El
estudio del politeísmo mexica a partir de la
iconografía contribuye a un mejor conocimiento
tanto de la estructura y el funcionamiento de la cosmovisión
como de la organización social y política
de ese pueblo.

Las glosas en los códices coloniales
permiten identificar a los dioses y sus atavíos.
El dios Xipe Tótec con la lista de sus atavíos
en náhuatl. Fray Bernardino de Sahagún,
Primeros Memoriales, f. 263r. Reprografía: Boris
de Swan / Raíces
Los
primeros cronistas españoles se asombraron con
la enorme cantidad de dioses venerados por los antiguos
mexicanos, ¡no menos de 2 000 deidades según
Francisco López de Gómara! Al mismo tiempo
no dejaron de reconocer –fray Bartolomé
de las Casas, por ejemplo– el parecido entre esta
proliferación de dioses y el politeísmo
de los antiguos egipcios, griegos y romanos, entre otros
pueblos. De hecho ha sido muy difícil para el
pensamiento occidental –en el que predominan los
conceptos de un Dios único y de una sola verdadera
fe– concebir el politeísmo de sociedades
ajenas: se le consideró a menudo una forma “primitiva”
de religión, cuya evolución hacia el monoteísmo
era inevitable; o bien, a la inversa, el resultado de
la “degeneración” de un supuesto
“monoteísmo original”. Es decir,
se analizó la pluralidad de dioses tomando el
monoteísmo como base de reflexión, según
una lógica etnocentrista y evolucionista que
perduró hasta el siglo XX.
Entre los pioneros en el estudio de los sistemas politeístas
destaca Georges Dumézil, quien analizó
los panteones de los antiguos indoeuropeos según
un modelo tripartita que estructuraba la ideología
y la sociedad de esos pueblos. En cuanto a las múltiples
deidades mesoamericanas, autores como Eduard Seler,
Hermann Beyer, Alfonso Caso, Paul Kirchhoff y otros
más, se dieron a la tarea de identificarlas y
clasificarlas, tomando en cuenta sus nombres y atavíos,
sus vínculos con el calendario y su asociación
con los astros. Por su parte, Luis Reyes García,
Pedro Carrasco y Alfredo López Austin analizaron
a los dioses en sus contextos sociales y políticos,
destacando su papel como “patronos” de gremios,
grupos étnicos y entidades políticas.
Sobre el panteón mexica, cabe mencionar la clasificación
propuesta por Henry B. Nicholson, quien agrupó
a los dioses en tres grandes grupos: 1) deidades
celestes creadoras; 2) deidades agrícolas
de la lluvia y de la fertilidad; 3) deidades
de la guerra y del sacrificio, cada grupo compuesto
por diferentes “complejos” presididos por
importantes dioses (Ometéotl, Tezcatlipoca, Xiuhtecuhtli,
Tláloc, etcétera). Más allá
de estas clasificaciones, Michel Graulich evidenció
el carácter dinámico de las deidades –que
se transforman según diversos ciclos temporales
y míticos–, mientras que Alfredo López
Austin analizó los procesos de “fusión”
y “fisión” de los dioses –es
decir, cuando un conjunto de dioses aparece también
como una sola deidad y cuando una deidad se divide en
distintos dioses que corresponden a varios de sus aspectos–,
así como los nexos entre iconografía,
mitos y organización política.
Identificar
a los dioses: nombres y atavíos
En manuscritos realizados poco después de la
conquista, como el Códice Tudela, el
Códice Telleriano-Remensis o los Primeros
Memoriales de fray Bernardino de Sahagún
y sus informantes indígenas, se combinan representaciones
de deidades copiadas o inspiradas en códices
prehispánicos con glosas en español o
en náhuatl que explican esas imágenes.
Fueron de gran ayuda para los especialistas que intentaron
identificar a las múltiples deidades plasmadas
en estatuas, pinturas murales, bajorrelieves y manuscritos
pictográficos. Cabe señalar que todos
y cada uno de los elementos iconográficos que
componen las complejas figuras divinas son significativos:
peinados, tocados, pintura facial y corporal, orejeras,
narigueras, diversas prendas de vestir, tipo de sandalias,
objetos que portan, etcétera.
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Guilhem Olivier. Doctor
en historia. Investigador en el Instituto de Investigaciones
Históricas y profesor en la Facultad de Filosofía
y Letras, UNAM.