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arqueología mexicana
Las Flores en el México Prehispánico

ÍNDICE 78 Visual: Las flores en el arte indígena conventual
DOSIER: El lenguaje de las flores prehispánicas El pasado prehispánico en la alimentación
Mitología y simbolismo de las flores Códice de Huexotzinco de 1531
Flores en la pintura mural prehispánica La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia
Las flores en la poesía náhuatl El Templo Monolítico de Malinalco, edo., de México
Visual: Los antiguos dioses y las flores
CONCURSO DE CUENTO HISTÓRICO
Plantas ornamentales, Francisco Hernández GUÍA DE VIAJEROS: Sitios mayas del Usumacinta

MitologÍa y simbolismo
de las flores

Ana María L. Velasco Lozano, Debra Nagao

Las flores –como expresión fundamental de la naturaleza– estuvieron impregnadas de distintos significados. Se presenta aquí un panorama de su importancia en el México antiguo, la cual prevalece en gran parte de las comunidades que han participado de la tradición mesoamericana.


Vaso teotihuacano decorado con flores de cuatro pétalos. Es una magnífica muestra, del periodo Clásico, de la importancia simbólica que tuvieron las plantas para las sociedades prehispánicas. MNA.
Foto: Marco Antonio Pacheco / Raíces

La flor en MesoamÉrica
Por medio de sus creencias y su modo de vida, los numerosos pueblos mesoamericanos han reflejado a lo largo de la historia su visión del mundo y su relación con él, tanto el natural como el sobrenatural. El primero es sumamente diverso desde el punto de vista ecológico; sólo por nombrar a las plantas, una de cada diez de las 250 000 especies del mundo se encuentra en territorio mexicano, de las que 50 % son endémicas, es decir, no existen en ninguna otra parte (Dirzo, 1994). Fueron mœltiples los usos de las plantas entre los mesoamericanos: medicinal, artesanal, alimenticio, decorativo, sagrado, energético, simbólico y adivinatorio, entre otros. Asimismo, aprovecharon los elementos de diversos ecosistemas, como plantas acuáticas, de la montaña, de las praderas, las xerófitas de lugares secos, e incluso buscaron adaptar plantas de lugares lejanos que tenían usos especiales. Así, la combinación entre la diversidad étnica y la ecológica dio por resultado una riqueza cultural muy arraigada que ha logrado mantenerse en gran medida gracias a la resistencia de un núcleo común mesoamericano, como bien apunta López Austin. Esto se refleja en los usos y las creencias que prevalecen sobre la naturaleza, que son resultado de un largo proceso y que se conservan entre los pueblos campesinos mesoamericanos. Incluso en los que han sido totalmente despojados de su raigambre agrícola, al ser incorporados a las ciudades, queda en su memoria histórica parte de la antigua cosmovisión.
En las sociedades prehispánicas, las flores ofrecen un amplio panorama de significados, que fueron adaptados a las diversas cualidades de las diferentes especies. Las antiguas representaciones de las flores, en gran variedad de materiales, no eran solamente decorativas, sino que formaban parte de un simbolismo basado en el respeto y la preocupación por el bienestar de los dioses, que se manifestaba en los elementos de la naturaleza.
Las plantas y las flores han estado presentes en diversos periodos y culturas de Mesoamérica. Del Preclásico, hay representaciones de maíz y de brotes de vegetación en hachas olmecas de piedra verde y en relieves en las rocas de Chalcatzingo, Morelos. En las estelas de Izapa, Chiapas, se ven árboles, algunos dando frutos, en escenas que aparecen en la epopeya del Popol Vuh, obra de un periodo posterior.
En el Clásico proliferaron las imágenes de flores en varios contextos y con una mayor diversidad de connotaciones. Heyden escribió que la flor tetrapétala ha tenido un significado polifacético en las culturas antiguas y actuales de Mesoamérica, y que es uno de los símbolos persistentes en la mente y en el lenguaje de sus habitantes. Hay numerosas representaciones de flores de cuatro pétalos en Teotihuacan, estado de México: en la arquitectura, esculpidas en la Subestructura de los Caracoles Emplumados; grabadas en las vasijas trípodes de barro; moldeadas en los adornos adheridos a los incensarios, o como tocado de figurillas de barro. Asimismo, tuvo gran difusión en otras partes, por ejemplo en Tlalancaleca, Puebla, en un relieve de piedra (Heyden 1983, p. 92). De acuerdo con Heyden, esta flor aparece con tanta persistencia en Teotihuacan coronando algunas figurillas, que es probable que tenga un sentido dinástico. Heyden asoció este simbolismo con la cueva que se encuentra bajo la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, la cual fue modificada para darle forma de flor y que posiblemente funcionó como lugar sacro, oráculo, punto de llegada de peregrinos, y es uno de los símbolos fundacionales de sitios sagrados y ciudades.
