.
Entre los huicholes, hasta hoy en día no existe
la tarima” (1998 [1906], p. 128). Llama la atención
que en el canto sobre “Los hijos de Tonati”,
en la versión de Leocadio Enríquez (ibid.,
p. 159, versículo 107), en referencia a la
estrella matutina y vespertina –en tanto un
tipo de embustero (trickster)–, se
exprese que: “En la carrera entre los dos hermanos,
el menor, la estrella vespertina, les permite a los
hombres ingerir vino [mezcal] y bailar en la tarima,
mientras que el mayor lo prohibe” (ibid.,
p. LXIII). Esta referencia mítica acerca de
la tarima, asociada al baile sobre ella y al consumo
de vino-mezcal, indica que apenas en dos o tres décadas
este instrumento haya sido incorporado a uno de los
temas míticos tan importantes, como el de los
gemelos astrales, los hijos de la Luna-Tierra.
Ya en el territorio de los mexicaneros, escribiendo
desde San Pedro Jícora en 1907, Preuss señala
que al norte de la plaza del poblado se encuentra
la “casa de bailes” y aclara que: “Ahí,
en ocasión de bodas o fiestas eclesiásticas,
se baila sobre la tarima, que es fabricada de un tronco
ancho de un árbol, de forma rectangular y ahuecado”
(Preuss, 1998 [1908], p. 203).
Si es correcto el planteamiento de Preuss, en todo
caso los huicholes de la región occidental
incorporaron la tarima durante el siglo xx, de tal
manera que ésta llegó a ser un elemento
indispensable en el templo comunal nativo de San Andrés
Cohamiata (Tateikie), ya que, según Mata Torres,
en el tuki: “Detrás de los postes
[que sostienen el techo], colocada de norte a sur,
se encuentra una tarima gruesa que sirve para bailar
durante las fiestas” (1972, p. 101).
“Durante las ceremonias, los dos hombres que
tienen el cargo de “músicos” se
sientan bajo el altar [que está junto a la
parte occidental del muro circular del tuki/calihuey
y de frente al hoyo circular sagrado, dedicado a la
Diosa del Mar Occidental, Tatei Haramara, quien recibe
al Sol poniente] y tocan su violín y guitarra.
Frente al altar y los músicos, está
un banco de madera, labrado en forma cuadrangular
y ahuecado, como un largo y estrecho pesebre colocado
de manera invertida. Es la tarima, un tipo
de tambor de pie sobre el cual se plantan los miembros
del templo y literalmente danzan un redoble rítmico
sincopado para acompañar a los músicos”
(Schaefer, 1996, pp. 342-343).
En la región nayarita, para fabricar las tarimas,
los mestizos variaban en preferencia entre el juanacaxtle-parota
(Enterolobium cyclocarpum Jacq.) y el camichín-chalate
(Ficus goldmanii Stand. o Ficus padifolea
H.B.K.). “Pa´ las tarimas se procuraban
las higueras que estuvieran gruesas; se tumbaba el
árbol y se labraba de tres caras y se dejaba
una cara sin labrar, pa´ meterle el hacha, pa´
ahuequiarla. Se volteaba con el hueco pa´ bajo,
se le hacían dos agujeros [a los lados] y unos
cántaros que les ponían abajo pa´que
sonara lejos. Así se bailaban esos sones viejos.
Ése era el gusto de antes, con una botella
de vino [mezcal] bailando esos sones viejos en la
tarima. En Xalisco pa´l 15 de agosto, una tarima
en cada esquina del cuadro [la plaza] y otra en la
otra… bailando sones. Con un violón,
una vigüela, la guitarra y los dos violines:
mariachi grande… a lo antiguo. El violón
era con arco, no ‘al jalón’, como
ahora” (Félix Navarro Barajas [1922-2000],
entrevista de 1991).
En tanto los coras y los huicholes se inclinan por
el chalate, asociado simbólicamente al agua,
la humedad y a la diosa de la tierra. Sin embargo,
en la región norteña del territorio
cora, que corresponde a una meseta de clima frío,
se utiliza un tipo de pino (Ricinus communis).
Todos éstos son árboles gigantescos
de cuyos troncos es posible elaborar tarimas (de una
pieza) de más de un metro y medio de largo,
ochenta centímetros de ancho y aproximadamente
medio metro de alto.
