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PIEZA
Dos
máscaras de Dzibanché, Quintana Roo
Imágenes del Clásico
mesoamericano
Sofía
Martínez del Campo Lanz
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Máscara de la ofrenda de la
cámara 1 de la Estructura II o Templo de los
Cormoranes, Dzibanché, Quintana, Roo. Arriba:
Montaje de 1996. Página siguiente: Montaje de
2006, al concluir la nueva intervención en el
Taller de Restauración del Museo Nacional de
Antropología.
Fotos. izquierda: Archivo
Máscaras Funerarias. derecha: Gerardo
Cordero
A partir
del Renacimiento europeo, la concepción de
la belleza perfecta ha sido expresada por las culturas
occidentales a través del cuerpo y del rostro
humano en sus proporciones clásicas. Es por
ello natural que la modificación de la imagen
en cuanto a su simetría y a la proporción
de sus formas pueda representar para el observador
una dilución del ideal de belleza aprendido
y apreciado culturalmente. Lo anterior nos lleva
a comprender de forma cabal que un objeto no es
estético por sí mismo, lo será,
sólo, en la opinión del observador
que lo aprecie de tal manera.
La fisonomía humana, tantas veces representada
en la plástica maya del Clásico, es
evidencia ineludible de la concepción estética
que los antiguos mayas tenían de sí
mismos. Lo es también de la observación
minuciosa de sus artistas, quienes plasmaban a los
nobles personajes de manera fiel, retratando cada
una de las peculiaridades que los distinguían.
Durante poco más de cinco décadas
hemos sido sorprendidos por algunos de estos objetos
rescatados de los sepulcros, objetos que, de ser
comprendidos, nos llevan a un amplio conocimiento
de la cultura de la que forman parte. Se trata de
las máscaras funerarias de mosaico de piedra
verde, testimonio de ocasiones ceremoniales y de
eventos rituales de los antiguos pobladores, manifestación
material y concepción espiritual durante
su vida en la tierra.
El universo metafórico presente en el ritual
de enterramiento llega así hasta nosotros
de forma tangible, como vestigios de épocas
pasadas que en realidad han de considerarse como
verdaderas obras de arte de exquisita manufactura
y fuente de acercamiento a esa antigua civilización.
Son hallazgos que forman parte fundamental de ese
universo en vista de que el papel del rostro y en
general de la cabeza en el mundo prehispánico
son de suma importancia. Para la sociedad mesoamericana,
la cabeza era la parte del cuerpo donde podía
exhibirse la jerarquía de hombres y mujeres,
y era en el rostro donde se podía descubrir
el reflejo de la honra derivada de la edad y de
la valentía (López Austin, 1980).
Aquel personaje sepultado con un ajuar funerario
y una máscara de piedra verde se contaba
entre los elegidos de la sociedad maya, como lo
indican la valía y el significado del material
con el que se recreaba su rostro.
Los resultados de la investigación y el análisis
interdisciplinarios de estos mosaicos hablan de
ellos como de un testimonio vivo de la imagen de
esos hombres, quienes compartían el ideal
de la belleza divinizada representado en la deformación
de los rasgos de su rostro. Tanto en la máscara
de Pakal el Grande, de Palenque, como en aquellas
procedentes de las zonas arqueológicas de
Calakmul, Oxkintok, La Rovirosa y Dzibanché,
estas asimetrías no son fortuitas, se encuentran
plasmadas en las teselas que, al unirse con precisión
en el conjunto del mosaico, revelan las diferencias
antropomórficas, característica notable
de estos rostros que nos miran.
Dos máscaras de Dzibanché, Quintana
Roo, son el último ejemplo. Ambas fueron
recuperadas a principios de los noventa del siglo
xx durante el “Proyecto Especial Sur de Quintana
Roo”, dirigido por Enrique Nalda en colaboración
con Luz Evelia Campaña. La primera máscara
proviene de la ofrenda de la cámara 1 de
la Estructura II o Templo de los Cormoranes y, por
fortuna, sus teselas conservaron en alguna medida
el orden del mosaico luego de la desaparición
de su soporte original en el contexto arqueológico.
