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Frecuentemente la historia
está hecha con los conocimientos fragmentarios
de quienes han pretendido trazar los hilos de una reconstrucción
física y mental del pasado. Por aventurado que
parezca, todo proyecto de esa naturaleza, la reconstitución
comprensiva del tiempo ido, casi siempre ha buscado el
referente de un lugar en el que los hechos históricos
hayan revelado los contenidos materiales de cada época;
un núcleo en el espacio que guarde el eco de la
vida y las formas del pensamiento que definieron a todo
tipo de relación comunitaria, encerrando en sus
estratos los múltiples testimonios que van dejando
a su paso las sociedades. Ese escenario privilegiado,
a veces mítico, a veces cercano y familiar, permite
que la teoría encuentre los pequeños y los
grandes signos con que fabricará su trama sensible.
Historia
de Tlatelolco
El siglo xx vio en Tlatelolco una suerte de leit motiv,
útil para entender varios de los capítulos
de la historia mexicana. La convirtió más
que en un punto de la geografía, en una coordenada
que daba cuenta del significado de un enorme segmento
temporal que abarcaba desde los episodios del universo
mesoamericano hasta el surgimiento de la tortuosa modernidad
fraguada por el México posrevolucionario. Con cierta
reserva, se estima que hacia 1338 algunos grupos provenientes
de Tenochti-tlan fundaron ahí la segunda ciudad
en importancia del mundo mexica, en lo que era el último
lindero occidental del Lago de Texcoco. No ha sido fácil
determinar si esa emigración fue resultado de una
escisión violenta o de un pacto político,
pero Tlatelolco se convirtió paulatinamente en
la gran ciudad-mercado de la cuenca central y en el mayor
crucero comercial de la geografía mexica. Se dice
que en su momento de auge la ciudad estuvo integrada por
20 barrios o calpullis, con nombres en lengua náhuatl,
algunos de los cuales han sobrevivido hasta nuestros días:
Tepiton, Acozac, Nonohualco, Xolalpa, Atezcapan, Tecualtitlan,
etc.
En una fecha próxima a la Pascua de Resurrección
de 1520, bajo el mando de Pedro de Alvarado se perpetró
una matanza durante la fiesta de tóxcatl –relativa
al renacimiento de Tezcatlipoca–, y ahí también
se verificó lo que quizá fue el último
intento de rechazo de la invasión española,
cuando los guerreros mexicas se replegaron oponiendo una
resistencia que duró casi dos meses.
Desde los umbrales de la época novohispana, el
sitio continuó viviendo bajo una intensa dinámica
que puede constatarse en las Cartas de relación
redactadas por Hernán Cortés o en la prosa
testimonial del fraile franciscano Juan de Torquemada
en su Monarquía indiana. Los misioneros españoles
construyeron primero en su plaza central el templo dedicado
a Santiago Apóstol y, en la epifanía de
1536, el virrey Antonio de Mendoza fundó el Colegio
Imperial de la Santa Cruz, institución que se convirtió
en el principal punto de encuentro intelectual del mestizaje,
asociado tanto a los frailes Juan de Zumárraga,
Bernardino de Sahagún y Juan de Foucher como a
los hijos de los principales señores de la estructura
indígena, a quienes se adoctrinó en el catolicismo
bajo el poderoso influjo de la tradición grecolatina,
aprendizaje clave en la formación de algunos de
ellos como cronistas de la extinción de un mundo
que paulatinamente se veía eclipsado por la presencia
de Occidente. La historia general de las cosas de Nueva
España y los códices Florentino y Matritense
forman en sí mismos una descripción de los
alcances del proyecto educativo en que se cifraba el gran
experimento cultural. Asimismo, la historia de Tlatelolco
es inseparable de la de Juan Badiano, autor del primer
gran códice de la herbolaria medicinal aparecido
en el virreinato.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Sergio Raúl Arroyo. Etnólogo egresado de
la enah, donde cursó
el doctorado en antropología y arte. Entre 2000
y 2005 fue director general del inah
y actualmente es director general del Centro Cultural
Universitario Tlatelolco, unam.
Además de numerosas colaboraciones en diarios y
revistas, ha publicado Tiempo sagrado-tiempo profano,
Aproximaciones a la modernidad y Mirada y memoria. |