arqueología mexicana
Las pirámides en México

ÍNDICE 101 ARQUEOLOGÍA: Xochicalco y Adela Breton
Las pirámides de México El Palmar, Campeche
Pirámides como centro del universo HISTORIA: La primera gran pandemia de (1520)
Las pirámides de México (Visual) La conquista musical de México
Las pirámides y la integración plástica HISTORIA DE LOS CÓDICES: Códice de Dresde
Las pirámides: procesos de edificación PIEZA: Los monolitos del mercado y el tianquiztli
La construcción de las pirámides DOCUMENTO: Códice Mexicanus

La conquista musical de México
Lourdes Turrent

El resultado más notable del trabajo de conversión que los frailes franciscanos llevaron a cabo con los naturales que habitaban la Cuenca de México en el siglo xvi, fue el esplendor del culto. Esplendor que se entendió como sonoridad, ya que en el proceso de evangelización el canto y el brillo de los instrumentos ocupó un lugar central.

 

 

En los primeros años de la dominación española, los cantos y sonidos que producían los instrumentos prehispánicos utilizados por los indios en las festividades dedicadas a sus deidades inquietaba a los españoles, quienes afirmaban que cantos y sonido eran idolátricos. Tlapitzalli, flauta tubular. MNA.
Foto: Boris de Swan / Raíces

flauta tubular

¿Qué significa para un estudioso interesado en la música indígena descubrir en las comunidades del México de hoy rastros musicales de la labor de evangelización? Que el trabajo de evangelización afectó y conformó nuevos sectores de la comunidad indígena, para que ellos hicieran posible la práctica sonora: la interpretación de la música, la construcción de instrumentos e incluso la realización de danzas, que se consideraban indispensables para solemnizar las celebraciones del calendario católico. El presente texto está dedicado a describir el proceso de evangelización que hizo posible esa práctica sonora.

Los primeros pasos
Los franciscanos no pudieron conmover a la población en los primeros cinco años de su estancia en nuestro territorio. Llegaron en 1524 a solicitud de Cortés, quien hincó las rodillas en el suelo para darles la bienvenida. De los 12, tres se establecieron en la ciudad de México y otros trabajaron en Texcoco. Sobre la conversión de los indígenas que vivían en el islote, Motolinia escribió: “a pesar de su derrota, los mexicanos andaban muy fríos. Era esta tierra un traslado del infierno; ver los moradores de noche, dar voces unos llamando al demonio, otros borrachos, otros cantando y bailando. Tañían atabales, bocinas, cornetas y caracoles grandes, en especial en las fiestas de sus demonios”. Y continúa explicando:

Aunque en lo público no se hacían los sacrificios acostumbrados en que solían matar hombres, en lo secreto, por los cerros y lugares escondidos y apartados, y también de noche en los templos de los demonios que aún todavía estaban de pie [los frailes se habían encargado de que fueran destruidos], no dejaban de hacer sacrificios; y los diabólicos templos se estaban servidos y guardados con sus ceremonias antiguas y aun en confirmación de esto los mismos religiosos a veces oían de noche la grita de los bailes, cantares y borracheras en que andaban.

Eran entonces el canto, la música y la danza, formas en que los antiguos mexicanos expresaban su religiosidad. Y los frailes las escuchaban y veían. Pero no podían hacer nada para mudarlas y aprovecharlas para su propósito. Así que empezaron por acercarse a los niños. Jugando con ellos empezaron a aprender las lenguas de los pueblos. Poco a poco los convencieron de vigilar a sus padres y de que los denunciaran si hacían fiesta o ceremonia. Los pequeños aceptaron y llegaron a recorrer las rutas de los mercaderes; aun se atrevieron, en Tlaxcala, a apedrear a un sacerdote indígena. Las crónicas franciscanas afirman: “Y lo planeado tuvo algo de éxito porque los adultos morían de asombro, ya que no podían poner las manos en los niños y estaban espantados de tanto atrevimiento”.
Sin embargo, sabemos por Motolinia que la población al ver eso respondió menos al llamado. Por eso los religiosos intentaron “mil modos y maneras” para atraer a los naturales “en conocimiento de un solo Dios verdadero”. Viendo que en ellos todo era cantar y bailar, comenzaron entonces a reunir en los atrios de los conventos a los pequeños para enseñarles oraciones, cantando en “un tono muy llano y gracioso”. Los frailes pusieron música a las oraciones más conocidas: “Padre Nuestro”, “Ave María”, “Salve”.

 

TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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• Lourdes Turrent Díaz. Licenciada en sociología (FCPYS), fagotista (Escuela Vida y Movimiento) y candidata a doctorado (FFyL, UNAM). Especialista en sociología e historia de la música en Nueva España. Académica del proyecto Musicat (IIE, UNAM), y del seminario “Formación política de México” (Colmex). Investigadora del Centro de Arte Mexicano.







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