arqueología mexicana
Las ciudades en Mesoamérica

ÍNDICE 107  
Las ciudades en Mesoamérica Tenochtitlan
El origen mítico de las ciudades ARQUEOLOGÍA: La piedra del Sol ¿en París?
Monte Albán Chiapa de Corzo y los Olmecas
Teotihuacan, ciudad con una cosmovisión mesoamericana Microciudades. Las congregaciones en el siglo XVI
Palenque. La transformación de la selva HISTORIA DE LOS CÓDICES: Códice Tudela
El Tajín DOCUMENTO: Fragmento Humboldt no. 6

Microciudades al por mayor
Las congregaciones de pueblos en el siglo XVI
Bernardo García Martínez


Mapa de Culhuacán (Iztapalapa, D.F.),

Si la Mesoamérica prehispánica dejó el recuerdo de sus grandes ciudades, la Nueva España colonial dejó la herencia de infinidad de microciudades: los pueblos (altepetl), de los cuales llegaron a sumarse varios miles. La mayoría subsiste a la fecha con muchos de sus rasgos fundamentales aún reconocibles, a pesar de haber experimentado un sinfín de transformaciones.

 

 

Mapa de Culhuacán (Iztapalapa, D.F.), hacia 1580, con el norte a la derecha. El edificio más grande es la iglesia de la cabecera, San Juan Bautista, y cerca se ve, bajo un glifo, el de la “comunidad”, es decir, la tesorería local donde se resguardaban los bienes del pueblo (altepetl). Las calles del área central evidencian un primer intento de formar congregación de tipo urbano. Las demás iglesias corresponden a sujetos o barrios. La iglesia y su convento subsisten, así como el estanque, el canal y los barrios de Los Reyes, San Simón y San Andrés. Las otras localidades desaparecieron con las subsecuentes congregaciones, y algunas fueron tragadas por la expansión urbana. Tomado de Acuña, 1985-1987. Reprografía: Bernardo García

En Mesoamérica hubo grandes ciudades que fungieron como centros rituales o de gobierno, proporcionaron residencia a las elites, recaudaron y controlaron tributos, fueron nodo para los intercambios comerciales y alojaron considerable número de pobladores. La historia nos cuenta que en diversos momentos fueron destruidas o modificadas conforme lo demandaban las circunstancias de sus tiempos, y más aún tras la conquista española. Algunas, como Tenochtitlan, resultaron transformadas al grado de hacerse irreconocibles, y sin embargo han seguido su vida en el mismo lugar y con las mismas funciones esenciales. Otras fueron abandonadas, hasta que les llegó el día de ser reconstruidas (o reinventadas) para permitir el estudio de sus sociedades y proporcionar alimento a la imaginación. Como es bien sabido, los turistas las prefieren con pirámides, y el tamaño sí importa.
Menos llamativas, pero igualmente dignas de atención, fueron otras ciudades que no han sido adornadas con el adjetivo de grandes. En náhuatl, una ciudad como Tenochtitlan era designada como hueyaltepetl, es decir gran altepetl. Pero altepetl (vocablo simbólico que literalmente se traduce como “agua-cerro”) no significaba ciudad en el sentido con que lo entendemos hoy, sino que era la denominación que se daba a cualquier cuerpo político establecido y legítimo, grande o chico, con territorio, tradición y gobierno propios. Algunos han propuesto denominarlo ciudad-estado. Los españoles tradujeron esa palabra como pueblo (lo que ha causado muchas complicaciones porque la palabra tiene acepciones diversas). Así, si leemos que Tenochtitlan era un hueyaltepetl, la traducción correcta sería que era un gran pueblo, o sea un gran estado legítimo gobernado por su rey o tlatoani. A éste lo denominaban a veces hueytlatoani, o sea gran rey, por aquello de su lugar prominente en la Triple Alianza.
Advertido lo anterior, observaremos que había pueblos (altepetl) grandes y esplendorosos, pero también infinidad de pueblos (altepetl) chicos y hasta se diría que insignificantes. Los señoríos o ciudades-estado legítimamente constituidos formaban multitud: más de setecientos, sin contar subdivisiones o dependencias. Unos eran tributarios de otro más poderoso (por ejemplo, los amarrados a la Triple Alianza), otros eran independientes, y en todo ello había innumerables variantes. Pero por lo regular cada uno tenía su respectivo tlatoani, al que los españoles prefirieron llamar señor natural o cacique, y a veces reyezuelo, para evitar enaltecerlo con la palabra rey. Pero un tlatoani era precisamente eso: rey de un pequeño reino. Mesoamérica era un espacio muy fragmentado, casi atomizado, desde el punto de vista político, y tenía una enorme diversidad cultural. Desde luego había expresiones en otras lenguas –tarasco, maya, zapoteco, etc.– para referirse a esa gran variedad de estados legítimamente constituidos y a sus gobernantes. Pero en esta ocasión sólo haremos uso de los conceptos nahuas, que eran los más difundidos.
Altepetl, reinos, señoríos, ciudades-estado, pueblos o como se les hubiese llamado, cubrían el mapa de Mesoamérica. Hay listas más o menos precisas de cuáles eran y dónde estaban, pero lo que se sabe de su historia es casi nada. Cronistas coloniales e historiadores y arqueólogos modernos se han entusiasmado mucho con las grandes “ciudades” pero no con los pequeños pueblos (altepetl): meros “sitios”, “comunidades” o “pueblitos” sin importancia.


TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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Bernardo García Martínez. Doctor en historia; profesor de El Colegio de México. Autor de estudios sobre historia de los pueblos de indios, historia rural y geografía histórica. Ha publicado obras de síntesis sobre la historia y la geografía de México. Miembro del Comité-Científico Editorial de esta revista.




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