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El Manatí, al sur del
estado de Veracruz y 20 km al sureste de San Lorenzo,
es célebre por la singularidad de los hallazgos
realizados por los arqueólogos Ponciano Ortiz y
Ma. del Carmen Rodríguez. En lo que fue el lecho
de un antiguo arroyo abastecido por un manantial al pie
del cerro El Manatí, los investigadores localizaron
ofrendas depositadas durante varios momentos a lo largo
de 400 años. Para 1200 a.C., las ofrendas constaron
de pelotas de hule, bustos de figuras humanas elaboradas
en madera –cuyos rostros muestran el inconfundible
estilo artístico olmeca (piezas únicas en
el corpus escultórico de dicha cultura)–
y también restos humanos de infantes posiblemente
neonatos. Los cuerpos de los infantes mostraban distinto
acomodo. En dos de ellos, los restos óseos se hallaron
en correcta posición anatómica, propia de
un individuo completo, mientras que en otros estaban disgregados,
esto último posiblemente como resultado de la desarticulación
intencional llevada a cabo por los olmecas. La presencia
de restos humanos como parte de las ofrendas ha sido interpretada
por quienes estudiaron el contexto como una posible evidencia
de sacrificio ritual.
San Lorenzo es el centro regional olmeca más antiguo
(1200-850 a.C.). En 1994, gracias al Proyecto Arqueológico
San Lorenzo Tenochtitlán, dirigido por la arqueóloga
Ann Cyphers, se localizó evidencia de un osario
(depósito de varios individuos, no necesariamente
completos, en el que predomina la desarticulación
y dispersión de los segmentos corporales) cubierto
por abundante cerámica y con al menos seis individuos.
Las características biológicas de la muestra
ósea sugieren una selección de individuos
según su edad, pues sólo hay sujetos adultos,
y quizás también por sexo, aunque esto último
no pueda afirmarse, pues sólo en dos casos fue
posible determinar que eran masculinos. Tras su muerte,
los cuerpos fueron desarticulados, tarea que se realizó
en otro lugar, donde también se habrían
seleccionado las partes anatómicas que se colocaron
en el osario. La ceremonia fue cuidadosamente preparada
y ejecutada. Las implicaciones simbólicas y sociales
de semejante ceremonia están en estudio por quien
esto escribe.
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Enrique Villamar Becerril.
Antropólogo físico por la ENAH. Cursa el
doctorado en estudios mesoamericanos por la Facultad de
Filosofía y Letras, UNAM. |