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Además de personaje histórico, Moctezuma es un icono; su nombre, como el de Tenochtitlan, aparece en relatos y mitos fuera del Altiplano mexicano. En el norte de México, como Montezuma, es héroe cultural deificado y fundador; también se llama así a algunos restos arqueológicos. “Á unas diez millas de Pacheco, pasamos por el valle de ‘los Montezumas’, llamado así por el extraordinario número de montículos, coesillos ó montezumas que hay en la localidad, en número que no dista mucho de un millar. Vistos de lejos, parece que su disposición ha obedecido á un plan fijo, pues corren en hileras de norte á sur. Son pequeños y casi todos se hallan en la falda meridional de un llano inclinado que se ensancha como 500 acres en medio de altiplanicies espesamente cubiertas de pinos” (Lumholtz, 1981, p. 100; se refiere a un lugar cerca de la colonia mormona de Dublán y Casas Grandes, en Chihuahua).
De las remotas épocas de Moctezuma datan las cosas “antiguas”, como los perros chihuahueños, a decir del explorador noruego: “Los llamados perros de Chihuahua, muy apreciados entre los aficionados, sólo se encuentran en la capital del Estado. Son pequeños y muy tímidos, con grandes orejas y ojos saltones. […] Los mexicanos iletrados, en su tendencia a referir todo lo bueno a Moctezuma, creen que los perros puros de Chihuahua descienden de los que dejó aquél cerca de Casas Grandes en la época en que marchó al sur, los cuales cayeron después en estado salvaje y degeneraron en las marmotas que hoy existen (ibid., p. 516).
Montezuma es el primer ancestro y creador en un mito recopilado entre los pápagos por Bancroft, a fines del siglo XIX. Sobreviviente del diluvio, tendrá que luchar –brincando narrativamente varios siglos– con los españoles:
Antes de crear al hombre, el Espíritu Mayor creó la tierra y todas las cosas vivientes. Descendió del cielo, y al cavar en la tierra encontró barro como el que emplean los alfareros. Lo tomó y ascendió nuevamente al cielo, donde lo arrojó dentro de un agujero que había construido. De inmediato apareció Montezuma, y con la ayuda de Montezuma aparecieron en orden el resto de las tribus indias. Al final llegaron los apaches, quienes –salvajes desde el día de su nacimiento– huyeron tan pronto fueron creados.
Los primeros días del mundo fueron felices y apacibles; entonces el Sol se encontraba más cerca de la Tierra, por lo que sus generosos rayos uniformaron las cuatro estaciones, haciendo innecesario todo tipo de vestimenta.
Los hombres y las bestias vivían en hermandad y se comunicaban en un lenguaje común. Pero una horrible destrucción acabó con esta época de felicidad. Una tremenda inundación destruyó todo soplo de vida; sólo Montezuma y su amigo Coyote lograron escapar de ella.
Antes de la inundación Coyote profetizó su llegada, y Montezuma tomó la precaución de construir un bote, el cual colocó en la punta de Santa Rosa, listo para salvarlo de la catástrofe. Coyote también preparó un arca; tomando una caña de la orilla del río, la mordisqueó y entró dentro de ella; el extremo opuesto lo cerró con una especie de goma. De esta manera, cuando las aguas ascendieron, ambos estuvieron a salvo y volvieron a encontrarse hasta que la tierra se secó y la inundación hubo pasado.
Naturalmente, Montezuma estaba ansioso por saber cuánta tierra seca había quedado, y envió a Coyote en cuatro viajes sucesivos, para encontrar el lugar exacto en que el mar alcanzaba cada uno de los cuatro vientos.
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Elisa Ramírez. Socióloga,
poeta, escritora para niños y traductora. Colaboradora
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