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Las zonas arqueológicas de Ranas y Toluquilla,
situadas al norte del estado de Querétaro
y al sur de la Sierra Gorda, se encuentran en un
ambiente boscoso, en un nicho ecológico que
va del noroeste al sureste de la sierra. Este nicho
cuenta con grandes elevaciones de más de
3 000 msnm que sirven de barrera o parteaguas para
los vientos que vienen del Golfo de México,
lo cual hace que predomine la neblina y el desarrollo
de bosques de coníferas y encinares.
Este ambiente se encuentra rodeado al oriente, poniente
y sur por lomas bajas que experimentan el efecto
de sombra de lluvia, ya que el agua cae en las altas
montañas, de forma que llueve poco y se genera
un sistema de semidesierto, con vegetación
de cactáceas y matorrales bajos espinosos.
La mayor parte de la sierra está compuesta
por rocas calizas con fallas geológicas que
permiten la acumulación de minerales como
mercurio, plomo, zinc, plata, oro y pequeñas
cantidades de cobre y arsénico. En la época
prehispánica se aprovecharon los óxidos
de hierro, que se presentan como tierra roja, conocida
como almagre, y el sulfuro rojo de mercurio, conocido
localmente como granate o cinabrio. Estos productos,
usados como pigmentos en la antigüedad, se
localizaron en las minas de explotación subterránea
y de cielo abierto.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
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Elizabeth Mejía Pérez Campos.
Arqueóloga por la ENAH, y profesora en la
ENAH y en la Universidad Autónoma de Querétaro.
Miembro del IIA de la UNAM. Desde 1993 es directora
del Proyecto Toluquilla. Encargada del Proyecto
de la Momia de Querétaro.
Alberto Herrera Muñoz. Arqueólogo
por la ENAH. Ha estudiado la minería de cinabrio
en la Sierra Gorda desde hace 20 años. Director
del Proyecto Ranas y sus Minas, INAH.
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