|
El abastecimiento de agua en Yucatán
fue y sigue siendo un grave problema para el hombre maya,
pues aunque a lo largo de seis u ocho meses caen lluvias
más o menos abundantes, el periodo de sequía
suele ser severo y puede prolongarse por cuatro o seis
meses. Por otra parte, la constitución geológica
calcárea de la península es causa de que
el agua difícilmente se conserve en la superficie
y se filtre hasta los mantos freáticos, que suelen
ser profundos. Por ello, los cenotes fueron para los antiguos
mayas de Yucatán fuente primordial de agua y de
vida, razón y corazón de los asentamientos,
notables elementos de la geografía sagrada, escenarios
simbólicos y espacios para el desarrollo de rituales
de lluvia, de vida, de muerte, de renacimiento y de fertilidad.
Las dinastías divinas de gobernantes mayas sabían
que el control práctico y simbólico de los
cenotes significaba el control político y social
sobre la vida y la muerte; de ahí su profunda y
antigua veneración, claramente demostrada por los
altares y adoratorios erigidos junto a ellos y por las
abundantes ofrendas que yacen en el fondo de sus profundas
aguas azules.
IMPORTANCIA
DE LOS CENOTES
Tras la conquista de Yucatán, los padres franciscanos
aprendieron pronto la vieja lección sobre el control
del agua y la vida, y edificaron grandes conventos en
los lugares más densamente poblados, en donde había
cenotes que aseguraban el adecuado aprovisionamiento del
vital líquido. En muchos casos, los pozos y las
norias se construyeron justo encima, como menciona fray
Diego de Landa en el capítulo XLIV de su Relación
de las cosas de Yucatán: “Estos zenotes
son de muy lindas aguas y muy de ver, que hay algunos
de peña tajada hasta el agua y otros con algunas
bocas que les creó Dios […] Los que éstos
alcanzaban bebían de ellos; los que no, hacían
pozos […] Pero ya no sólo les hemos dado
industria para hacer buenos pozos sino muy lindas norias
con estanques de donde, como en fuentes, toman agua”.
En la actualidad los cenotes aún constituyen la
fuente primordial para el aprovisionamiento de agua de
las poblaciones de la península; aun las pujantes
ciudades de Mérida, Cancún o Playa del Carmen
dependen de los mantos acuíferos para su desarrollo.
De igual modo, subsisten ciertas prácticas de la
antigua veneración de los cenotes, pues los campesinos
mayas suelen realizar rituales en estos espectaculares
escenarios naturales.
Para los mayas de Yucatán, los chacs o chaces,
dioses de la lluvia, habitan en el fondo de los cenotes,
y por ello son objeto de culto y veneración. En
algunas comunidades creen que los traviesos aluxes, espíritus
o duendecillos de los montes, habitan en las cavernas
y en los cenotes, y por lo tanto, es necesario procurarlos
con ofrendas; de igual manera, está muy generalizada
la creencia de que ahí viven ciertos seres míticos,
como la sukan, serpiente gigante que guarda los mantos
de la vital sustancia. Esta idea, en apariencia fundada
en la existencia de una singular anguila que habita en
aguas cavernosas, parece ser una reminiscencia de la antigua
serpiente celeste, relacionada con la lluvia, y de la
terrestre, asociada a las corrientes de agua superficiales
y que son conocidas como chicchán por los actuales
mayas chortí.
LUGARES
DE CULTO
Hoy día, como parte de los rituales en los cenotes
se extrae agua de las cavernas más profundas: la
sagrada zuhuy-ha, es decir, el agua virgen, sin
contaminación, pues no ha sido vista por mujer
alguna y ni tocada siquiera por la luz. Esta agua virgen
sirve en diversos rituales, entre los que destaca el de
la célebre ceremonia del ch’a-chak, evocación
de un culto ancestral con evidente significación
agrícola, pues se trata de una petición
de lluvias. En esta ceremonia, que suele realizarse durante
los periodos de sequía, el h-men o “hacedor”
maya levanta un altar de madera precedido por una cruz,
ante el cual presenta la ofrenda, quema incienso y eleva
plegarias al cielo, mientras cuatro hombres, apostados
en las esquinas, producen sonidos que imitan al trueno
y arrojan el agua sagrada sobre las ofrendas; de igual
modo, cuatro niños, acurrucados en las esquinas
del altar, imitan el croar de las ranas.
En numerosas poblaciones, la ceremonia del ch’a-chak
suele realizarse junto a la boca de un cenote, como ocurre
en la población de Tres Reyes, Quintana Roo, en
donde el ritual se lleva a cabo a un lado de una enorme
“rejoyada” o dolina, gran depresión
natural en cuyo fondo hay un pequeño cenote. Lo
mismo sucede en Punta Laguna, Quintana Roo, en donde a
un costado de la boca del célebre Cenote Calaveras
hay un altar de cruces vestidas con hipil, vestido tradicional
femenino maya.
ARTÍCULO COMPLETO
EN LA EDICIÓN IMPRESA
_____________________
Luis Alberto Martos López.
Arqueólogo por la ENAH y candidato a doctor en
antropología por la misma escuela. Director de
estudios arqueológicos del INAH y del proyecto
arqueológico Plan de Ayutla, en Chiapas. |