Según los nahuas de la Sierra
Negra de Puebla, los corazones de todo lo existente
en el mundo están depositados dentro del Tlalokan,
en donde existen perennemente en forma de piedras; son
las semillas-corazón. Corazón de piedra
verde. MNA.
Foto: Boris de Swan / Raíces
Las
concepciones que los nahuas de la Sierra Negra de Puebla
poseen sobre la persona reflejan la complejidad de su
visión del mundo y la importancia de ésta
para comprender el papel del ser humano en el cosmos.
Las respuestas a la naturaleza humana las hallamos en
la mitología, así como en la experiencia
cotidiana de vivir en el mundo. Si bien es una criatura
más, el ser humano se distingue por su naturaleza
múltiple.
Los
nahuas de Tlacotepec de Díaz, municipio poblano
situado en los valles de la Sierra Negra, justo en los
límites con Veracruz y Oaxaca, son herederos
de una concepción del cuerpo y la persona determinada
por la tradición religiosa mesoamericana. Las
antiguas concepciones fueron reinterpretadas después
del proceso de conquista y evangelización, lo
que dio paso a la conformación de una nueva.
Dicha concepción es resultado de la reflexión
conjunta de los miembros de una cultura, y es verdadera
en tanto da cuenta de los hechos que se observan cotidianamente.
Como parte de la cosmovisión tiene la función
de explicar por qué y cómo suceden las
cosas. Gracias a ella son comprendidas las funciones
del cuerpo y de las almas, de cada una de las partes
constitutivas de la persona. El papel del ser humano
en el cosmos, su interacción con él, así
como el sufrimiento, el dolor, la muerte y la enfermedad
son consecuencia de su compleja conformación.
Como en muchas otras narrativas míticas de tradición
mesoamericana, los nahuas de la Sierra Negra consideran
que la creación de la actual humanidad fue un
ejercicio de ensayo y error, a partir del cual el ser
humano adquirió su actual conformación,
así como los elementos que lo definen como un
“verdadero” ser humano.
De
cómo fue creada la verdadera humanidad
Cuentan los abuelos que antes el mundo estaba habitado
por cierta clase de seres, en apariencia similares a
los humanos: los xantilmeh. Ellos poblaban
un mundo oscuro y húmedo, un mundo indiferenciado
en el que no había día ni noche. Los xantilmeh
hablaban el mismo lenguaje que los animales, las plantas,
los tenamaztles (las tres piedras del fogón),
los petates y los metates. Además, eran antropófagos
e incestuosos, pues se casaban entre hermanos, entre
padres e hijos, y en día de fiesta preparaban
tamales con los niños recién nacidos.
A diferencia de los actuales pobladores, los xantilmeh
se alimentaban de xolochi, fruto de la palmera
conocida regionalmente como tepejilote, la cual crece
en el monte, y sus alimentos eran crudos y sin sal.
Acostumbrados a vivir en lugares agrestes, rodeados
por la vegetación y la abundancia, no cultivaban
la tierra. En parte porque cada vez que ésta
era penetrada por la coa, sus lamentos y gritos tornaban
imposible la labranza, sangraba y se quejaba lastimeramente.
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Laura E. Romero. Maestra
en estudios mesoamericanos por la Unam. Estudiante del
doctorado en antropología en la UNAM. Profesora
de la ENAH y del Colegio de Antropología de la
BUAP. Premio Fray Bernardino de Sahagún en 2005
y 2007.