A mi gran cuate Guilhem
Olivier

La Piedra del Sol en un daguerrotipo, al
parecer uno de los primeros tomados en México.
Probablemente es obra del grabador francés Jean
Prelier Dudoille y sería de 1839 o 1840. foto:
George Eastman House
Siete
movimientos marcan la agitada historia del monolito
mexica. Es un viaje de casi quinientos años que
comienza en los pedregales del sur de la Cuenca de México,
hace un alto prolongado en la isla de Tenochtitlan y
concluye en el bosque de Chapultepec.
Como
toda piedra, la del Sol ha tenido como destino rodar
y rodar... Una y otra vez ha cambiado su emplazamiento
desde aquel remoto año de 1512, propuesto por
Hermann Beyer como fecha de su elaboración. A
decir de Ezequiel Ordóñez, el origen del
monolito más insigne de la civilización
mexica debe buscarse en el sur de la Cuenca de México.
El geólogo mexicano dio a conocer esta conclusión
en 1893, tras tomar varias muestras de la cara posterior
del monolito, analizarlas al microscopio e identificar
la materia prima como un basalto de olivino. Este tipo
de roca, de acuerdo con Ordóñez, es característico
de corrientes inferiores de lava solidificada, próximas
a las planicies ribereñas de los antiguos lagos
meridionales. Los principales derrames basálticos
de la Cuenca –hoy lo sabemos– se encuentran
tanto en el área del Pedregal de San Ángel
como al sur y el sureste de Xochimilco.
El
origen
Décadas más tarde, en 1923, el propio
Beyer intentó precisar el origen de la Piedra
del Sol. Para ello estableció la conexión
entre el insigne monumento y pasajes históricos
referentes a una enorme piedra sacrificial que Motecuhzoma
Xocoyotzin mandó buscar al sur de la Cuenca en
tiempos de su reinado (1502-1520 d.C.). Uno de dichos
pasajes se localiza en la Monarquía indiana
de fray Juan de Torquemada. Allí se afirma que
“concurrio grandisimo Gentío de toda la
Comarca” a Tenanitlan, es decir, al actual barrio
de San Ángel en el sur de la ciudad de México.
Ahí hallaron la piedra que requerían,
“la movieron de su lugar, y la fueron arrastrando
por el Camino, con grandisima solemnidad, haciendole
infinitos, y mui varios, y diferentes sacrificios, y
honras”. Pero el infortunio hizo que, al llegar
a Tenochtitlan, la piedra se precipitara desde un puente
del barrio de Xoloco, sumergiéndose en las someras
aguas de un canal. El franciscano concluye el relato
mencionando en forma lacónica que, a la postre,
“sacaronla con grandisimo trabajo, y dedicaronla
en el Templo de Huitçilopuchtli...”
El mismo acontecimiento es narrado por Hernando Alvarado
Tezozómoc en su Crónica mexicana,
aunque con importantes variaciones y un delicioso tono
fantástico. El historiador especifica que fueron
entre diez y doce mil las personas que se dieron cita
en el sur de la Cuenca, pero no en Tenanitlan, sino
en Acolco, localidad ubicada al sur de Míxquic
y Ayotzingo. Tezozómoc también afirma
que lo que encontraron fue una prodigiosa roca parlante
que se negaba a viajar hasta Tenochtitlan y que, al
caer en las aguas de Xoloco, regresó mágicamente
a Acolco, frustrando así los anhelos del segundo
Motecuhzoma.
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Leonardo López Luján.
Doctor en arqueología por la Université
de Paris X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor,
INAH. Profesor de la Escuela Nacional de Conservación,
Restauración y Museografía.