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LA Mixteca

ÍNDICE 90 Documentos pictográficos. Mixteca Baja
DOSIER: La cultura mixteca Mixtecos y zapotecos. Epoca prehispánica

Códices mixtecos prehispánicos

Arquitectura colonial en Oaxaca
La Mixteca y los mixtecos
El pueblo ñu savi. Los mixtecos
Huamelulpan, Oaxaca HISTORIA DE ARQUEOLOGÍA: Noticias de Herculano
Huamelulpan y Tayata, Oaxaca ANTROPOLOGÍA FÍSICA: Estudio antropológico
Cerro de las Minas, Oaxaca HISTORIA: El altar de Dolores
Nicayuju, Oaxaca PIEZA: Escudo de Acapulco, Guerrero
Teposcolula, Oaxaca MITOS Y CUENTOS: Origen del fuego
Tututepec (Yucu Dzaa) DOCUMENTOS: Códice de Santiago Tlacotepec
Códices de la Mixteca Alta CONCURSO: Miradas

Mitos y cuentos indígenas mexicanos

Elisa Ramírez

El Tlacuache robó el fuego y lo ocultó en el
pecho. Tlacuache. El Chanal, Colima
.
Foto: r. Doniz / Raíces

Huehuetéotl, dios viejo
del fuego. Cuicuilco, D.F.

Foto: M.A. Pacheco / Raíces

ORIGEN DEL FUEGO

En un principio el mundo fue húmedo y frío, la comida cruda, el cielo oscuro. El reto inicial, la tarea más urgente de los hombres-animales, los héroes-ancestros, fue conseguir el fuego. Con el fuego surgen la las sociedades organizadas, la cultura, la cerámica. Los guardianes del fuego, los dioses viejos del hogar, son los más antiguos; los relatos sobre el origen del fuego, de igual manera –y casi universalmente–, anteceden a los que nos cuentan la aparición del Sol y la Luna, del maíz.
El fuego tiene su dueño. Lo guardan celosamente un viejo, una vieja, los diablos; en algunas ocasiones se dice cómo lo obtuvieron –una versión mazateca cuenta de una vieja que lo toma cuando se desprende de una estrella, descascarada. Rara vez se describe a sus primeros poseedores, como en el caso cora:
“Era un viejo alto, estaba desnudo, cubierto con un taparrabos de piel de tigre; tenía los cabellos parados y le brillaban espantosamente los ojos. De tarde se levantaba de su banco y echaba ramas y troncos a la rueda de lumbre” (mito cora contado por Jova Cánare y Casiano de la Cruz, en Jáuregui y Neurath, 2003, pp. 299-303).
Hay diversas maneras de conseguir el fuego; en esta ocasión, en lengua teenek, basta con pedirlo y el dueño lo otorga sin condiciones.

El fuego era un hombre llamado Diego, nunca trabajaba. Su mujer estaba harta de verlo siempre dentro de la casa y un día se puso corajuda, porque se la pasaba sin hacer nada, cerca de la lumbre. Le echó agua para que se levantara. Entonces él se fue a vivir dentro del monte, donde nadie entraba y allí estaba. La gente de la ranchería se quedó sin fuego. Se fueron a buscar al fuego-Diego y cuando lo hallaron le pidieron que regresara a la ranchería, porque ya no tenían lumbre. El fuego les dijo que ya no iba a regresar, pero que si querían les daba un tizón ardiente. Se fueron los hombres con el tizón, pero antes de llegar a la casa se apagó. Fueron otra vez a pedir la lumbre y otra vez se apagó antes de llegar al pueblo. Así pasó muchas veces. Regresaron entonces con el dueño del fuego y le sacaron el hueso del pie, lo llevaron a bendecir (Ariel de Vidas, 2003, pp. 232-233).

