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El
descubrimiento tuvo lugar justo frente a las ruinas del
Templo Mayor, cuando el equipo del arqueólogo Álvaro
Barrera exploraba el predio que ocupó la Casa de
las Ajaracas, en la intersección de las calles
de Guatemala y Argentina. En esa memorable fecha, Gabino
López Arenas, Alicia Islas, Alberto Díez
Barroso y Ulises Lina –todos ellos integrantes del
Programa de Arqueología Urbana (PAU) del INAH–
detectaron in situ un monolito aún más grande
que la escultura discoidal de la diosa Coyolxauhqui, ubicada
por cierto a corta distancia hacia el sureste. El nuevo
monolito es una impresionante lápida cuadrangular
de 3.57 m en sentido norte-sur, 4 m en dirección
este-oeste y un espesor máximo de 38 cm. La cara
superior de este monumento de andesita de lamprobolita
está esculpida en relieve, estucada parcialmente
y policromada con rojo, ocre, blanco, azul y negro. Tras
semanas de excavación y gracias a la cuidadosa
limpieza emprendida por los restauradores Virginia Pimentel,
Ximena Rojas, Carlos del Olmo y José Vázquez,
quedó expuesta la imagen de una divinidad que nos
daremos a la tarea de analizar en las siguientes líneas,
esto a la luz de los documentos históricos, las
pictografías y el arte escultórico mexica.
LA
IDENTIFICACIÓN DE LA DIOSA
El 3 de octubre por la mañana, cuando asistimos
al lugar del descubrimiento, la totalidad del costado
oriental del monolito emergía del perfil poniente
de la excavación. Nos percatamos en ese momento
que el relieve no sólo era muy profundo –de
hasta 18 cm–, sino que seguía un patrón
bilateral: se percibían siete elementos rectangulares
al centro de la piedra y cinco elementos redondeados a
cada lado, uno de los cuales estaba separado de los cuatro
restantes. Al considerar los cánones propios de
la plástica mexica, dedujimos que la escultura
era muy probablemente la representación frontal
o dorsal de una divinidad. Al día siguiente, revisamos
parte del rico corpus escultórico de esta civilización,
llegando así a la conclusión de que los
rectángulos centrales correspondían a los
caracoles Oliva que rematan la divisa dorsal llamada por
Eduard Seler –quizás de manera no muy atinada—
citlalicue (“falda de estrellas”) y de que
los elementos redondeados eran diez filosas uñas
pertenecientes a dos garras abiertas. Fue grande la emoción
que nos invadió, pues esto quería decir
que se trataba de la figura de una diosa telúrica
y nocturna. Aunque eran varias las candidatas pertenecientes
a este grupo de divinidades denominadas genéricamente
tzitzimime, pensamos que muy probablemente se trataría
de Tlaltecuhtli (“Señor/Señora de
la Tierra”), tomando en cuenta la existencia de
más de 40 esculturas de este ser sobrenatural que
dio origen con su cuerpo al cielo y al inframundo. Las
semanas avanzaron y, conforme el equipo del pau iba exhumando
el monolito, pudimos afinar nuestras ideas en torno a
esta identificación
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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• Eduardo Matos Moctezuma.
Maestro en ciencias antropológicas por la Escuela
Nacional de Antropología e Historia. Profesor emérito
del INAH y miembro de El Colegio Nacional. Coordinador
general del Proyecto Templo Mayor y del Programa de Arqueología
Urbana.
• Leonardo López Luján. Doctor en
arqueología por la Université de Paris X-Nanterre.
Investigador del Museo del Templo Mayor. Miembro del Proyecto
Templo Mayor desde 1980, director del mismo proyecto desde
1991 y asesor del Programa de Arqueología Urbana. |