En el ámbito de la población mestiza,
las grandes bateas-“canoas”, escarbadas
en troncos y que servían para darle pastura
y agua a los animales domésticos, en especial
al ganado vacuno y caballar, también se podían
utilizar eventualmente –colocándolas
boca abajo– en calidad de tarimas para el baile.
Asimismo, las tarimas eran polifuncionales: “Las
tarimas eran de tronco vaciado y no sólo se
hacían para bailar, tenían también
otros usos: para darle de comer a los caballos y a
los puercos, servían también para sentarse
o dormir” (Arnulfo Andrade Sánchez (1906-1986),
entrevista de 1982).
Variantes
de la tarima
Etnográficamente se conocen seis variantes
formales de tarima, instrumento ideófono percutido
con los pies, que corresponden a un amplio espectro.
En primer lugar, el clásico cajón cuadrangular
de grandes dimensiones obtenido de un tronco ahuecado
(A) y una variante similar lograda con tablas clavadas
(B) –que es una derivación colonial o
decimonónica. “La tarima es un instrumento:
se bailaba con guaraches que no mienten y lo denuncian
a uno si se equivoca” (Arnulfo Andrade Sánchez,
entrevista de 1982).
Su contraparte directa es la tarima que se consigue
con un tablón colocado sobre un hoyo cuadrangular
excavado en la tierra (C). “Los sones más
antes eran zapateados: hacían un agujero y
ponían tablas y allí bailaban”
(Ventura Salas Ayón, entrevista de 1987).
Además existen la versión correspondiente
a un tablón colocado sobre zoquetes (D) y una
serie de variantes más improvisadas que consistían
en poner tablas sobre cualquier desnivel del terreno
(E). “Las tarimas son de madera y pa´
que suene. Por eso donde quiera que llegue uno [con
el mariachi] a tocar a veces hasta las tablas de las
camas las sacaban para bailar… en los patios,
en las bodas” (Trinidad Ríos Aguayo,
entrevista de 1992). En el apartado sobre “Canciones
tarascas”, de la monografía estatal de
Michoacán, se presentan dos fotografías
de “músicos de Tierra Caliente”.
En una de ellas aparece un mariachi michoacano, integrado
por violinero, vihuelero, arpero y tamboreador de
la caja del arpa, así como un bailador que
zapatea sobre un tablón colocado sobre una
pequeña hondonada, de tal manera que el hueco
del terreno le sirve de “caja de resonancia”
(Mejía, editor, 1928, p. 52).
Por último, las mesas de madera (F) de las
cantinas costeñas del norte de Nayarit en la
segunda mitad del siglo XX, que –ante la carencia
del instrumento adecuado– se empleaban por los
clientes sub specie tarima. “Esas tarimas
de un tronco eran especiales para las cantinas y [los
puestos que vendían tequila y cerveza en] las
ferias; pero, cuando no había tarima, se subían
a bailar en las mesas. Y era un sumbido de la tarima
toda la noche” (Trinidad Ríos Aguayo,
entrevista de 1992).
Un ejemplo del tipo A, entregado en 1999 por Juan
Gutiérrez Álvarez, entonces Gobernador
de la comunidad cora de Santa Teresa (Kueimarutse´e),
a la antropóloga Laura Magriñá,
se exhibe en la Sala del Gran Nayar del Museo Nacional
de Antropología.
Acerca del tercer tipo de tarima (C), se cuenta con
testimonios, correspondientes a finales del siglo
XIX, para la región costera nayarita. “
…[en Tuxpan, en 1892] se usaban puros jarabes
que les llamaban sones. Entonces hacían agujeros
en la tierra y les ponían una tabla –me
imagino que eran tablones pa´ que no se pandearan
con el peso de las personas–, pateaban arriba
y resonaba como tambora: el taconeo se oía
como tambora por el agujero donde estaba hecho…”
(Juan Jáuregui Estrada (1906-1999), en Jáuregui,
1987, p. 114).
“El jarabe se baila en muchos pueblos del estado
de Jalisco, sobre una tabla de madera puesta en amplísimo
hoyo hecho sobre la tierra” (Montes de Oca,
1999 [1929], p. 56). “…antes´ se
bailaba el son [en Tamazula, Mazamitla y
Jocotepec] en una tarima colocada sobre una parte
excavada en la tierra que se llenaba de cántaros
[…], esa disposición del tablado se hacía
“para que retumbara´ y así se oyera
el baile en una zona muy amplia” (Vázquez
Valle, 1976: [p. 18]).