Las flores teotihuacanas también formaron parte de la iconografía de la pintura mural, a veces aludiendo a un lugar paradisíaco (como en el Tlalocan de Tepantitla), otras veces refiriéndose al canto y a lo bello de las palabras —simbolizado en las vírgulas floridas que salen de la boca de diversos personajes— y como arbustos en plena flor como motivos centrales (en Techinantitla), tal vez en alusión a topónimos o a linajes.
En el área maya, las flores parecen haber tenido un significado más específico, relacionado con los ancestros, como en los relieves del sarcófago de Pakal en Palenque, Chiapas, en los que se ve a los antepasados surgiendo entre flores.
Una flor recurrente en la simbología maya es la ninfea o lirio acuático, conocida como naab en maya (equivalente en maya yucateco a "lago" o "mar"), que probablemente aludía al mundo acuático como umbral hacia el inframundo, un lugar oscuro, lleno de agua y presidido por varios dioses, entre ellos el Jaguar del Lirio Acuático (GIII), vinculado entre los mayas al Sol nocturno como dios-Sol-jaguar, de acuerdo con Schele y Miller (1986, pp. 50-51). También se le asocia con la Serpiente del Lirio Acuático, que tiene pico, cuerpo de serpiente y lleva en el tocado la hoja y la flor del lirio, una de las variantes del número 13 y del periodo llamado tun, de 360 días, entre los mayas. Además, las flores, a veces de cuatro pétalos, aparecen en la indumentaria maya elaboradas en jade, como adornos para el cabello o tocados; también son representadas en relieves.
En el Epiclásico, las flores se ven en la cerámica y en la pintura mural. Por ejemplo, en Xochitécatl, Tlaxcala, y en Cholula, Puebla, las figurillas femeninas muestran bandas de flores en los tocados y en un par de urnas de Cacaxtla, Tlaxcala, se ve una flor de cuatro pétalos en la tapa. También en Cacaxtla se encuentran flores en fragmentos de barro policromo y en la pintura mural de las jambas del Edificio A, en que se ve un personaje ataviado de jaguar, de cuyo vientre brota un tallo florido y que lleva en la mano-garra una serpiente con una flor, que sugiere el significado, compartido en la zona maya, de la flor como elemento del Sol-jaguar nocturno del inframundo y relacionada con los ancestros dinásticos.
Aunque otros sitios del Epiclásico parecen haber carecido de imágenes simbólicas de flores, el nombre de la gran ciudad de Xochicalco, Morelos, deriva de "casa de flores" y, como señala Heyden, hay abundantes referencias a un paraíso terrenal de abundantes flores odoríferas (1983, p. 94). En la cerámica de estilo Mixteca-Puebla, la flor es un motivo común en las variedades policromas.
Para el Posclásico Temprano no se conocen representaciones de flores en el Altiplano Central, tal vez porque hubo un cambio en la ideología, que se orientó más hacia la belicosidad en lugar de representar un equilibrio entre ésta y los dones de la naturaleza. Sin embargo, en Chichén Itzá, Yucatán, en la zona maya del norte, los relieves del gran Juego de Pelota contienen numerosas imágenes de flores en diversos contextos bélicos, como el jugador de pelota hincado y decapitado del que brota, además de serpientes, un largo tallo florido.
Para el Posclásico Tardío hay una gran diversidad de referencias y significados relacionados con las flores, especialmente en la compleja cosmovisión de los mexicas. La flor, xóchitl, se usaba para referirse a la elocuencia, a las palabras bien dichas y elegantes. El refinado uso de metáforas era conocido como in xóchitl in cuícatl y el canto o la palabra florida era un tema en la poesía náhuatl que se refería a la evanescencia y fragilidad de la vida. Xóchitl formaba parte del nombre para la guerra sagrada, xochiyáotl, "guerra florida", preestablecida por los mexicas para tomar cautivos en el campo de batalla, los cuales eran sacrificados posteriormente en diversas ceremonias.
Las flores eran símbolos asociados principalmente con tres deidades: Macuilxóchitl, Xochipilli y Xochiquétzal, patronos de los juegos, la primavera, las flores, el amor, la música y la danza, así como de las labranderas y bordadoras, cuyo bello trabajo era comparable a las flores. En la fiesta de las flores o xochílhuitl, los especialistas o artesanos que honraban a esos dioses no llevaban en los bailes otro adorno que no fuera de flores. El signo calendárico xóchitl, el vigésimo de la veintena, está regido y vinculado con estas divinidades.

