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Mitos y cuentos indígenas
mexicanos |
Elisa Ramírez
El
dios primordial, el creador, los primeros padres
hicieron la tierra y el firmamento con su puro soplo,
su pensamiento, su canto. Los mitos de nuestro país
casi nunca incluyen un relato explícito de
la primera creación y apenas se mencionan
el caos o la nada iniciales como introducción
a otros episodios.
En ese primer momento se crean y ordenan la tierra
y el paisaje; se distribuyen las aguas y se traza
la primera topografía que permita identificar
los diversos signos de las cosmovisiones: direcciones,
colores, lugares de residencia, rutas. El mundo
inicial muchas veces es desfondado o anegado. Los
cauces de las aguas deben hendirse. Los kiliwa cuentan
que la rata canguro reparó el fondo por donde
escurría; entre los coras, el murciélago
es el encargado de hacer los cauces y las barrancas;
los mazatecos cuentan que el tlacuache trazó
el curso de los ríos. Para los tarahumaras,
son los osos quienes dan forma al mundo húmedo
y a las piedras blandas. |
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Los territorios primero se moldean,
se estiran, se zurcen y reparan, se tejen –o
incluso se baila sobre ellos para amacizarlos, y
así crecen paulatinamente para dar cabida
a los dioses menores, el hombre y los animales.
En casi todos los relatos, la primera creación
es modificada radicalmente por la aparición
del Sol, el diluvio o por otras desgracias acaecidas
en tiempos posteriores.
Hechos de masa, de lodo –de algodón
en una versión tepehua–, los dioses
modelan a los primeros hombres y a sus compañeras.
Se cuenta, entre los tarahumaras, que las personas
brotaban del suelo pero sólo vivían
un año y morían, como las flores.
Desde el principio existieron alianzas y rivalidades
entre las primeras criaturas, fueran éstas
humanas, animales o divinas: luchan, crean y transforman
el universo. Los hombres anteriores, intentos fallidos
de creaciones primeras, fueron destruidos o se transforman
al aparecer el Sol o después del diluvio:
ídolos, sahuaros, montañas, huellas
en el paisaje y seres del inframundo son su recuerdo.
Los mitos de creación se conservan, sobre
todo, cuando forman el canto o recitativo de ceremonias,
rituales y plegarias. Pocas veces son tan explícitos
como en las fuentes coloniales. Entre los lacandones,
los pima, los huicholes y los kiliwa, encontramos
los pocos ejemplos de verdaderos “Génesis”
indios. En los demás casos, los relatos se
encuentran mezclados con otros mitos, con imágenes
cristianas o fragmentados en cuentos, rezos, o bien
en imágenes, danzas, rituales y ceremonias
que no incluyen palabras. |
El
mundo se hizo así
Este relato está tomado
de Jesús Ángel Ochoa Zazueta, Los
kiliwa. Y el mundo se hizo así, ini,
México, 1978. Se ha simplificado el nombre y
la ortografía de Meltí ‘ipá
jalá, Coyote-gente-luna, para dar fluidez al
relato. Algunos textos son cantados por el informante,
quien prefirió quedar en el anonimato. El mito
está muy resumido, y las hazañas de Meltí
continúan a lo largo de muchas cuartillas.
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Cuando no había nada, cuando todo era oscuridad.
Cuando sólo la sombra llenaba los espacios, cuando
solamente había tinieblas; cuando no había
tierra, ni cielo, ni agua, ni fuego. Cuando no existían
las plantas, ni se veían las estrellas en el firmamento,
no tronaban en el cielo los rayos, el sol no calentaba,
no había luna que marcara el paso del tiempo. Cuando
no había nada en esa oscuridad, no había
hombres en esa noche perpetua, llegó Meltí
‘ipá jalá.
¿Cómo nació Meltí?, ¿cómo
nació la deidad Coyote-gente-luna?
Cantado:
¿De dónde vino Meltí ‘ipá
jalá’?
Nadie lo sabe.
¿Cómo es que llegó a la oscuridad
Meltí ‘ipá jalá’?
Todos lo ignoran.
Meltí llegó cargando su gran bastón.
Y en esa oscuridad, en esa noche eterna, Coyote-gente-luna,
con voz de coyote, gritó aullando a la negrura:
“¡Yo soy Meltí ‘ipá jalá.
Meltí gritó mucho, como coyote. Pero en
esa gran noche nadie le contestaba, ni nadie pudo enterarse
cuánto tiempo duró aullando la deidad llegada
del sur.
Como todo era oscuridad, Meltí fue su propia luz;
como Meltí venía de donde todo es cóncavo
y amarillo, tenía luz propia; con su propia luz
iluminó aquella negrura, pues tenía pedernales
grandes en las rodillas que echan chispas cuando caminaba.
Llegó el gran padre con cara de coyote, y le dijo
a la negrura: “¡No estás sola, yo soy
la luz!”
Y así le dio la luz a la negrura. En la noche Meltí
iluminó todo aquello y entonces se dio cuenta qué
tan sólo él estaba.
Cantado:
¡Qué triste está ahí el
coyote!
El coyote, la luz y la negrura.
¡La oscuridad sobrecoge!
¡Aúlla el Coyote-gente-luna!
Cantó muy afligido. Como temía enfermarse
de soledad, decidió que sería bueno convertirse
en padre. Meltí fue al aguaje sureño. Tomó
un buche de agua dulce y asperjó con ella hacia
el sur, por lo que toda esa región se pintó
de amarillo.
Del mismo ombligo, Meltí tomó un buche de
agua salada y la sopló hacia el norte, toda esa
región se pintó de rojo.
Le gustó tanto cómo iba quedando aquello
que tomó otro buche de agua –y como estaba
tan entusiasmado, tan contento– se llenó
su gran boca de tal manera que cuando la esparció
al oeste, la región se inundó. Él
era gigante, posaba un pie en el golfo de Cortés
y otro en el océano Pacífico. Fue así
como del gran buche de agua se formó un gran mar,
un mar que, por profundo y picado, resultó muy
nocivo para los kiliwa; por eso toda esa región
del gran mar quedó teñida de negro.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Elisa Ramírez. Socióloga,
poeta, escritora para niños y traductora. Colaboradora
permanente de esta revista. |
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