Este tipo particular de tarima está ampliamente
documentado en la tradición arqueológica
del Gran Suroeste norteamericano como “tambores
de pie” (foot drums). De hecho, un
elemento significativo de las kivas de los
anazazi, desde el periodo previo al año 1000
d.C., son dichos “tambores de pie” (Brody,
1990, p. 100). En los diagramas de la kiva del estilo
Chaco (ibid., p. 98) y de la kiva de Acoma (ibid.,
p. 119) se presentan tambores de pie. Asimismo, en
el texto explicativo de la fotografía de la
kiva correspondiente al yacimiento 102 de
Twin Trees, Mesa Verde, Pueblo I-II, se indica que
“La zanja poco profunda del fondo podría
ser un tambor de pie” (ibid., p. 90).
“Pozos cuadrangulares de albañilería
considerados como los cimientos para tambores de pie
–de madera–, son también un rasgo
de las grandes kivas en el Chaco y en otros
sitios [arqueológicos] del Suroeste. El mismo
tambor de pie es utilizado hoy en día en algunas
ceremonias de las kivas [contemporáneas
de los indios pueblo]” (Schaefer, 1996, pp.
370-371).
| LA
PALABRA “MARIACHI” |
| Para
el lingüista Ignacio Guzmán
Betancourt (1949-2002), “…la
palabra [mariachi/mariache] era, durante
la segunda mitad del siglo XIX, un término
de uso eminentemente local, un regionalismo
[…] limitado a […] la costa
noroeste del país, desconocido todavía
para el resto de los mexicanos. […]
era una especie de “neologismo”
en el lenguaje común de los mexicanos
[de tal manera que en el caso de Barrios
de los Ríos se presenta el] empleo
de cursivas […], pero sobre todo la
preocupación […] por definir
el significado de la palabra, o en explicar
[…] qué debe entenderse exactamente
por ella cuando aparece por primera vez
en un párrafo” (Guzmán
Betancourt, 1992, p. 44). |

Portada de Paisajes
de Occidente y fotografía autografiada
de Enrique Barrios de los Ríos.
Repro: M. A. Pacheco |
|
“A pesar
[…] de que sólo en [cuatro]
casos se empleara la palabra [mariache]
para expresar el concepto de “tarima”
(y, a decir verdad, sólo en uno de ellos
de manera clara y directa) tenía éste
en cambio varias ventajas. Entre otras, la de
aparecer de manera espontánea, no forzada
por las circunstancias ni –lo más
seguro– inventada por el autor para cumplir
con determinados propósitos. La obra de
Barrios de los Ríos, [Paisajes de Occidente]
en que se asocia la palabra mariache
con ‘tarima’ […] no tiene más
fondo que el literario. Su argumento principal
consiste en la narración autobiográfica,
en la narración más o menos detallada
de los lugares que el autor frecuentó durante
su estancia en [el Territorio de Tepic]; así
como de los objetos, modos de vida, acontecimientos
que presenció en esos lugares, y que, como
fuereño, llamaban su atención”
(Guzmán Betancourt, 1992, p. 46-47).
La edición original de la obra se realizó,
con un tiraje modesto, en una imprenta de Sombrerete,
Zacatecas, dentro de la Biblioteca Estarsiana,
destinada a difundir exclusivamente los trabajos
de los hermanos José María (Duralis
Estars) [1864-1903] y Enrique (Almavis Estars)
Barrios de los Ríos. “Por otra
parte, es digna de tomarse en cuenta la seguridad
con la que este escritor define el significado
de un vocablo regional […], igual que la
admirable descripción que hace del objeto
designado por la palabra. […] Si bien la
asociación de esta palabra ‘tarima’
está documentada sólo en la obra
de este autor, y a pesar de que dicha relación
no ha vuelto a encontrarse en documentos posteriores,
ciertos estudios de carácter etnográfico
realizados por antropólogos principalmente
en la región nayarita [a lo largo de un
siglo], mencionan la presencia de una ‘tarima’
que emplean coras, [mexicaneros] y huicholes en
sus danzas rituales” (Guzmán Betancourt,
1992, p. 47).
