Los volcanes, las
altas cumbres nevadas y el fuego que contienen en
su interior, han desempeñado un papel importante
en la cosmovisión de los pueblos indígenas
que han habitado en el Altiplano Central de México
desde tiempos inmemoriales. Así, se ha sugerido
que la primera deidad importante que los pueblos de
la Cuenca de México representaron en esculturas
e incensarios fue Xiuhtecuhtli-Huehuetéotl,
el anciano dios del fuego, en clara referencia al
vulcanismo como fuerza amenazante de la naturaleza.
Al estudiar la cosmovisión como visión
estructurada en la cual los antiguos mesoamericanos
combinaban de manera coherente sus nociones sobre
el medio ambiente en que vivían, y sobre el
cosmos en que situaban la vida del hombre, partimos
de la ubicación de estas creencias en el mundo
real. Aquí se propone estudiar la cosmovisión
a partir del entorno geográfico y aplicar un
enfoque histórico que reivindica los numerosos
y sofisticados conocimientos y observaciones acerca
de la naturaleza que desarrollaron los pueblos mesoamericanos.
Simultáneamente, en la construcción
de su cosmovisión, estos pueblos mezclaron
conocimientos exactos con creencias mágicas
acerca de la existencia y la actuación de los
cerros que eran concebidos como seres vivos. Los más
poderosos entre ellos eran los grandes volcanes que
dominan el paisaje del Altiplano Central.
Los volcanes eran concebidos como personas claramente
diferenciadas en cuanto a su sexo, eran hombres o
mujeres. A los conos volcánicos se les atribuía
el género masculino: Popocatépetl, “el
cerro que humea” (5 465 msnm); Pico de Orizaba,
Poyauhtécatl, “el [habitante] de la neblina
de humo”, o Citlaltépetl, “Cerro
de la Estrella” (5 610 msnm); Cofre de Perote,
Nappatecuhtli, “el cuatro veces señor”
(4 220 msnm). De este último señala
Torquemada que tenía “la virtud y poderío
de cuatro dioses”. Por otra parte, la Íztac
Cíhuatl (Iztaccíhuatl), “la mujer
blanca” (5 230 msnm), y la Malinche o Matlalcueye,
“la de la falda azul-verde” (4 430 msnm),
ambas con su ancho perfil, tenían un carácter
femenino, de mujeres seductoras que sucumben ante
el poder del Popocatépetl. No faltan los amoríos
entre ellas y otros cerros menores que tratan de quitarle
la pareja al Popocatépetl. Sin embargo, este
último siempre resulta vencedor en esas contiendas.
En esta reinterpretación simbólica del
papel de los volcanes personificados se reflejan también
las relaciones de poder que existían entre
los diferentes grupos étnicos que habitaron
el Altiplano Central en el Posclásico, de modo
que el papel ideológico de la religión
prehispánica se manifestó igualmente
en las conquistas del Estado mexica. Los mexicas se
apropiaron simbólicamente en los siglos XV
y XVI del culto local a los volcanes y, al conquistar
nuevos territorios, imprimieron su presencia en esos
lugares de culto como manifestación de su dominio
político. Una situación de este tipo,
aunque no desde la perspectiva mexica, se ve reflejada
en la cartografía indígena del Mapa
de Cuauhtinchan 2 que comentaremos más
adelante.
Por las condiciones geológicas del territorio
de la República Mexicana, es decir, a causa
del vulcanismo, resulta que el Eje Volcánico
Transversal Mexicano (evtm)
se encuentra en una franja del territorio cercana
al paralelo de los 19 grados de latitud norte. La
ubicación de algunos de los principales volcanes
llama la atención en este sentido, dado que
en el Altiplano Central, el Nevado de Toluca, el Popocatépetl
y el Pico de Orizaba se encuentran casi exactamente
alineados sobre el eje de la latitud geográfica
de 19°N, circunstancia geológica que implica
una serie de relaciones materiales que se establecen
entre los volcanes y que no pasó inadvertida
a los pobladores prehispánicos. Además,
es de notar que en varios casos se localizan sobre
una misma falla un volcán antiguo y otro posterior,
formando sistemas binarios como ocurre en los casos
del Nevado y el Volcán de Colima, la Iztaccíhuatl
y el Popocatépetl, o la Montaña Negra
y el Pico de Orizaba. En este sentido, se entiende
que algunos de estos pares fueran interpretados por
las culturas indígenas como parejas de montañas
deificadas.
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