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Cuando pienso en la vida y en la trayectoria
de una de las arqueólogas más importantes
de la segunda mitad del siglo XX mexicano vienen a mí,
aparentemente sin razón alguna, aquellos primeros
versos de Hölderlin que proclamaban: “Jamás
me resignaré a que los pasos del adolescente sean
como los de un encarcelado”.
Después de un momento comprendí esta repentina
asociación entre el poema y la vida de Guadalupe
Mastache: ella ha sido la estudiante más joven
en toda la existencia de la Escuela Nacional de Antropología
e Historia (ENAH); tenía 16 años cuando
ingresó al programa de maestría de la escuela.
A partir de entonces, pareciera que Guadalupe Mastache,
desde esa edad en que la mayoría vive ensimismado
entre la duda y el temor, hubiera hecho suyas las palabras
del poeta: su entusiasmo incansable, su vehemencia siempre
juvenil en el estudio y la divulgación de los descubrimientos
arqueológicos fueron su característica esencial.
La precoz inteligencia de su mirada nunca la abandonó.
Éste fue un rasgo de la arqueóloga, pero
también fue un signo de los tiempos. Hoy quizá
lo olvidemos, pero cuando Mastache entró a la escuela,
el Instituto Nacional de Antropología e Historia
(INAH) estaba saliendo de su adolescencia, era apenas
unos años mayor que Guadalupe, pues había
cumplido sus primeros 20 años. Por ello, hemos
de pensar en la manera en que la vida de Guadalupe Mastache
y la del inah se entrelazaron con el espíritu de
una época y cómo mutuamente se explican.
Alboreaban los sesenta, la enah contaba con 150 estudiantes,
y la obra de Gordon Childe en arqueología, y la
de Robert Redfield en antropología, causaban furor
entre el estudiantado. Era la década de los jóvenes,
la década en que artistas y escritores se preguntaban,
una vez más, qué es México, qué
son los mexicanos. Octavio Paz, Juan Rulfo y Juan José
Arreola eran ya referencias obligadas en esa búsqueda
por los laberintos de la nacionalidad, y la Generación
de la Ruptura preparaba su asalto a la cortina de nopal.
Los jóvenes antropólogos no podían
ser, y por supuesto no fueron, ajenos a esta constante
puesta en cuestión.
Guadalupe Mastache tuvo la fortuna de disfrutar, en ese
contexto de cambio, de la sólida enseñanza
de figuras ya legendarias en la historia de la antropología
mexicana. La suya fue una de las últimas generaciones
que contó con el honor de tener como maestros a
esa verdadera plana mayor que fueron Wigberto Jiménez
Moreno, Pedro Bosch Gimpera, José Luis Lorenzo,
Paul Kirchhoff, Barbro Dahlgren y, entre tantos otros,
esa infatigable promotora de la revolución cubana
que fue Calixta Guiteras.
Pero la misma ENAH no escapaba a los vientos del cambio.
Y en esos peculiares movimientos que hacen del INAH un
espacio siempre vivo, resulta que fue una de sus figuras
señeras quien encauzó y dio dirección
a la necesidad de una transformación en la enseñanza
y la investigación. Según platica Eduardo
Matos, fue José Luis Lorenzo quien introdujo a
los estudiantes en la lectura de Gordon Childe y a la
conciencia de que el empleo de laboratorios y las nuevas
tecnologías eran fundamentales para sistematizar
la investigación arqueológica.
Poco a poco se fue creando un antagonismo entre los tradicionalistas
y los renovadores. Si recordamos que fue Lorenzo quien
dirigió la tesis de maestría de Mastache,
podemos imaginar a qué posición estaba ella
adscrita. Dejo el final del cuento a un posible y necesario
biógrafo de Guadalupe Mastache, pero no puedo dejar
pasar una pista que pinta de cuerpo entero el carácter
de la arqueóloga y a la forma en que trabajó:
cuando participó en las excavaciones del Proyecto
de Teotihuacan bajo la dirección de Ignacio Bernal,
desoyendo las indicaciones de ese hito del instituto,
quien consideraba que no era un sitio significativo, Guadalupe
realizó una excavación en la cual descubrió
el emblemático Mural de Animales Mitológicos.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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César Moheno. Historiador. Entre sus publicaciones
se cuentan Las historias y los hombres de San Juan; En
la nostalgía del futuro. La vida en el bosque indígena
de Michoacán; Mayas. Espacios de la memoria.
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