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En un principio el mundo fue húmedo y frío,
la comida cruda, el cielo oscuro. El reto inicial, la
tarea más urgente de los hombres-animales, los
héroes-ancestros, fue conseguir el fuego. Con el
fuego surgen la las sociedades organizadas, la cultura,
la cerámica. Los guardianes del fuego, los dioses
viejos del hogar, son los más antiguos; los relatos
sobre el origen del fuego, de igual manera –y casi
universalmente–, anteceden a los que nos cuentan
la aparición del Sol y la Luna, del maíz.
El fuego tiene su dueño. Lo guardan celosamente
un viejo, una vieja, los diablos; en algunas ocasiones
se dice cómo lo obtuvieron –una versión
mazateca cuenta de una vieja que lo toma cuando se desprende
de una estrella, descascarada. Rara vez se describe a
sus primeros poseedores, como en el caso cora:
“Era un viejo alto, estaba desnudo, cubierto con
un taparrabos de piel de tigre; tenía los cabellos
parados y le brillaban espantosamente los ojos. De tarde
se levantaba de su banco y echaba ramas y troncos a la
rueda de lumbre” (mito cora contado por Jova Cánare
y Casiano de la Cruz, en Jáuregui y Neurath, 2003,
pp. 299-303).
Hay diversas maneras de conseguir el fuego; en esta ocasión,
en lengua teenek, basta con pedirlo y el dueño
lo otorga sin condiciones.
El fuego era un hombre llamado Diego, nunca trabajaba.
Su mujer estaba harta de verlo siempre dentro de la
casa y un día se puso corajuda, porque se la
pasaba sin hacer nada, cerca de la lumbre. Le echó
agua para que se levantara. Entonces él se fue
a vivir dentro del monte, donde nadie entraba y allí
estaba. La gente de la ranchería se quedó
sin fuego. Se fueron a buscar al fuego-Diego y cuando
lo hallaron le pidieron que regresara a la ranchería,
porque ya no tenían lumbre. El fuego les dijo
que ya no iba a regresar, pero que si querían
les daba un tizón ardiente. Se fueron los hombres
con el tizón, pero antes de llegar a la casa
se apagó. Fueron otra vez a pedir la lumbre y
otra vez se apagó antes de llegar al pueblo.
Así pasó muchas veces. Regresaron entonces
con el dueño del fuego y le sacaron el hueso
del pie, lo llevaron a bendecir (Ariel de Vidas, 2003,
pp. 232-233).
En general, los primeros dueños del fuego se niegan
a compartirlo o lo reparten caprichosamente; son envidiosos,
están enojados o simplemente fastidiados: “un
hombrecito se lo prestaba a todos los hombres. Cuando
la lumbre se les apagaba, nuevamente le pedían
prestado el fuego y él lo volvía a repartir.
Un día lo hicieron enojar, pues nomás le
hacían perder el tiempo pidiéndole fuego”
(Ramírez Castañeda y Tepole, 1982).
Es por eso que el fuego se obtiene con engaño o
robándoselo. Los ladrones son perseguidos, maltratados,
marcados; sobre el cuerpo conservan, hasta ahora, la señal
de su osadía: por eso es rojo el pico del colibrí,
por eso tiene flameada la cola el zorro, por eso se ven
las marcas de tizón en el pelaje del ocelote, por
eso la cola pelona y la bolsa en el vientre del tlacuache.
El Prometeo por excelencia es el tlacuache, quien además
de la cola quemada y un hueco en el vientre, tiene la
capacidad para fingirse muerto, que le permitirá
engañar al perseguidor o recuperarse tras ser destrozado.
Así, el tlacuache va hasta donde está el
dueño del fuego y le sopla cenizas en los ojos
para que de momento no pueda ver. Espera a que el guardián
se duerma, lo encanta, lo distrae, se emborracha y cae
al fuego –como en el caso chatino en el que roba
juntos el fuego, el mezcal y el tabaco–, así
lo roba para todos los demás.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Elisa Ramírez. Socióloga,
poeta, escritora para niños y traductora. Colaboradora
permanente de esta revista. |