A partir
del Renacimiento europeo, la concepción de
la belleza perfecta ha sido expresada por las culturas
occidentales a través del cuerpo y del rostro
humano en sus proporciones clásicas. Es por
ello natural que la modificación de la imagen
en cuanto a su simetría y a la proporción
de sus formas pueda representar para el observador
una dilución del ideal de belleza aprendido
y apreciado culturalmente. Lo anterior nos lleva
a comprender de forma cabal que un objeto no es
estético por sí mismo, lo será,
sólo, en la opinión del observador
que lo aprecie de tal manera.
La fisonomía humana, tantas veces representada
en la plástica maya del Clásico, es
evidencia ineludible de la concepción estética
que los antiguos mayas tenían de sí
mismos. Lo es también de la observación
minuciosa de sus artistas, quienes plasmaban a los
nobles personajes de manera fiel, retratando cada
una de las peculiaridades que los distinguían.
Durante poco más de cinco décadas
hemos sido sorprendidos por algunos de estos objetos
rescatados de los sepulcros, objetos que, de ser
comprendidos, nos llevan a un amplio conocimiento
de la cultura de la que forman parte. Se trata de
las máscaras funerarias de mosaico de piedra
verde, testimonio de ocasiones ceremoniales y de
eventos rituales de los antiguos pobladores, manifestación
material y concepción espiritual durante
su vida en la tierra.
El universo metafórico presente en el ritual
de enterramiento llega así hasta nosotros
de forma tangible, como vestigios de épocas
pasadas que en realidad han de considerarse como
verdaderas obras de arte de exquisita manufactura
y fuente de acercamiento a esa antigua civilización.
Son hallazgos que forman parte fundamental de ese
universo en vista de que el papel del rostro y en
general de la cabeza en el mundo prehispánico
son de suma importancia. Para la sociedad mesoamericana,
la cabeza era la parte del cuerpo donde podía
exhibirse la jerarquía de hombres y mujeres,
y era en el rostro donde se podía descubrir
el reflejo de la honra derivada de la edad y de
la valentía (López Austin, 1980).
Aquel personaje sepultado con un ajuar funerario
y una máscara de piedra verde se contaba
entre los elegidos de la sociedad maya, como lo
indican la valía y el significado del material
con el que se recreaba su rostro.
Los resultados de la investigación y el análisis
interdisciplinarios de estos mosaicos hablan de
ellos como de un testimonio vivo de la imagen de
esos hombres, quienes compartían el ideal
de la belleza divinizada representado en la deformación
de los rasgos de su rostro. Tanto en la máscara
de Pakal el Grande, de Palenque, como en aquellas
procedentes de las zonas arqueológicas de
Calakmul, Oxkintok, La Rovirosa y Dzibanché,
estas asimetrías no son fortuitas, se encuentran
plasmadas en las teselas que, al unirse con precisión
en el conjunto del mosaico, revelan las diferencias
antropomórficas, característica notable
de estos rostros que nos miran.
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