Los mitos, las plantas y la cosmovisiÓn
En las antiguas creencias del México antiguo (como en otras partes del mundo) se cree que el origen de las cosas necesarias para la sobrevivencia humana, entre ellas las plantas, son proporcionadas por alguna deidad, cuyas partes, gracias a su sacrificio, se convierten en la sustancia de la vida del hombre y garantizan su reproducción. Éste es el caso de Tlaltecuhtli, la tierra misma, que con partes de su cuerpo dio origen a todo el fruto necesario para la vida del hombre. Otro mito nahua narra que la diosa Xochiquétzal, "flor preciosa", fue mordida en su vulva por un murciélago enviado por Tezcatlipoca y que lo que arrancó se convirtió en flores de mal olor para los dioses, que las enviaron a Mictlantecuhtli, numen del inframundo, quien las lavó y las convirtió en flores perfumadas. Así, algunas flores se volvieron valiosas por su olor y otras por "su bien parecer". A algunas se les otorgó un carácter sagrado, al separárseles de las plantas profanas, y sirvieron para fines ceremoniales y mágicos, como sucedió con el nardo u omixóchitl (Polian-thes tuberosa), el pericón o yauhtli (Tagetes lucida) y el cempoaxóchitl (Tagetes erecta), hoy conocida como flor de muerto o clavel americano, flores que por su perfume tan fuerte han servido como medio de comunicación o atracción de los seres sobrenaturales, o como protección contra ellos.
Estos mitos, por lo tanto, hablan del origen de las cosas más importantes para la existencia humana, a las cuales pertenece el complejo flor-cueva, como el caso de la cueva de cuatro pétalos de la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, cuyo carácter fundacional fue relacionado por Heyden con el origen simbólico de México-Tenochtitlan, ya que el emblemático nopal se encontraba sobre una cueva de la que brotaba un manantial con agua de dos colores. Como han señalado otros estudiosos, además de Heyden, muchas otras cuevas son lugar de origen y legitimación de diversos grupos étnicos y tienen forma de flor, aunque de siete pétalos, como la de Chicomóztoc.

Atributos de las flores en la sociedad mexica
Además de sus múltiples usos medicinales o alimenticios, que no abordaremos aquí, entre los mexicas había algunas flores o representaciones de ellas en adornos, insignias, rodelas y textiles que servían para determinar las jerarquías y eran de uso exclusivo de los pipiltin o nobles y los guerreros destacados (los hombres de baja cuna y que no sobresalían en la guerra sufrían la pena de muerte si las portaban).
Algunas flores hechas de plumas, de acuerdo con Durán, eran "la sombra de los dioses o la sombra de los señores y reyes". Había flores que se seleccionaban por su delicado olor y que tenían poderes especiales: se creía que suprimían la fatiga causada por desempeñar un cargo público o por gobernar. Éste era el caso de "las flores de verano que huelen bien"; de la eloxóchitl (flor de elote), que conocemos como magnolia (Magnolia schiedeana), y de otras consideradas de lujo, pues se traían a la Cuenca de México desde "tierra caliente", como la tlilxóchitl (flor negra) o vainilla (Vanilla fragrans) y la cacaloxóchitl (flor del cuervo; Plumeria rubra), entre otras. Esta última era muy apreciada y se le menciona en los cantos; es conocida como flor de mayo (una de varias con ese nombre) o como saba nikté, en maya, y aún se emplea en la fabricación de las guirnaldas que adornan las cruces que se veneran el mes que le da su nombre, así como para honrar a los miembros destacados de alguna comunidad cuando ocupan algún cargo civil o religioso.
Las flores también fueron utilizadas como tributo y se cultivaron en jardines reales; algunas incluso se adaptaron a condiciones ambientales distintas de las de su lugar de origen.