Hoy en día está claro que la palabra
mariachi es originaria de varias lenguas de la
familia yutoazteca sureña y que la variante
alofónica y alográfica más
antigua y más difundida es mariachi
y no mariache (Jáuregui, 2006,
2007). |
Los “tambores de pie” también
fueron extensamente documentados entre los indígenas
de la Alta California durante la segunda mitad del
siglo XIX y los primeros años del siglo XX:
“En la época aborigen los indígenas
conocieron […] el gran tambor de pie y su uso
permanece restringido a un grupo de tribus centrales
[patwin, maidu, konkow, niseñan, miwok costeños
y, como excepción, los waila norteños].
Fabricado con sumo cuidado, el tambor de pie consistía
en la mitad longitudinal ahuecada de un tronco, colocada
de manera convexa sobre una zanja en la parte posterior
de la casa comunal semisubterránea. La cavidad
servía como cámara de resonancia. Cuando
era percutido por los pies descalzos de los danzantes,
en cadencia con los cantadores o golpeteado con un
pesado garrote, el tronco resonaba con un irresistible
y profundo retumbo. El tambor de pie era tratado con
reverencia extrema y sólo se reemplazaba cuando
se pudría” (Wallace, 1978, p. 645).
Estos “tambores de pie” californianos
se fabricaban generalmente con madera de sicomoro
–una especie de ficus-higuera–
y tenían una longitud de entre 2.40 y tres
metros (Johnson, 1978, p. 358) y se decía que
su sonido era semejante al emitido por el oso (Ridell,
1978, p. 384). Paul Kirchhoff había reconocido,
con base en el Handbook of the Indians of California
de Alfred L. Kroeber (1925), que el tambor de pie
era un elemento cultural de las tribus de cazadores-recolectores
correspondientes al culto kuksu de la región
central de la Alta California (1954, p. 541).
Con base en estos testimonios, deben ser cuestionadas
las conjeturas sobre un supuesto origen africano o
proveniente de Oceanía durante la epoca colonial
(Contreras, 1988, p. 119) para el instrumento tarima.
Se ha registrado la difusión de la tarima,
entre los indígenas amerindios, desde la Alta
California hasta el Gran Nayar. Se ha informado del
tambor de pie de los seris desde hace casi ochenta
años (Kroeber, 1931, p. 14; Hinton, 1955, p.
9); Bowen, 1983, pp. 247-248). “Se excava un
hoyo en la arena y se le coloca encima un tablón
o una pieza grande de madera plana. En tiempos pasados,
la plataforma para danzar era un caparazón
de tortuga verde marina. El danzante descalzo (en
la actualidad se pueden usar zapatos) ejecuta una
danza de golpeteo con los pies sobre la plataforma,
mientras se balancea con el sostén de una larga
pértiga, cuyo extremo inferior se afianza en
el suelo. El ritmo sincopado de los pies es amplificado
por el hoyo, que funciona como caja de resonancia”
(Bowen y Moser, 1970, p. 189).
Recientemente ha sido registrado su uso en el poblado
mayo de Mochicahui. Entre la población mestiza
y afromestiza mexicana, tiene vigencia desde la costa
norte de Nayarit hasta la costa de Oaxaca; en zonas
hacia el sur, recibe el nombre de artesa y en la Costa
Chica se acostumbra “…tallar una cabeza
y una cola de toro en sus extremos” (Contreras,
1988, p. 119). Por otra parte, también existen
variantes en la costa del Golfo de México,
mientras en el Valle de Anáhuac –desde
mediados del siglo XIX hasta la década de 1920–
fueron utilizados los tablones de las trajineras para
zapatear los sones y jarabes, que resonaban contra
el espejo de agua en los canales de Santa Anita y
de La Viga.
Queda como un programa de investigación el
aclarar los puntos de fusión de la tarima aborigen
con el tablado español y sus diferentes resultados
tanto organológicos como funcionales y simbólicos
a lo largo y ancho del territorio mexicano.
