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En
el siglo xx, el movimiento muralista integró
a su repertorio temas de la mitología indígena
antigua. Personajes e historias de antaño
adquirieron nuevos sentidos culturales y contribuyeron
a imaginar una nación mestiza y moderna.
En la escenificación de la identidad cultural
mexicana, Tláloc fue uno de los protagonistas.
Mediante una síntesis
plástica en la que se ven elementos naturales,
símbolos alquímicos, plantas, animales
y seres humanos, la vida está simbolizada por Tláloc y el medio acuático.
Francisco Eppens. Tláloc (detalle). Facultad
de Medicina de la UNAM, 1952.
Foto: Boris de Swan / Raíces |
En
el Bosque de Chapultepec, en un espejo de agua, Tláloc
realiza la danza ritual que propiciará la vida.
Ofrece alimento a los seres humanos y su cuerpo –un
altorrelieve cubierto de piedras naturales, azulejos
y material marino– está rodeado por un
mosaico multicolor con gotas de lluvia, milpas florecientes,
serpientes, caracoles marinos y líneas ondulantes.
Esta fuente, creada por Diego Rivera, rinde homenaje
a la antigua deidad indígena y es icono de la
identidad cultural del México moderno. En 1951,
cuando la fuente de Tláloc fue inaugurada, la
incorporación de mitología indígena
al discurso cultural hegemónico se encontraba
en un punto culminante. Desde algunas décadas
atrás, el legado del pasado indígena se
usaba para conferir el prestigio y la fuerza de un tiempo
fundador en el cual se fijaron naturalezas y eternidades,
y se otorgó una dimensión trascendente
a la cultura y devenir nacionales.
Desde los años revolucionarios comenzó
a imponerse la creencia de que el pasado remoto y el
presente estaban unidos por una continuidad cultural
que se expresaba principalmente en el plano espiritual,
así como en el sentimiento artístico.
Sobre los cimientos del panteón liberal se dio
relevancia a ciertos mitos de cuño indígena
–procedentes en su mayoría del Altiplano
Central– que se reinterpretaron en términos
de reflexiones modernas y cuya representación
contribuyó a establecer la idea de una cultura
nacional mestiza con raíz indígena. En
el campo del arte, personalidades como Saturnino Herrán,
Diego Rivera, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo,
David Alfaro Siqueiros, Carlos Mérida, Frida
Kahlo y después Juan O’Gorman, José
Chávez Morado, Francisco Eppens, entre otros,
actualizaron el sentido simbólico de la antigüedad
indígena para configurar mensajes públicos
o privados.
El movimiento muralista que se inició en la década
de 1920 incorporó el mundo sagrado prehispánico
con un sentido alegórico. Paulatinamente cobraron
presencia plástica Xochipilli, Quetzalcóatl,
Huitzilopochtli, Coatlicue, Tzontémoc, Tláloc,
Tlazoltéotl, así como águilas,
serpientes y jaguares. Ciertos personajes mitológicos
fueron referentes simbólicos de nociones de actualidad
filosófica, política y cultural, tales
como civilización, militarismo, humanismo, evolución,
vida, eternidad, muerte, etcétera. Es decir,
al sentido original se adhirieron significados afines
a necesidades contemporáneas. Para mediados de
siglo, pasajes y personajes de la historia y mitología
indígenas eran temas convencionales del muralismo
que podía verse en Ciudad Universitaria, el desaparecido
Multifamiliar Juárez, la Secretaría de
Comunicaciones y Transportes y otros inmuebles.
Los
rostros de Tláloc
Una representación temprana del dios de la lluvia
se encuentra en Estados Unidos, en los murales que pintó
José Clemente Orozco entre 1932 y 1934 en el
Dartmouth College de Hanover, New Hamp-shire. En esta
obra, la historia de Quetzalcóatl es fundamental
para la Épica de la civilización americana,
tema del programa mural. En el principio de la narración,
se ve al hombre-dios entre deidades principales: Xipe-Tótec,
Tezcatlipoca, Tláloc, con cuerpo humano y dos
serpientes que forman su máscara, Mictlantecuhtli,
Huit-zilopochtli, Huehuetéotl. Orozco, imbuido
de esoterismo, se vale de los atributos de los dioses
para configurar la trascendencia del liderazgo profético
de Quetzalcóatl, el civilizador. Cada personaje
simboliza una potencia alquímica que participa
en la trasmutación espiritual del héroe.
Tláloc contribuye con la fuerza del agua y del
rayo. A fines de esa década, una máquina
aniquiladora, configurada a partir de los rasgos característicos
de Tláloc, transmite una aterradora visión.
En los murales que pintó David Alfaro Siqueiros
en la sede del Sindicato Mexicano de Electricistas,
D.F., se denuncia la miseria humana que conllevan la
guerra, el fascismo y el imperialismo. Se ven hombres
como autómatas, destrucción y violencia.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Itzel Rodríguez Mortellaro.
Historiadora por la unam. Se dedica a la investigación
y docencia del arte y cultura del periodo nacionalista
en México. Actualmente, como tema de investigación
de un doctorado en historia del arte, estudia el uso
de la cosmovisión indígena antigua en
el arte moderno.