La flor, el ritual y los dioses
El culto a la naturaleza se manifestaba claramente en las fiestas, en las que casi siempre las plantas ofrendadas eran de las que de acuerdo con el periodo anual florecían y daban su fruto o semilla. Las flores se utilizaban en los atav’os de los dioses, sacerdotes y demás participantes del ritual, así como en los adornos de los templos. Antes de la fiesta a Huitzilopochtli, en el noveno mes o tlaxochimaco, "se dan las flores", la gente recogía flores en "campos y maizales" para fabricar largas y gruesas guirnaldas con las que se adornaba el patio del templo del dios y se ofrecían flores a las demás personas. En el séptimo mes o tecuilhuitontli, "pequeña fiesta de los señores", éstos no salían de sus casas y no atendían ningún asunto, se dedicaban sólo a estar sentados, rodeados de flores que ofrecían a los amigos; las mujeres, por su parte, bailaban con cuerdas adornadas con flores.
En el tercer mes o tozoztontli, "pequeña velada", se ofrecían las primicias de las flores del año, por lo que también se le llamaba xochimanaloya ("eran ofrendadas flores"); antes de ésta nadie las olía. Nadie osaba oler el centro de las flores, ya que éste estaba reservado a Tezcatlipoca.
Entre las flores usadas con frecuencia en los rituales estaba el yauhtli, "el oscuro", hoy conocido como pericón o hierba de Santa María. En el mundo nahua, se esparcía en forma de polvo a los pies de las deidades o se ponía en las caras de quienes iban a ser sacrificados; también, por su fuerte olor, se quemaba como incienso, pues a través del humo y el aroma se establecía comunicación con lo sagrado. La relación del yauhtli con Tláloc y otras deidades del agua fue muy estrecha. El protomédico Francisco Hernández la llamó "hierba de las nubes" y al parecer también tenía un estrecho vínculo con el ciclo agrícola, ya que sus brotes aparecen en las primeras lluvias y crece junto con el maíz, como bien lo explica la investigadora Dora Sierra Carrillo, quien asocia esta flor con el calor, la luz, el fuego y la vida, atributos calientes que sirven para proteger a los seres de las fuerzas frías perjudiciales, como los aires. En la actualidad se sigue usando como en el pasado (para sahumar, en limpias y purificaciones) y en el Altiplano Central se utiliza el día de San Miguel en la ceremonia conocida como "la enflorada" o "periconeada", en que se colocan cruces de esta flor como protección. Otra flor de la misma especie, el cempoaxóchitl, formaba parte del tocado de la diosa Coyolxauhqui y se utilizaba en las ceremonias de tecuilhuitontli, en que las mujeres bailaban con ramos de esta flor.
Otra flor utilizada en los rituales era el amaranto o huauhtli (Amaranthus hypochondriacus), que —además de sus propiedades alimenticias, ya que formaba parte de los principales mantenimientos— poseía gran inflorescencia de llamativos colores; sus semillas eran la materia básica del tzoalli, masa con la que se formaban las imágenes de los dioses, y sus flores adornaban el Cinteopan en honor a Chicomecóatl, diosa de los mantenimientos, durante el ochpaniztli, "barrimiento", realizado el decimoprimer mes del año. Durante estas festividades se hacían pellas o pelotas con varias plantas, entre ellas el cempoalxóchitl, las cuales se utilizaban en ciertas peleas o escaramuzas en honor a la madre de los dioses: Toci (nuestra abuela).
Coatlicue, una de las advocaciones de la diosa madre —un tema que también fue estudiado por Heyden—, era la patrona de los xochimanque, "los que manejan o manipulan la flor", que eran quienes hacían los adornos florales.
Según Heyden, cada planta, árbol y flor era un elemento importante en la comunicación metafórica. El reino vegetal y, sobre todo, las flores —como expresión fundamental de la naturaleza—, estuvieron impregnados de distintos significados, los cuales aquí apenas tocamos, aunque tratamos de presentar un panorama de la importancia de las flores en el México antiguo, importancia que aún prevalece en gran parte de las comunidades que han participado de la tradición mesoamericana.

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Ana María L. Velasco Lozano. Maestra en ciencias antropológicas e investigadora en la Dirección de Etnología y Antropología Social del inah.
Debra Nagao. Maestra en historia del arte y arqueología en la Universidad de Columbia, Nueva York


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