Simbolismo
de la tarima
En la mayoría de las comunidades coras, el
baile sobre la tarima corresponde a la etapa final
de los festejos en los espacios exteriores –de
la temporada de secas–, cuando ya es permitido
ingerir bebidas embriagantes y hay licencia para el
desfogue corporal. Sin embargo, en la comunidad norteña
de Santa Teresa (Kueimarutse´e), Maira Ramírez
(2004) ha encontrado que el baile de tarima constituye
también una plegaria dancística que
tiene lugar en el contexto religioso de las fiestas
de Santiago Apóstol –en plena temporada
de lluvias–, al interior de las casas del poblado.
Por lo que la tarima manifiesta una polisemia ritual.
En este sentido, según Agustín Lamas
Pizano, cora nativo de San Pedro Ixcatán y
quien vive desde 1952 en Presidio de los Reyes (en
la bocasierra nayarita), la tarima constituye una
variante del lecho mortuorio, para los coras que fallecen
fuera de su cabecera comunal: “Cuando se muere
alguien en un rancho, se le avisaba al Gobernador
[de la cabecera comunal]. El Alguacil iba adelante
a preparar las andas. Luego cuatro personas lo van
a levantar y en equipo de cuatro se van turnando,
cuando se cansan, para traerlo. Lo llevan a la Casa
Real pa´ velarlo. Lo velan encima de la tarima,
‘ai va a estar. Ahora, si se muere en un hospital,
lo traen ya en caja [ataúd] y así nomás
ponen la caja encima de la tarima, pero abierta pa´
que se vea la cabeza… como tiene vidrio la caja”.
Con este testimonio se explica por qué las
dos variantes principales de tarima –la que
tiene la caja de resonancia sobre la tierra (un tronco
ahuecado) y la que la tiene abajo en la tierra (hoyo
cuadrangular cubierto con un tablón)–
son términos simbólicos metonímicos,
de tal manera que si la segunda se equipara con una
tumba –los coras costeños han continuado
practicando la técnica de tumbas de tiro–,
la primera es sinónimo del lecho mortuorio.
El punto intermedio es danzar sobre el suelo, ya que
la vida sobre la tierra sólo ha sido posible
porque, en el principio de los tiempos –cuando
sólo existía un mundo acuático–
la Abuela Crecimiento se arrancó unos cabellos,
los tejió en espiral alrededor de dos flechas
entrecruzadas de Nuestro Hermano Mayor, la Estrella
de la Mañana. Luego tras las pisadas constantes
de sus hijos en el lodazal, se logró crear
los islotes de terreno firme sobre los que actualmente
vivimos… danzando.
La tarima –junto con el cántaro–
es el único instrumento musical nativo del
complejo musical del mariachi y constituye un tropo
en el que se conjuntan elementos de significación
que se refieren al mundo de abajo: árbol del
agua (chalate), de cuyo tronco se elabora el tambor
de pie; cántaros de agua en el pozo de la tarima;
sonido metafórico de los bramidos del toro
(venado marino, para la cosmovisión aborigen);
permiso de la Estrella de la Tarde; consumo de mezcal
–destilado de agave–, en tanto gotas de
la lluvia de los antepasados. En fin, contra-parte
dancística popular respecto a los músicos
de cuerda especializados del mariachi antiguo.
Los instrumentos cordófonos del conjunto mariachero
tradicional (arpa, violín, vihuela, guitarra
y sus variantes) son de importación mediterránea,
en tanto que la trompeta de pistón –el
toque característico del mariachi moderno–
es un instrumento de la Europa norteña-protestante.
Pero el simbolismo de la tarima-mariache aborigen
quizás nos explique por qué el “sonido
mariachi” estuvo destinado para acompañar
a los mexicanos desde el bautismo –pasando por
las bodas, cumpleaños y parrandas– hasta
los funerales y la tumba. La tarima, que fue desplazada
en la conformación del mariachi moderno por
los medios de comunicación masiva, permanece
–a pesar de su ausencia, como una especie de
“fonema cero”– en el simbolismo
del nuevo mariachi que se ha difundido a nivel mundial.
Véase
la bibliografía completa
_____________________
• Jesús Jáuregui.
Doctor en ciencias antropológicas. Investigador
del INAH y miembro del SNI. Sus principales áreas
teóricas son la antropología estructural,
el folklore, el simbolismo y el ritual. Ha publicado
diversas obras.
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29
VIGENTE
CÓDICE NUTTALL
Segunda parte
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