Introducción
Recuperar las crónicas sobre la vida
de la Buena Muerte y su trasformación en
la Santa Muerte tiene la intención de entender
la manera en que el hombre crea, reinventa y deshecha
algunos símbolos, dependiendo del momento
histórico. Aunque la Santa Muerte parezca
una novedosa veneración popular, mexicana
y no católica, sabemos que desde finales
del siglo pasado se comparte su culto con otros
países latinoamericanos de tradición
cristiana. Si bien presenta algunas variantes
y diferentes nombres, su origen occidental es
innegable.
Para seguirle los pasos tenemos que ir hasta el
medioevo, cuando la Iglesia católica predicó
la Buena Muerte, bajo la cual los creyentes conformaron
cofradías y congregaciones para evitar
tener una Mala Muerte.
Por estos motivos y otros de tipo histórico-epidemiológico,
como la peste, la vida de la muerte
tuvo una larga gesta católica que se remonta
en Europa hasta el siglo XIII y se insertó
en el Nuevo Mundo después de la conquista
en sus distintas versiones en todos los virreinatos.
Su construcción iconográfica fue
manejada en cinco versiones: el cráneo
con los fémures cruzados, el cráneo
simple, el cuerpo humano casi etéreo, el
semidescarnado y el esqueleto seco. En cualquier
caso, mostraremos cómo la escolástica
basó su credo en la representación
de la hora suprema en concreto, o el fin del cuerpo,
y la muerte en abstracto, o la inmortalidad del
alma.
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Elsa Malvido. Investigadora de historia en la
Dirección de Estudios Históricos
del INAH desde hace 36 años. Tiene publicaciones
sobre demografía histórica, epidemias
y rituales mortuorios en Estados Unidos, Costa
Rica, Perú, Venezuela, Chile, Argentina
y Europa.