No así la segunda, proveniente de un entierro
secundario al que corresponde la ofrenda del nicho
en la escalera de la Estructura I o Templo del Búho,
que se encontró totalmente dispersa en el
interior del nicho que la resguardaba. Poco después
de su descubrimiento, en 1996, las dos máscaras
fueron reconstruidas y conservaron la fisonomía
de la primera propuesta hasta principios de 2006,
cuando dio inicio la nueva intervención en
el Taller de Restauración del Museo Nacional
de Antropología.
Concluido su nuevo montaje, estos mosaicos de piedra
verde representan el semblante de dos hombres adultos
sin marcados rasgos de expresión que denoten
una edad avanzada, pero con una perceptible deformación
craneana que se refleja en una frente plana, ancha
e inclinada, en la disparidad del tamaño
de los ojos y en la prominencia de uno de los lados
del rostro; ambos muestran un mentón redondeado,
su barbilla está proyectada hacia adelante
y la región central de la cara es corta en
proporción con la de la frente y la del mentón,
como lo es también la de la actual población
maya de la zona, de acuerdo con el análisis
antropométrico realizado por la Dra. Josefina
Bautista (daf, inah). Aunque existen semejanzas
entre ellas, es evidente su individualidad. En la
máscara del Templo del Búho, por ejemplo,
las aplicaciones de concha que conforman los ojos
están en posición paralela y no rasgada,
como es común en estas piezas, y posee solamente
tres incisivos superiores, en lugar de cuatro o
dos al centro, lo que podría considerarse
como un rasgo distintivo del personaje. Las piezas
de concha de los ojos pertenecen a la especie Unio
sp., mientras que las de caracol que conforman los
dientes son de la especie Turbinela, según
la identificación del arqueólogo Adrián
Velázquez (mtm) y la bióloga Norma
Valentín (SLAA, INAH.)
A diferencia de los mosaicos restaurados con anterioridad
durante el proyecto de restauración “Máscaras
funerarias”, la materia prima que los conforma
no es el jade sino la crisoprasa, una variedad de
calcedonia de color verde, material identificado
por vez primera en este tipo de objetos por el ingeniero
Ricardo Sánchez (SLAA, INAH). La naturaleza
del material de manufactura convierte a estas máscaras
en piezas excepcionales, junto con el mosaico también
proveniente de la Tumba 1, cámara 3, del
Templo de los Cormoranes (Martínez del Campo
Lanz, 2006).
Sean de jade o de crisoprasa cada máscara
es única, dado que conserva el contexto histórico
en el que fue creada, las transformaciones que ha
sufrido y, en una medida que no debemos subestimar,
la esencia de los artistas o artesanos que la crearon
ya que, para los pueblos mesoamericanos, el artista
es el lazo con el mundo espiritual expresado en
sus formas históricas de símbolos
e imágenes. Ahora, en el proyecto abocado
a su restauración, esta herencia nos ha ido
acercando a la precisión de la forma y los
detalles, al conocimiento de los personajes y su
imagen, a la concepción de la belleza perfecta
durante el Clásico mesoamericano, ideal de
la belleza divinizada. |

Máscara de la ofrenda del nicho
en la escalera de la Estructura I o Templo del Búho,
Dzibanché, Quintana, Roo. Arriba: Montaje de
1996. Página siguiente: Montaje de 2006, al concluir
la nueva intervención en el Taller de Restauración
del Museo Nacional de Antropología.
Fotos. izquierda: Archivo
Máscaras Funerarias. derecha: Gerardo
Cordero
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Sofía Martínez del Campo Lanz. Licenciada
en restauración de bienes muebles por la ENCRYM,
INAH. Se ha especializado en la restauración
de ajuares y máscaras funerarias de jade y concha.
Coordinadora del Proyecto Máscaras Funerarias
de la CNMA, INAH.
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