|
Como disciplina científica, la arqueología
ha reconocido el importante papel que tienen los
contactos interregionales y el comercio externo
en el desarrollo cultural de las sociedades humanas.
El estudio de la intensidad de comunicación
entre distintas sociedades es un paso necesario
para entender la competencia política y militar,
así como para analizar económicamente
el movimiento de bienes y la difusión de
filosofías. Aquí se presenta la utilidad
que tienen los sistemas de información geográfica
para analizar el grado de interacción y las
rutas mediante las cuales se conectaban dos importantes
regiones arqueológicas de México:
los Valles Centrales de Oaxaca y la planicie del
Golfo de México.
Aunque se han documentado intercambios de bienes
suntuarios entre distintas regiones de Mesoamérica,
desde el Preclásico Temprano al Preclásico
Medio (2000-500 a.C.) por lo menos, es muy probable
que las primeras rutas de intercambio se hayan establecido
y consolidado durante el periodo Arcaico (8000-2000
a.C.). Para el caso del intercambio entre las tierras
altas de Oaxaca y la planicie costera del Golfo
de México, se sabe que las poblaciones de
los Valles Centrales exportaban espejos de hematita
a sitios de la costa a cambio de conchas y cerámica
fina (Pires-Ferreira, 1975). Con el conocimiento
actual de la arqueología de ambas regiones,
nadie duda que hubo contacto e intercambio estrecho
entre ellas, pero lo que está menos claro
son los medios por los cuales se intercambiaron
materiales e información. ¿Cuáles
fueron los caminos, cuáles los itinerarios?
¿Cuál fue el origen de los caminos
y cómo se transmitía el conocimiento
de las rutas de generación en generación?
Por desgracia, muchas de estas preguntas no pueden
resolverse sólo con los métodos y
técnicas propios de la arqueología.
De acuerdo con el Códice Florentino, los
caminos prehispánicos de Mesoamérica
fueron simples senderos de tierra compacta, llenos
de piedras y limitados por la vegetación
circundante. La identificación de este tipo
de caminos mediante la fotografía aérea
o con un recorrido de superficie es una empresa
harto complicada. No obstante, la arqueología
ha sido capaz de ubicar pequeños segmentos
de vías y calzadas bien conservados, que
llegan y salen de los principales sitios arqueológicos
de México. Los caminos blancos, sacbés,
de Yucatán y las calzadas de Xochicalco son
ejemplos excepcionales de conservación (Hirth,
1991), lo que nos debe animar para proseguir el
estudio arqueológico de caminos y rutas de
comunicación.
UN EXPERIMENTO ARQUEOLÓGICO-GEOGRÁFICO
Ante los obstáculos descritos, proponemos
que los sistemas de información geográfica
pueden utilizarse como una herramienta para identificar
probables corredores de comunicación prehispánicos.
Mediante el algoritmo de “la ruta de menor
costo”, que propone los trayectos más
eficientes con base en variables de costo y tiempo
de desplazamiento por un terreno determinado, es
posible crear rutas hipotéticas entre un
punto de partida y uno de llegada. Las rutas propuestas
pueden someterse a un proceso de corroboración
en campo para aceptar o rechazar si el sendero hipotético
fue realmente usado como camino.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
_____________________
• Gerardo Gutiérrez Mendoza. Investigador
del ciesas. Doctor en antropología por la
Universidad Estatal de Pensilvania. Maestro en estudios
urbanos por el Colegio de México. Licenciado
en arqueología por la ENAH.
• Peter Van Rossum. Maestro en arqueología.
Candidato a doctor en antropología por la
Universidad Estatal de Pensilvania. |