En
la religión mexica predomina la herencia de una
milenaria actividad agrícola, procesada y transformada
a lo largo del tiempo. Los mexicas adaptaron su religión
a sus propios cambios históricos, pero conservaron
como núcleo de la misma su sentido agrícola,
basado en el cultivo de temporal del maíz, lo
que implica una particular dependencia del medio y el
reconocimiento de las altas montañas como controladores
del tiempo atmosférico.

En el Códice Borbónico –valioso
documento pictórico procedente de la Cuenca de
México– se dedica una sección al
tonalpohualli, calendario ritual. El dios Tláloc
ocupa un lugar central en este calendario y en los rituales
mexicas que se llevaban a cabo en los cerros de la Cuenca
y en el lago. Códice Borbónico, p. 7.
Reprografía: Boris de Swan
/ Raíces
La
evidencia arqueológica encontrada en las últimas
décadas demuestra cada vez más claramente
que los mexicas, lejos de ser unos recién llegados
a la región central de Mesoamérica, eran
los herederos del pasado de una compleja civilización,
la cual basaba su sustento en la agricultura. Las sociedades
mesoamericanas se desarrollaron desde, por lo menos,
2 000 a.C., sobre la base de una vida sedentaria en
aldeas donde se cultivaba maíz, frijol, calabaza
y chile, y se practicaba la agricultura de temporal,
así como obras de riego cuando las condiciones
ambientales lo permitían. Estas condiciones imprimían
su sello a las instituciones sociales y políticas
de los estados mesoamericanos y se reflejaban en la
iconografía de sus monumentos y códices.
Religión,
sociedad y naturaleza
La religión formaba una parte importante de la
sociedad y en ella se reflejaban muchas actividades
cotidianas y conceptos acerca de la vida de los hombres,
y se expresaban reflexiones filosóficas más
complejas acerca del destino del hombre y su lugar en
el cosmos. Las mexicas heredaron una prolongada y sistemática
tradición de observación de la naturaleza
que incluía muchos elementos “científicos”,
en el sentido de un registro deliberado y repetido a
lo largo del tiempo de los fenómenos naturales
del medio, que permitía a los especialistas hacer
predicciones y orientar el comportamiento social de
acuerdo con estos conocimientos.
Sin embargo, a diferencia de las sociedades industrializadas
modernas, la observación de la naturaleza no
era una actividad profana, sino que estaba ligada a
la religión y la magia. En términos más
amplios, para las sociedades mesoamericanas la integración
con la naturaleza constituía un propósito
importante, y los rituales y las prácticas religiosas
buscaban mantener los equilibrios y vivir en armonía
con la naturaleza. Para ello se construyó a lo
largo de los siglos un complejo sistema calendárico,
que se basó en la observación astronómica
del Sol, Venus, la Luna, las Pléyades, etc.,
y que consistía en una serie de ciclos recurrentes
e interdependientes. Los ciclos básicos eran
el año solar de 365 días, dividido en
18 veintenas, y un ciclo ritual de 260 días (13
x 20).
ARTÍCULO COMPLETO EN LA EDICIÓN
IMPRESA
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Johanna Broda. Doctora
en etnología. Investigadora del Instituto de
Investigaciones Históricas de la UNAM y profesora
de posgrado en la UNAM y la ENAH. Especialista en el
México prehispánico, en las culturas indígenas
de México y en calendarios, ritualidad y cosmovisión.