|
Uno de los rasgos más distintivos
de Chichén Itzá son los cenotes, y entre
ellos destaca, en el centro de esta antigua ciudad, el
Cenote Sagrado, también conocido como Cenote de
los Sacrificios o cenote Chenkú. Éste se
encuentra al final de la Calzada 1, aproximadamente 300
m al norte del Castillo, la estructura principal de Chichén
Itzá. El cenote tiene 60 metros de diámetro
y el espejo de agua se encuentra a 22 m; la máxima
profundidad del cenote es de 13.50 metros.
La Relación de las cosas de Yucatán es uno
de los documentos históricos del siglo xvi en que
se alude al Cenote Sagrado. Su autor, el obispo Diego
de Landa, consignó que a él se arrojaban
personas vivas y diversos objetos, prácticas que
los mayas continuaron realizando hasta el momento del
contacto con los españoles, quienes impusieron
un nuevo orden social, político, económico
e ideológico.
Durante el siglo XIX, el Cenote Sagrado fue visitado por
un gran número de viajeros y exploradores, quienes
se maravillaron no sólo por sus dimensiones sino
también por el hecho de que siviera para realizar
sacrificios humanos. Estas visitas a Chichén Itzá
produjeron numerosas descripciones, entre las que destacan
las de Benjamin Norman y John L. Stephens. De acuerdo
con Norman, la orilla del cenote pudo haber sido el lugar
donde los antiguos caciques mayas susurraron palabras
de amor a sus prometidas. Para Stephens, el cenote fue
un punto de peregrinaje relacionado con el sacrificio
humano y con ritos “supersticiosos”. A finales
del siglo XIX, tomando en consideración tanto la
función que Stephens le asignó como las
descripciones del obispo Landa, el cenote fue reconocido
como un lugar en donde se realizaban sacrificios, y se
convirtió en el foco de investigaciones subacuáticas
que comenzaron en 1882 y concluyeron en 1968.
Esas investigaciones pueden dividirse en dos periodos.
El primero abarca de 1882 a 1909 y fueron realizadas por
viajeros y exploradores, es decir, aficionados a la arqueología.
El segundo comenzó en 1961 y concluyó en
1968, y se caracterizó por la intervención
de arqueólogos y por procedimientos de estudio
más sistemáticos.
1882-1909
En el primer periodo se efectuaron dos estudios. El primero
de ellos estuvo a cargo del explorador francés
Désiré Charnay, quien en 1882 intentó
dragar el cenote utilizando una máquina Toselli
de sondeo automático, que constaba de un cucharón
tipo almeja. Este cucharón es la parte recolectora
y se asemeja a dos grandes valvas que se cierran automáticamente
al hacer contacto con los objetos. Sin embargo, la máquina
Toselli empleada por Charnay no tuvo éxito debido
a que el suelo del cenote, por debajo del agua, es muy
disparejo, además de que hay una gran cantidad
de piedras y troncos de árbol que forman parte
de la gruesa capa de sedimento. Por lo tanto, el objetivo
de Charnay de recuperar objetos del cenote resultó
infructuoso y pronto desistió de sus intentos.
A principios del siglo XX, el Cenote Sagrado fue de nueva
cuenta objeto de estudio y en esta ocasión correspondió
al norteamericano Edward Thompson explorarlo por medio
de una draga. Entre 1904 y 1907, Thompson se dedicó
al dragado sistemático y encontró vasijas
cerámicas, piezas de jade, obsidiana, cristal de
roca, caracol y concha, piedra caliza, pedernal, madera,
tumbaga, oro, textiles y restos esqueléticos que
fueron ofrendados al cenote. En 1909, y debido al éxito
obtenido con el dragado, Thompson cambió de técnica
y utilizó el buceo con escafandra. Las inmersiones
en las aguas del Cenote Sagrado también fueron
exitosas, pues continuaron recuperándose objetos
y restos óseos, cuyo destino final fue el Museo
Peabody, en Cambridge, Estados Unidos. Esta institución
patrocinó las investigaciones de Thompson en Chichén
Itzá hasta 1909, año en el cual concluyeron.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
_____________________
Rafael Cobos. Profesor-investigador
de la Universidad Autónoma de Yucatán. Doctor
por la Universidad de Tulane, Nueva Orleáns. Realiza
investigaciones en la costa norte de Yucatán. |