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Es legítimo
decir que el Homo sapiens se ha distinguido por
dar formas concretas a los más recónditos
pensa-mientos y afanes que permean la vida, los
que pueden enunciarse bajo las tres preguntas fundamentales
del devenir: quiénes somos, de dónde
venimos y adónde vamos. Para responderlas,
la humanidad ha creado multitud de expresiones,
entre ellas las que acuden al lenguaje de las formas
plásticas: arquitectura, pintura, escultura,
dibujo, grabado, orfebrería, alfarería,
pluma-ria, lítica. Habré de ocuparme
aquí de dos de ellas, puesto que han sido
razón básica de mi interés
profe-sional: la escultura y la pintura.
Las formas plásticas suelen presentarse bajo
diversas apariencias que tal vez las hagan merecedoras
del cali-ficativo de artísticas, de acuerdo
con diferentes rasgos y criterios. Si bien es cierto
que existe alguna discusión al respecto,
no hay duda de que la obra de arte resuelve en imágenes,
y gracias a esa materialidad, la experien-cia humana
del mundo. Es entonces cuando los ámbitos
de la realidad conceptual, intangible y nouménica,
se aproximan a los de la concreta, tangible y fenoménica,
los tocan y se entremezclan.
Para nosotros, los modernos humanos que volvemos
lo ojos a esos múltiples y disímbolos
testimonios del pa-sado, resulta de valor incalculable
el objeto así produ-cido. Manifiesta y comunica
obras per se y antiguas formas de vida, experiencias
religiosas y trascenden-tales, y respuestas dadas
por los creadores y sus sociedades.
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El gobernante maya Ahkal Mo
Naab I, costado este del sarcófago
de Pakal. Clásico. Templo de las Inscripciones,
Palenque, Chiapas. [ep]
Foto: Carlos Blanco / Raíces
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