En general, los primeros dueños del fuego se niegan a compartirlo o lo reparten caprichosamente; son envidiosos, están enojados o simplemente fastidiados: “un hombrecito se lo prestaba a todos los hombres. Cuando la lumbre se les apagaba, nuevamente le pedían prestado el fuego y él lo volvía a repartir. Un día lo hicieron enojar, pues nomás le hacían perder el tiempo pidiéndole fuego” (Ramírez Castañeda y Tepole, 1982).
Es por eso que el fuego se obtiene con engaño o robándoselo. Los ladrones son perseguidos, maltratados, marcados; sobre el cuerpo conservan, hasta ahora, la señal de su osadía: por eso es rojo el pico del colibrí, por eso tiene flameada la cola el zorro, por eso se ven las marcas de tizón en el pelaje del ocelote, por eso la cola pelona y la bolsa en el vientre del tlacuache. El Prometeo por excelencia es el tlacuache, quien además de la cola quemada y un hueco en el vientre, tiene la capacidad para fingirse muerto, que le permitirá engañar al perseguidor o recuperarse tras ser destrozado. Así, el tlacuache va hasta donde está el dueño del fuego y le sopla cenizas en los ojos para que de momento no pueda ver. Espera a que el guardián se duerma, lo encanta, lo distrae, se emborracha y cae al fuego –como en el caso chatino en el que roba juntos el fuego, el mezcal y el tabaco–, así lo roba para todos los demás.
Cuando regresa con el fuego, el pobre tlacuache viene maltrecho: “Acá, los principales lo agarraron y lo volvieron a armar, así pusieron sus huesos y todo, pero se equivocaron y le pusieron las nalgas arriba y los hombros abajo, por eso el tlacuache está al revés, gordito de aquí, así de arriba y abajo, pu’s nada. Entonces, mientras estaban armando al tlacuache, encontraron los cinco carboncitos que guardó en su pancita y ya tuvieron fuego, pero al tlacuache le quedó la cola quemada por el otro carboncito que agarró” (mito cora contado por Don Tadeo, en Guzmán, 2003, pp. 155-156). “Todavía muestra la cola pelada y anda trabajosamente por los caminos, debido a que el abuelo Fuego, con su terrible poder, le quebró todos los huesos” (mito cora tomado de Konrad Preuss, en Jáuregui y Neurath, 2003, pp. 303-304).
Por su astucia el tlacuache continúa sus aventuras en numerosos cuentos de engaño en los que siempre burla al tigre u otro contrincante –apenas puede entreverse el carácter sagrado que tuvo en los mitos como donador de fuego, aunque en ocasiones ambos tipos de relato se combinan.
Algunas versiones de los mitos incluyen la persecución del ladrón y la entrega del fuego, el robo de los instrumentos con los que se hace el fuego: la yesca, el malacate, la fórmula del frotamiento para encender la lumbre. Entre los yaquis y los seris, la mosca enseña a hacer lumbre al frotarse las patas sobre los cadáveres y el primer hilillo de humo es invisible a todos, salvo al zopilote o el coyote, que acuden de inmediato (Felger y Mosser, 1985; Russell, 1904-1905).
En el norte de México, el relato sobre el origen del fuego es distinto. El abuelo fuego es un ser extraordinario al que debe cazarse y domesticarse: especie de animal luminoso, ser muy brilloso cuyo secreto guardan los lobos, luz que aparece en el oriente. “Primero, nació la luna, su abuela, y tenían su luz. Pero ella los engañó. Ocurrió que en la noche se produjo un ardor en medio de las rocas rojas y azules y de allí surgió una luz, desapareció, brilló de nuevo y luego se apagó. […] En el fondo del peñasco, un hombre viejo estaba acostado; era una roca azul de aspecto horrible. Tenía sus flechas, una pulsera, sandalias y un bastón emplumado del cual emanaba una luz brillante” (Jáuregui y Neurath, 2003, pp. 303-304).

Tatevali (el Abuelo Fuego) salió de una roca cerca del rumbo del mar. El Fuego volaba cada noche a uno de los cinco puntos o rumbos, creciendo cada noche: desde el tamaño de una luciérnaga hasta el tamaño de un disco de dios… [Se cuenta también el proceso de domarlo y amansarlo para que el abuelo atempere su fuerza destructiva.] “Yo soy muy sagrado (‘delicado’). No puedo apartarme de este lugar, pues incendiaría todo el mundo. Por lo tanto, deberán traer un incensario, un morral y un cuenco de calabaza. Cuando estén en camino, humedézcanse las manos con agua y traigan también cinco piedras pequeñas sobre las cuales pueda sentarme como brasas de carbón”. Cuando las trajeron, los carbones de fuego saltaron sobre ellos, quemándolos a todos. Entonces todos supieron que el Abuelo Fuego era todavía muy sagrado. Él dijo: “Yo soy, ciertamente, el más ‘delicado’ de todos los dioses. No puedo moverme sin quemar todo lo que haya a la vista”. Entonces el Fuego les dijo a los hombres que cogieran cinco teapali (discos de dios) y cinco plumas. Si les rezaban a esos objetos, las plumas se encenderían. De esa manera, la gente podría tener fuego siempre que lo necesitaran. Pero, a pesar de eso, el Abuelo Fuego continuaba siendo todavía tan delicado, que el mundo se incendió. Los hombres-dioses le rezaron a Nakawé para que salvara al mundo. Nakawé se soltó su redecilla y ésta empezó a inundar la tierra con lluvia. […] El Fuego fue domesticado y dejó de ser delicado. Pero hubo que vigilarle durante cinco noches, pues todavía no podía entrar en todas partes. Cuatro noches transcurrieron en paz, por lo que la gente descuidó su vigilancia. A la noche siguiente la zarigüeya, Iaúsu Tewíali, robó el fuego, ocultándolo en su pecho. La gente la persiguió y cuando lograron atraparla, la mataron y le arrancaron su corazón de fuego. La zarigüeya revivió, pero le quedó el agujero en el cuerpo en el lugar donde había ocultado al fuego (Zingg, 1998).

El fuego aparece también tras el diluvio, cuando los sobrevivientes enfadan a los dioses por ahumar el cielo y manchar el horizonte límpido, como se cuenta en versiones en totonaco, tepehua y mixe. También es tepehua una hermosa versión mixta, con elementos indígenas y cristianos, en el que el tlacuache debe robar el fuego en Navidad, puesto que el niño recién nacido tiene mucho frío en el establo.

En el próximo número ofreceremos el mito de “Cómo apareció Nuestro Abuelo el fuego”.

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Elisa Ramírez. Socióloga, poeta, escritora para niños y traductora. Colaboradora permanente de esta revista.

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La cosmovisión mexica concebía que la realidad divina estaba traslapada en el espacio de las criaturas, se creía en una doble naturaleza del tiempo y del espacio.



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