Hacer un análisis histórico de la forma en que las sociedades que nos antecedieron vivieron y se apropiaron de los espacios en que tuvo lugar su existencia es particularmente complejo en el presente siglo, más aún si analizamos y explicamos esos espacios y su arquitectura en función de la salud pública y no como el estudio de las construcciones, de la disposición de los materiales para edificar casas, edificios y calles, o como manifestaciones exclusivamente artísticas. Hoy en día esas expresiones de los grupos sociales han dejado de ser predominantemente descriptivas para convertirse en tema de análisis e interpretación de acuerdo con métodos y técnicas surgidos de las ciencias sociales en interacción con las biológicas.
La historia y la antropología física –al revisar la importante y rica documentación que existe sobre aspectos sanitarios e higiene urbana del periodo virreinal y el México independiente, conjuntamente con los materiales óseos recuperados en los diversos trabajos de exploración– han enfocado la investigación hacia esos aspectos. Esto ha permitido explicar las causas demográficas, sociales, políticas, económicas e ideológicas que dieron origen a un importante número de enfermedades –varias de las cuales se convirtieron en epidemias, pandemias y endemias en función del paisaje material, que es determinante–, y entender las estructuras habitacionales, públicas y domésticas con el objeto de no sólo describir las formas urbanas y arquitectónicas, sino de abordar la historia de la construcción como la expresión del medio de vida de una sociedad. Así, en ella se reflejan los hábitos de alimentación, limpieza personal, aseo de la vivienda; aspectos como hacinamiento, contaminación del agua y la comida, existencia de residuos en la vía pública, temperatura ambiente, humedad, desechos orgánicos en descomposición, lodazales y agua estancada, así como la convivencia con animales y sus parásitos, por mencionar sólo algunos elementos. Todo ello llevó a que las autoridades virreinales emitieran constantes ordenanzas y bandos para regular la salud urbana.
De tal forma, si consideramos el espacio arquitectónico-urbano como el lugar donde se realizan todas las actividades que integran el modo de vida de una sociedad, podemos inferir un sinnúmero de características que, de otra forma, no podrían reconocerse. Ya que la arquitectura y el urbanismo son fenómenos sociales que se dan en el transcurso del tiempo histórico, es necesario ubicar el momento y el lugar, pues ambos son el marco de referencia para analizar sus premisas y naturaleza.
Transformación de los centros urbanos
Los centros urbanos novohispanos que surgieron a partir del siglo XVI fueron objeto de importantes y continuas transformaciones en lo que a materia de salubridad se refiere, y entre ellas destacan las efectuadas entre 1760 y 1850, lapso en el que las ideas que dieron origen al urbanismo neoclásico se relacionaron estrechamente con las vinculadas a la salud pública. Debido a los nuevos conceptos morales-higienistas, en concordancia con el pensamiento ilustrado, se estableció como principio la indagación científica, que concedía a los efectos del aire un papel fundamental para la salud.
Al ponerse en boga las ideas de las corrientes mecanicistas y circulacionistas se propició la investigación para analizar la relación entre morbilidad, mortalidad y medio ambiente, y se dispuso que los espacios de la ciudad debían adaptarse a la fluidez del aire y del agua con el fin de prevenir y curar las enfermedades. Se buscaron alternativas basadas en la teoría circulacionista, según la cual la circulación sanguínea es el imperativo de los movimientos del aire, del agua y de los productos. Así, lo contrario de lo insalubre es el movimiento, es decir, si el espacio urbano no tenía circulación, esto era un factor determinante para la incubación, transmisión y propagación de los males (Salas y Salas, 2005).
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