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EL ESTADO DE GUERRERO, UN TERRITORIO POR DESCUBRIR

ÍNDICE 82  
DOSIER: Arqueología de Guerrero Guía de Viajeros. Guerrero

La época prehispánica en Guerrero

Ídolos en los altares
El estilo olmeca en Guerrero PIEZA: La concha grabada
La Organera-Xochipala, Guerrero SEMBLANZA: Guadalupe Mastache (1942-2004)
Sitio preurbano en la región Mezcala ARQUEOLOGÍA: Falsificando la historia
Los códices histórico/territoriales en Guerrero ICONOGRAFÍA: Escudos de armas tlaxcaltecas
Ichcateopan y los restos de Cuauhtémoc DOCUMENTO: Códice de Dresde

SEMBLANZA

Guadalupe Mastache (1942-2004)
César Moheno


Guadalupe Mastache en Tula, Hidalgo.
Foto: Robert Cobean. fotomontaje: ing. Ángel Conde

Cuando pienso en la vida y en la trayectoria de una de las arqueólogas más importantes de la segunda mitad del siglo XX mexicano vienen a mí, aparentemente sin razón alguna, aquellos primeros versos de Hölderlin que proclamaban: “Jamás me resignaré a que los pasos del adolescente sean como los de un encarcelado”.
Después de un momento comprendí esta repentina asociación entre el poema y la vida de Guadalupe Mastache: ella ha sido la estudiante más joven en toda la existencia de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH); tenía 16 años cuando ingresó al programa de maestría de la escuela.
A partir de entonces, pareciera que Guadalupe Mastache, desde esa edad en que la mayoría vive ensimismado entre la duda y el temor, hubiera hecho suyas las palabras del poeta: su entusiasmo incansable, su vehemencia siempre juvenil en el estudio y la divulgación de los descubrimientos arqueológicos fueron su característica esencial. La precoz inteligencia de su mirada nunca la abandonó.
Éste fue un rasgo de la arqueóloga, pero también fue un signo de los tiempos. Hoy quizá lo olvidemos, pero cuando Mastache entró a la escuela, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) estaba saliendo de su adolescencia, era apenas unos años mayor que Guadalupe, pues había cumplido sus primeros 20 años. Por ello, hemos de pensar en la manera en que la vida de Guadalupe Mastache y la del inah se entrelazaron con el espíritu de una época y cómo mutuamente se explican.
Alboreaban los sesenta, la enah contaba con 150 estudiantes, y la obra de Gordon Childe en arqueología, y la de Robert Redfield en antropología, causaban furor entre el estudiantado. Era la década de los jóvenes, la década en que artistas y escritores se preguntaban, una vez más, qué es México, qué son los mexicanos. Octavio Paz, Juan Rulfo y Juan José Arreola eran ya referencias obligadas en esa búsqueda por los laberintos de la nacionalidad, y la Generación de la Ruptura preparaba su asalto a la cortina de nopal. Los jóvenes antropólogos no podían ser, y por supuesto no fueron, ajenos a esta constante puesta en cuestión.
Guadalupe Mastache tuvo la fortuna de disfrutar, en ese contexto de cambio, de la sólida enseñanza de figuras ya legendarias en la historia de la antropología mexicana. La suya fue una de las últimas generaciones que contó con el honor de tener como maestros a esa verdadera plana mayor que fueron Wigberto Jiménez Moreno, Pedro Bosch Gimpera, José Luis Lorenzo, Paul Kirchhoff, Barbro Dahlgren y, entre tantos otros, esa infatigable promotora de la revolución cubana que fue Calixta Guiteras.
Pero la misma ENAH no escapaba a los vientos del cambio. Y en esos peculiares movimientos que hacen del INAH un espacio siempre vivo, resulta que fue una de sus figuras señeras quien encauzó y dio dirección a la necesidad de una transformación en la enseñanza y la investigación. Según platica Eduardo Matos, fue José Luis Lorenzo quien introdujo a los estudiantes en la lectura de Gordon Childe y a la conciencia de que el empleo de laboratorios y las nuevas tecnologías eran fundamentales para sistematizar la investigación arqueológica.
