Aguas
petrificadas
Las ofrendas a Tláloc
enterradas en el Templo Mayor de Tenochtitlan
Leonardo López
Luján
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Lluvias
escasas, lluvias excesivas, lluvias inoportunas:
en estos tres fenómenos se resume buena
parte de las pesadillas de las sociedades mesoamericanas
que basaban su existencia en la agricultura de
temporal. Las precipitaciones sólo eran
bienvenidas cuando se registraban en cantidades
adecuadas y en momentos precisos. Si no lograban
conjugarse ambos factores, las consecuencias podían
ser funestas y desembocar en hambrunas, mortandades
o migraciones.
Mucha gente pereció
durante la devastadora sequía del año
1 conejo (1454 d.C.), en tanto que otros se vieron
en la necesidad de venderse a los totonacos a
cambio de maíz. Códice Telleriano-Remensis,
f. 32r. Reprografía:
Marco Antonio Pacheco / Raíces |
El
Códice Florentino ilustra de manera
elocuente la angustia con que los pueblos de la Cuenca
de México se referían a un periodo de
sequía extrema:
Todos andan desemejados
y desfigurados. Unas ojeras traen como de muertos. Traen
las bocas secas, como esparto, y los cuerpos, que se
les pueden contar todos los huesos bien como figura
de muerte... No hay nadie a quien no llegue esta aflicción
y tribulación de la hambre que agora hay…
Y los animales, señor nuestro, es gran dolor
de verlos que andan azcadillando y cayéndose
de hambre, y andan lamiendo la tierra de hambre...
Es también, señor, gran dolor de ver toda
la haz de la tierra seca. Ni puede crear ni producir
las yerbas ni los árboles, ni cosa ninguna que
pueda servir de mantenimiento… No parece sino
que los dioses tlaloques lo llevaron todo consigo y
lo escondieron donde ellos están recogidos en
su casa, que es el Paraíso Terrenal (Sahagún,
lib. VI, cap. VIII).
El carácter imprevisible
de los regímenes pluviométricos dio un
sello característico a las religiones de Mesoamérica.
A lo largo de los siglos existió en ese vasto
territorio una verdadera obsesión por controlar
las precipitaciones, apelando a las fuerzas de la sobrenaturaleza.
Y, claro está, los mexicas no fueron la excepción:
en nueve de los dieciocho meses que integraban su calendario
agrícola, tenían lugar ceremonias que
pretendían propiciar la lluvia y la fertilidad.
Casi todas las plegarias, las ofrendas y los sacrificios
de niños de estos meses estaban dirigidos a Tláloc,
dios de la lluvia y personificación de la tierra.
Se le invocaba generalmente como “El Dador”,
pues proveía de todo lo necesario para la germinación
de las plantas. Enviaba lluvias y corrientes de agua
desde el Tlalocan, lugar de niebla, abundancia infinita
y verdor perenne. De acuerdo con el Códice
Florentino, el Tlalocan era una montaña
hueca y repleta de agua que tenía como réplicas
todas las elevaciones del paisaje:“Y decían
que los cerros tienen naturaleza oculta; sólo
por encima son de tierra, son de piedra; pero son
como ollas, como cofres están llenos de agua...”
(Sahagún, lib. XI, cap. XII, § 1).
Es por ello que las peticiones de lluvia se hacían
en montes, cuevas, manantiales y remolinos de agua,
lugares todos de la geografía sagrada desde donde
era factible la comunicación con Tláloc.
El Templo Mayor como réplica del monte sagrado
Para los habitantes de la Cuenca de México, la
pirámide principal de Tenochtitlan era el centro
por antonomasia de propiciación a las divinidades
pluviales. Simbolizaba un monte sagrado donde residían
Huit-zilopochtli y Tláloc, los dos principales
númenes protectores del pueblo mexica. Formalmente,
la mitad norte de la pirámide evocaba una eminencia
que atesoraba en su interior al mundo acuático:
su plataforma estaba decorada con esculturas de basalto
que representaban ranas azules y serpientes de jade,
además de grandes braseros de mampostería
con el busto de Tláloc; sus taludes tenían
bajorrelieves de chalchihuites y remolinos, así
como piedras saledizas que simulaban un relieve fragoso,
y su capilla alojaba las imágenes de las deidades
de la lluvia y del maíz.
Cada vez que el Templo Mayor era agrandado, los arquitectos
tenían el cuidado de repetir la estructura previa
y, en esta forma, reproducir ese monte artificial erigido
sobre un manantial tras la fundación de la ciudad
insular. Sin embargo, la semejanza formal no era el
único requisito que esta pirámide debía
cumplir para conservar su calidad de espacio sagrado.
Además, era indispensable cumplir, durante su
ampliación y su dedicación, ciertos rituales
que repetían las aventuras míticas del
dios del sol y el de la lluvia.
Para ilustrar esta clase de rituales, describiremos
a continuación dos conjuntos de ofrendas exhumadas
por el Proyecto Templo Mayor en la mitad norte de la
pirámide. Dichas ofrendas son precisamente los
vestigios materiales de las ceremonias que, por un mecanismo
de magia simpática, intentaban recrear el mundo
acuático y las acciones de los tlaloque,
confiriéndole al nuevo edificio las cualidades
de una montaña desde la cual se generasen las
nubes, las lluvias y, en consecuencia, la fertilidad
de la tierra.
TEXTO COMPLETO EN LA EDICIÓN IMPRESA
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• Leonardo López Luján.
Doctor en arqueología por la Universidad de París
X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, INAH.
Junto con William L. Fash es coordinador del libro The
Art of Urbanism: How Mesoamerican Cities Represented
Themselves in Architecture and Imagery, que será
publicado por Dumbarton Oaks.
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