arqueología mexicana
Tlatelolco

ÍNDICE 89  
DOSIER: Tlatelolco Códice de Tlatelolco

Breve historia de Tlatelolco

El Centro Cultural Universitario Tlatelolco
La arqueología de Tlatelolco
ARQUEOLOGÍA: El Tajín en el siglo XVIII
Exploraciones arqueológicas ANTROPOLOGÍA FÍSICA: Experiencias de vida. 2
Salvamento arqueológico en Tlatelolco MITOS Y CUENTOS: El mundo se hizo así
El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco DOCUMENTOS: Códice Osuna
Caja de agua del Colegio de la Santa Cruz PIEZA: Máscara ceremonial de Tlatilco


Litografía coloreada de la Pirámide de los Nichos. Carl Nebel, Voyage pittoresque et archéologique..., 1836. Reprografía: L. López Luján

El Tajín en el siglo xviii
Dos exploraciones pioneras en Veracruz
Leonardo López Luján

A Rex Koontz y Sara Ladrón de Guevara

Un cabo de ronda y, poco después, un capitán de dragones fueron los primeros europeos que visitaron las ruinas de El Tajín y nos dejaron testimonio de sus impresiones. Esto aconteció a finales del periodo colonial, época en la que se hicieron reconocimientos en Xochicalco, se realizaron excavaciones en Palenque y se exhumaron monolitos espectaculares en la ciudad de México.

Hacia 1831, el arquitecto alemán Carl Nebel (1805-1855) emprendió desde la ciudad de México una expedición a los densos bosques tropicales del Totonacapan, la cual le implicó un gasto de 1 200 pesos y una terrible enfermedad que lo dejaría inactivo durante varios meses. Muy grande, sin embargo, fue la retribución a sus esfuerzos, pues tuvo la oportunidad de documentar gráficamente las ruinas veracruzanas de Mapilca, El Tajín y Tuzapan. Al llegar al segundo de estos sitios, Nebel ordenó cortar los árboles que crecían en torno a la Pirámide de los Nichos para delinear un boceto que, tiempo después, serviría de base a la litografía más espectacular de su álbum Voyage pittoresque et archéologique..., publicado por primera vez en París en 1836. Situándose frente a la fachada oriental, trazó una reconstitución geométrica –sin desplomes ni faltantes, aunque con las alfardas figuradas como si fueran escalinatas laterales– con el fin de que el interesado pudiera obtener medidas exactas de cualquier elemento arquitectónico a partir de la imagen. Es por ello que en la litografía resultante los seis cuerpos y la capilla de lajas de arenisca surgen intactos de la vegetación, superponiéndose con elegancia hasta alcanzar unos 25 m de altura.
En el texto explicativo correspondiente, Nebel enfatiza que se requiere de un “conocimiento local muy particular” para ubicar estas ruinas y, sobre todo, de “una voluntad muy decidida para vencer los obstáculos que presentan la travesía de un monte virgen”. Ahí mismo, el alemán se hace pasar como el primer occidental que puso el pie en la bella pirámide: “Aunque mencionada por el barón de Humboldt y otros... nunca ha sido dibujada, ni aun se ha tenido una relación exacta sobre ella. Conocida sólo de reputación, nadie la ha visto, excepto algunos indios de las inmediaciones”.

La visita de Diego Ruiz
Lejos de lo afirmado, a fines del siglo xviii El Tajín ya había recibido a dos visitantes que nos dejaron testimonios de los monumentos más insignes. Uno de ellos fue Diego Ruiz, quien en marzo de 1785 se topó con la Pirámide de los Nichos en el transcurso de una inspección en busca de plantíos clandestinos de tabaco. La visita quedó registrada en un artículo anónimo que apareció en el número 42 de la Gazeta de México, el martes 12 de julio de ese mismo año. Por su gran trascendencia para la historia de la arqueología mexicana, aquí se transcribe íntegramente el artículo.
El texto fue acompañado por un grabado en cobre, firmado en el ángulo inferior izquierdo por un tal “García” y con la glosa “ORIENTE” al pie de la escalinata. Se trata, en realidad, de una reconstrucción del edificio. Curiosamente, nada se observa de “los crecidos árboles” y las raíces mencionadas en el texto, menos aún de la broza y la hojarasca; la vegetación se limita a un par de diminutas plantas.
Todo parece indicar que muy pronto tendremos nuevos datos sobre esta visita pionera, pues, en su último libro sobre El Tajín, Arturo Pascual nos informa acerca del hallazgo y próxima publicación de importantes documentos inéditos de Diego Ruiz. Por el momento, contentémonos con señalar que el artículo anónimo de la Gazeta de México tuvo una repercusión inmediata en los círculos ilustrados novohispanos y europeos de fines del siglo xviii. Por ejemplo, los anticuarios José Antonio Alzate (1737-1799) y Ciriaco González Carvajal (1745-ca. 1832) se refieren a este descubrimiento en sus respectivos escritos.
José Pichardo (1748-1812), religioso de la orden de San Felipe Neri, también supo reconocer su enorme trascendencia. En 1803, envió a Roma un ejemplar de la Gazeta de México de 1785 y otro del suplemento de la Gazeta de Literatura de 1791, este último con el famoso estudio de Alzate sobre las ruinas de Xochicalco. El destinatario fue el jesuita e historiador exiliado Andrés Cavo (1739-1803), quien justo antes de morir turnó ambos documentos a otro miembro de la orden que durante el destierro se había vuelto experto en la arquitectura clásica romana: Pedro José Márquez (1741-1820). Éste recibió con tal beneplácito las publicaciones que en unos cuantos meses compuso Due antichi monumenti di architettura messicana, impreso en 1804 por Il Salomoni. En dicho ensayo Márquez no se limita a elaborar “un extracto para adaptar las noticias al talento de la docta nación italiana”, sino que además se da a la tarea de ir “agregando reflexiones” propias.

TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA

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Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, inah. Investiga los orígenes de la arqueología mexicana en el siglo xviii. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.







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