| |
Tras
muchos años de relativa calma, en 1994
el Popocatépetl entró en una nueva
fase eruptiva, y desde ese momento ha sido cuidadosamente
vigilado por autoridades y científicos.
Su actividad en el pasado, que incluye dos erupciones
de gran magnitud documentadas por geólogos
y arqueólogos, proporciona información
que nos ayuda a entender la compleja relación
entre la montaña humeante y las comunidades
prehispánicas que pueblan sus faldas
y los valles de ambos lados de la Sierra Nevada.
En 1519 el
volcán Popocatépetl emitía
una poderosa columna de “humo… que
salía con tanto ímpetu y ruido,
que parecía que toda la sierra se caía
abajo … ”, como lo informaron los
soldados que Hernán Cortés envió
cuando pasó por Cholula rumbo a Tenochtitlan,
para que investigaran el cráter de la
cima del volcán Popocatépetl.
En primer plano, se ve la Iglesia de la Virgen
de los Remedios, construida por los españoles
sobre la Gran Pirámide de Cholula, Puebla.
Foto: Guillermo Aldana
|
Al
pasar por Cholula en octubre de 1519, Hernán
Cortés (1940, pp. 67-68) se maravilló
de la gran montaña que emanaba “…tan
grande bulto de humo como una casa, y sube encima de
la sierra, hasta las nubes, tan derecho como una vira;
que según parece, es tanta la fuerza con que
sale, que aunque arriba en la sierra anda siempre muy
recio viento, no lo puede torcer”. Intrigado,
envió entonces a diez de sus hombres con guías
locales a subir a la cima para “…saber el
secreto de aquel humo de dónde y cómo
salía”, y, al acercarse, “…dicen
que salía con tanto ímpetu y ruido, que
parecía que toda la sierra se caía abajo”.
Éste constituye el primer relato español
sobre el Popocatépetl, la “montaña
humeante”, pero las comunidades indígenas
conocían una tradición más larga
basada en su propia experiencia con el enorme volcán,
que, como ahora sabemos gracias a investigaciones geológicas
y arqueológicas, tuvo numerosos estallidos antes
de 1519, que en ocasiones provocaron formidables desastres
ecológicos para los habitantes de los alrededores
de la Sierra Nevada (Plunket y Uruñuela, 2008).
En la Leyenda de los Soles (1558), voces nahuas
relatan la historia de cuatro creaciones (o soles) que
fueron destruidas por distintas fuerzas naturales. Ahí
se narra que el tercer sol fue extinguido por una lluvia
de fuego:
Su signo era 4-Lluvia.
Se decía Sol de Lluvia [de fuego]. Sucedió
que durante él llovió fuego, los que en
él vivían se quemaron. Y durante él
llovió también arena. Y decían
que en él llovieron las piedrezuelas que vemos,
que hirvió la piedra tezontle y que entonces
se enrojecieron los peñascos (en León-Portilla,
1964, p. 39).
La descripción
no deja duda de que el mito hace referencia a una erupción
volcánica de proporciones monumentales, no igualada
por ninguna que haya habido en tiempos históricos
en el altiplano, pues en ningún texto de los
últimos cuatro siglos se describe un evento que
pudiera ser de magnitud mayor al nivel 3 en el índice
de explosividad volcánica (IEV, calculado con
base en la masa expulsada y la altura de la columna
eruptiva en una escala de 0-8). De hecho, los geólogos
sólo han registrado cuatro o cinco sucesos catastróficos
del Popocatépetl en los últimos 5 000
años (Delgado y Trilling, 2008, p. 1). Desafortunadamente
para las poblaciones prehispánicas del Centro
de México, pero afortunadamente para la arqueología,
dos de estos acontecimientos tuvieron un notable impacto
sobre el paisaje de la Sierra Nevada y dejaron clara
evidencia de su violencia en los asentamientos cercanos.
La
erupción del siglo i
El primero de esos dos eventos tomó lugar a mediados
del primer siglo de nuestra era, cuando el volcán
emitió una columna eruptiva que alcanzó
entre 20 y 30 km de altura y cuyo colapso depositó
3.2 km3 de piedra pómez
sobre el flanco nor-oriental de la montaña (Panfil
et al., 1999). Cientos de casas en las laderas
fueron sepultadas por el material piroclástico,
y la evidencia arqueológica enseña que,
aunque la población escapó del cataclismo,
tuvo que abandonar buena parte de sus bienes al huir.
Este tipo de erupción pliniana frecuentemente
se acompaña de aguaceros intensos y tormentas
eléctricas espectaculares, lo que seguramente
provocó aún más miseria y pánico
entre los habitantes de las faldas del volcán.
Poco después, un masivo flujo de lava cubrió
otros 50 km2 del fértil
pie de monte y creó un voluminoso pedregal que
alteró la hidrología del occidente del
valle de Puebla y exacerbó la destrucción
y los problemas que enfrentaban las comunidades.
TEXTO COMPLETO EN LA
EDICIÓN IMPRESA
_____________________
• Patricia Plunket Nagoda. Doctora
en arqueología por la Tulane University. Catedrática,
investigadora y jefa del Departamento de Antropología
de la Universidad de las Américas en Cholula,
Puebla. Ha publicado sobre el ritual doméstico,
desastres naturales y procesos de abandono.
• Gabriela Uruñuela Ladrón
de Guevara. Doctora en arqueología por la UNAM.
Catedrática e investigadora del Departamento
de Antropología de la Universidad de las Américas
en Cholula, Puebla. Directora del Museo de la Ciudad
de Cholula. Sus publicaciones abordan la bioarqueología,
las prácticas mortuorias, la arqueología
de desastres y la organización doméstica.
|