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Durante las exploraciones
monumentales que llevó a cabo Jorge R. Acosta en
la zona arqueológica de Tula (1955 y 1960), efectuó
la excavación, consolidación y restauración
del Edificio 3, mejor conocido como Palacio Quemado. Esos
trabajos se registraron en informes y publicaciones, en
los que se mencionan los objetos y elementos arquitectónicos
que se descubrieron, no sólo en el Palacio Quemado
sino también en otros edificios que circundan la
plaza principal de Tula Grande (Acosta, 1956, 1957-58
y 1960).
El Palacio Quemado, considerado uno de los conjuntos arquitectónicos
más complejos, está compuesto por tres amplias
salas, cuya techumbre estaba sostenidas por columnatas.
En cada sala se construyó un “impluvio”
o patio interno abierto, que funcionaba como recolector
de agua, área de ventilación y entrada de
luz. El acceso a cada una de estas salas era independiente,
sin comunicación entre sí.
Los muros y columnatas del Palacio Quemado se construyeron
sin cimentación, sobre una plataforma que cubrió
construcciones más antiguas y rellenos de piedra
alternados con lodo. Los muros son de adobe, que se encontraban
pintados en forma de franjas en rojo, amarillo, azul,
blanco y negro, como el descubierto entre el pasillo del
Palacio Quemado y el Edificio B.
Las columnatas de la Sala 2 y el Vestíbulo Sur
son cuadrangulares, construidas con maderos y dejando
el centro para ser rellenado con barro y pequeñas
piedras; en la salas 1 y 3, el Vestíbulo Oeste
y los cuartos de la parte norte, las columnas son circulares.
FUNCIONES DEL PALACIO
El nombre de Palacio Quemado se
debe a dos razones. Lo de quemado porque hay frisos con
alteración en sus colores, el techo desplomado,
vigas carbonizadas y algunos adobes convertidos en ladrillos
debido a la intensidad del incendio, que fue provocado
intencionalmente. El nombre de palacio se debe a que es
un edificio alargado, con elementos arquitectónicos
complejos y porque se cree que es un recinto relacionado
con la administración o la burocracia.
Guadalupe Mastache y Robert H. Cobean (1985) han propuesto
que en el recinto monumental no hay un edificio con las
características de una residencia real, y que no
hay evidencias de que el Edificio K, el Palacio Quemado
o las estructuras asociadas a las Pirámides B y
C fueran estructuras residenciales. Sin embargo, es probable
que los tres grandes conjuntos asociados a la Pirámide
B –el Palacio al Este, el Palacio de Quetzalcóatl
y el Palacio Quemado– constituyeran un gran complejo
arquitectónico que funcionaba en conjunto como
palacio real, y que cada uno de los edificios tuviera
funciones complementarias, con espacios para actividades
rituales, administrativas y de gobierno.
Luego de los trabajos de Jorge R. Acosta en el Palacio
Quemado no se demostró que el edificio fuera residencial,
pues no se encontraron fogones, basureros, ni otros elementos
característicos de las unidades habitacionales.
Sin embargo, en la Sala 1 se descubrieron vasijas de uso
doméstico y ceremonial (pipas, incensarios y braseros),
que fueron aplastadas cuando se cayó la techumbre
del edificio durante el incendio, lo que hace suponer
que se trataba de una bodega.
En las salas 1 y 2 se localizaron frisos que adornaban
los “impluvios”, en los que se veían
un tezcacuitlapilli (disco solar), un cuauhxicalli
(vasija con corazones sangrando) y figuras humanas recostadas
y con el cuerpo torcido hacia un lado y las piernas flexionadas,
que han sido interpretadas como representaciones de jefes
de la antigua Tollan. En esas salas también se
descubrieron altares adosados a las banquetas y los muros.
Las banquetas constan de un talud rematado por una cornisa
que forma el asiento, y en la parte posterior llevan un
ligero muro en talud, que funciona como respaldo. Sahagún
señala que los teoicpalli (tronos de piedra)
mexicas eran sillas señoriales de alto rango o
jerarquía. En los códices también
se aprecia lo anterior, por lo que suponemos que las banquetas
del Palacio Quemado fueron usadas por los sacerdotes y
gobernantes de Tollan.
ARTÍCULO COMPLETO EN
LA EDICIÓN IMPRESA
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Luis Manuel Gamboa Cabezas. Maestro en arqueología.
Investigador del Centro INAH Hidalgo, trabaja en la zona
arqueológica de Tula. Se ha especializado en el
estudio de la sociedad tolteca desde una perspectiva urbanística
y desarrolla un proyecto cartográfico sobre el
crecimiento de la ciudad de Tula.
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