Poco a poco se fue creando un antagonismo entre los tradicionalistas y los renovadores. Si recordamos que fue Lorenzo quien dirigió la tesis de maestría de Mastache, podemos imaginar a qué posición estaba ella adscrita. Dejo el final del cuento a un posible y necesario biógrafo de Guadalupe Mastache, pero no puedo dejar pasar una pista que pinta de cuerpo entero el carácter de la arqueóloga y a la forma en que trabajó: cuando participó en las excavaciones del Proyecto de Teotihuacan bajo la dirección de Ignacio Bernal, desoyendo las indicaciones de ese hito del instituto, quien consideraba que no era un sitio significativo, Guadalupe realizó una excavación en la cual descubrió el emblemático Mural de Animales Mitológicos.
Como es sabido, cuando a Miguel Messmacher le fue arrebatada la coordinación del Proyecto Cholula en la segunda mitad de los sesenta, parecía que los tradicionalistas habían ganado. Sin embargo, y aquí aparece otra entrañable particularidad del INAH, poco después el querido Eduardo Matos fue integrado a la Dirección de Monumentos Prehispánicos, desde donde, mientras consolidaba su posición, fue sumando a la generación renovadora de la arqueología mexicana.
En este proceso, en 1972 Mastache comienza, junto con el empuje de la inolvidable Ana María Crespo, la labor de toda su vida, la investigación de la antigua ciudad de Tula, que se prolongaría por casi tres décadas. Renovación y continuidad signaron desde entonces la vida de Guadalupe Mastache y, como hemos visto, también la del mismo inah que, rechazando la tentación de Saturno, no devoró a sus hijos y supo conservar las tradiciones que fincaron sus orígenes.
Aunque su pasión vital fue descifrar los enigmas de la cultura tolteca, no podemos olvidar que Mastache impulsó la investigación y la conservación de más de 120 sitios arqueológicos en todo México. Durante la década de 1980 comienza su carrera como editora, en la que es justo destacar su papel fundador en las dos revistas claves de la disciplina en nuestro país: Arqueología y Arqueología Mexicana, entrelazando de nuevo su nombre y su historia personal con el destino y el perfil público del INAH.
No cabe duda que su inventiva e imaginación siempre la acompañaron en las arduas investigaciones de campo, las fundamentadas interpretaciones derivadas de los indicios arqueológicos y de una visión multidisciplinaria, para revelar numerosos aspectos sobre el desarrollo de la antigua ciudad de Tula y su funcionamiento como Estado –incluyendo, desde luego, la estructura económica y religiosa, las redes de comercio, la organización política y el sistema social durante el Posclásico–, para aproximarnos a una más nítida comprensión, desde una perspectiva regional, sobre aspectos esenciales de la vida cotidiana en esta zona del Valle del Mezquital y sus relaciones con las poblaciones vecinas.
Juntos, el INAH y Guadalupe Mastache llegaron a la mayoría de edad sin olvidar el imprescindible equilibrio entre tradición y cambio. Es con esta ecuanimidad en las motivaciones como el instituto ha sabido, a lo largo de 66 años –o 181 si usamos la cuenta larga– consolidarse como esa institución fundamental del Estado mexicano para asegurar la difusión, la investigación y la conservación del patrimonio arqueológico y cultural de todos los mexicanos. Esta facultad, cristalizada en el inah desde su origen y en las leyes que sustentan su vocación, forma parte de un proyecto republicano cuya lógica es reflejo de una larga experiencia histórica que debemos honrar.
Por ello, la vida y la trayectoria del inah y las de Guadalupe Mastache, quien es representante de lo mejor de sus investigadores, me recuerdan nuevamente las palabras de Hölderlin, aquellas que trasmiten lo que fue y lo que es el lema de todas nuestras tareas: “jamás me resignaré a marchar con paso corto y cauteloso”.

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César Moheno. Historiador. Entre sus publicaciones se cuentan Las historias y los hombres de San Juan; En la nostalgía del futuro. La vida en el bosque indígena de Michoacán; Mayas. Espacios de la memoria.

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La cosmovisión mexica concebía que la realidad divina estaba traslapada en el espacio de las criaturas, se creía en una doble naturaleza del tiempo y del espacio.



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