En el Monumento 10 de San
Lorenzo, Veracruz, se ve al dios de la lluvia
sosteniendo un par de manoplas, las cuales probablemente
eran de concha cortada y se usaban en combates
rituales. Museo de Antropología de Xalapa,
Veracruz.
Foto: Rafael Doniz / Raíces
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En
vista de la importancia del maíz, no debe sorprendernos
que los dioses más importantes y difundidos en
la antigua Mesoamérica sean los de la lluvia,
ya que son quienes aseguran su crecimiento y abundancia.
Es probable que gran parte del ritual y mitología
relacionados con los dioses de la lluvia provengan del
periodo Preclásico, cuando se generalizó
por toda Mesoamérica el cultivo del maíz.
Los olmecas, que se asentaron en la zona sur del Golfo
de México, fueron una de las culturas dominantes
de ese tiempo, y su impresionante arquitectura y monumentos
de basalto atestiguan su poderío, lo cual puede
constatarse ya en el Preclásico Temprano en San
Lorenzo, Veracruz (aproximadamente 1200-900 a.C.), y
más tarde, durante el Preclásico Medio,
en La Venta, Tabasco (900 a 500 a.C.), cuando el cultivo
del maíz se difundió y se volvió
más importante en Mesoamérica. Sin embargo,
se conocen ofrendas en un manantial al pie del Cerro
Manatí, Veracruz, en el corazón mismo
de la zona olmeca, de 1500 a.C. Incluso en la actualidad
las montañas y los manantiales son destino importante
de peregrinaciones y rituales relacionados con las lluvias.
Origen
del dios de la lluvia
Aunque J. Eric Thompson fue un arqueólogo especializado
en la civilización maya del Clásico, sugirió
que gran parte de los rituales y los simbolismos de
la lluvia mesoamericanos comenzaron con los olmecas:
“En mi opinión, el culto a la lluvia, con
los colores del mundo, los rumbos característicos
y las deidades cuatripartitas derivadas o fundidas con
las serpientes, desarrolló su esencia durante
el periodo Formativo, y probablemente fue creación
olmeca” (Thompson, 1979).
Sin embargo, el investigador que más vehementemente
defendió el origen olmeca de los dioses de la
lluvia mesoamericanos fue Miguel Covarrubias. En el
famoso esquema que apareció por primera vez en
1946, Covarrubias atribuía el origen de los dioses
de la lluvia –el Tláloc azteca, el Cocijo
zapoteco y el Chaac maya– a un prototipo olmeca.
Su esquema sigue siendo esencialmente válido,
a la luz de interpretaciones y descubrimientos posteriores,
excepto por sus ejemplos del Chaac del Clásico
maya, que en realidad representa a una montaña
zoomorfizada, witz; este ser, sin embargo,
se conjunta temáticamente con el dios maya de
la lluvia.
Rasgos
distintivos
Uno de los rasgos distintivos de las deidades de la
lluvia mesoamericanas es que suelen tener colmillos,
rasgo que Covarrubias rastrea hasta el dios olmeca de
la lluvia. Según Covarrubias, los colmillos y
la boca que gruñe se relacionan con el jaguar,
criatura que, por cierto, habita en montañas
y cuevas, lugar de residencia legendaria de los dioses
de la lluvia. Además de la boca dentada, la deidad
de la lluvia olmeca muestra con frecuencia el ceño
fruncido y ojos oblicuos que tienden a adelgazarse en
los extremos tomando la forma de una L acostada. A veces,
los párpados aparecen hinchados, como si el dios
derramara lágrimas de lluvia. El Monumento 10
de San Lorenzo, Veracuz, de 1000 a.C. aproximadamente,
es un imponente ejemplo del dios de la lluvia olmeca.
Sostiene un par de manoplas, objetos que, al parecer,
eran de concha cortada y se usaban en combates rituales.
Aún hoy en día, en Zitlala y otras comunidades
de la sierra de Guerrero, jóvenes ataviados de
jaguar con cascos de cuero luchan a puñetazos
sobre una montaña sagrada para propiciar la lluvia.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
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• Karl A. Taube. Doctor. Profesor
de antropología en la Universidad de California,
Riverside. Especialista en arqueología e iconografía
de Mesoamérica.