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LOS TOLTECAS Y TULa

ÍNDICE 85
Los barrios de Tula
DOSIER: Los toltecas y Tula Los toltecas de Chichén Itzá, Yucatán

Tollan en Hidalgo. La Tollan histórica

SERIE: Arquitectura en Mesoamérica. II.
Investigaciones en Tula (2002-2006) ETNOGRAFÍA: La escalera del Padre Sol. Los Coras
El Palacio Quemado, Tula PIEZA: Los señores de Zazacatla, Morelos
Los orígenes de la dinastía real de Tula DOCUMENTO: Códice de Otlazpan
El Edificio 4. Palacio del rey tolteca EXPOSICIÓN: Miguel Covarrubias en el Museo Amparo
Las raíces toltecas de la política azteca CUENTO: Exvoto a san Roque y a santa Imprenta

DOSIER

Es probable que la Pirámide B funcionara como santuario o monumento conmemorativo de la dinastía real de Tula.
Foto: Marco Antonio Pacheco / Raíces

Las investigaciones arqueológicas y etnohistóricas han confirmado que Tula, Hidalgo, es la Tollan descrita en las crónicas indígenas, y que en los siglos X y XI d.C. fue una gran ciudad de casi 15 km2, con numerosos recintos y barrios. Además, los estudios iconográficos y arquitectónicos han proporcionado nuevos datos sobre la dinastía real de Tula y el ciclo épico del rey Quetzalcóatl.

Durante las últimas tres décadas, las investigaciones arqueológicas han confirmado que Tula era uno de los centros urbanos más extensos de Mesoamérica, con cerca de 15 km2 durante su apogeo, entre 900-1150 d.C. Asimismo, era una ciudad con una gran complejidad económica, política y étnica, y con miles de habitantes agrupados en distintas clases sociales, entre ellas nobles, sacerdotes, artesanos, agricultores y otros especialistas. Dentro de la ciudad se han identificado docenas de barrios con sus propios centros administrativos y templos. Se han realizado tres estudios sobre la naturaleza urbana y el gran tamaño de Tula: el de James Stoutamire y Dan Healan, Universidad de Missouri; el de Juan Yadeun y Eduardo Matos Moctezuma, INAH, y el de Alba Guadalupe Mastache y Ana María Crespo, inah, los cuales se desarrollaron en los setenta del siglo XX, antes de que la antigua Tula sufriera grandes daños debido a la agricultura mecanizada y a la continua expansión de la población moderna.
Debe señalarse que las investigaciones urbanas de la Universidad de Missouri y del inah proporcionaron numerosa información, que no era necesaria para “comprobar” que la Tula de los toltecas era una ciudad. En una entrevista de hace más de 30 años con Jorge R. Acosta y Wigberto Jiménez Moreno quedó claro que ellos consideraban la estructura urbana de Tula como un hecho obvio desde sus primeros estudios en el sitio, en la década de los treinta. En el siglo xix, Désiré Charnay, el primer investigador que realizó excavaciones extensas en Tula, también habló de Tula como un centro urbano en su libro Las ciudades antiguas del Nuevo Mundo (París, 1885).
Así, es lamentable que todavía algunos especialistas, en su mayoría historiadores del arte, sigan de acuerdo con su otras veces brillante colega George Kubler, quien describió Tula como un pequeño sitio sin importancia en su famoso ensayo “Chichén Itzá y Tula”, publicado en Estudios de Cultura Maya (1961).
La gran escala urbana de Tula confirma que tenía la grandeza y la magnitud suficientes para ser identificado como la gran Tollan descrita en muchas de las crónicas de los pueblos del Altiplano de México que sobrevivieron a la conquista española. Tollan es la primera ciudad del Centro de México sobre la cual hay registros históricos, en los que se habla de grupos étnicos específicos, secuencias dinásticas con nombres de reyes, migraciones, nombres de provincias conquistadas y ciclos épicos del rey-dios Topiltzin Quetzalcóatl. Estudiosos como Wigberto Jiménez Moreno, Hugo Moedano y Nigel Davies han señalado que los mexicas del siglo xvi identificaron claramente los vestigios de Tula (en el actual estado de Hidalgo) como la Tollan legendaria. Jiménez Moreno realizó investigaciones pioneras desde 1934, que confirmaron la correspondencia entre los nombres de diversos lugares citados en crónicas y documentos sobre Tollan con sitios localizados en los alrededores de Tula. Entre esas fuentes se encuentran la obra de Sahagún, los Anales de Cuauhtitlán, la obra de Ixtlilxóchitl y la Historia Tolteca-Chichimeca. La tesis inédita de Hugo Moedano –principal ayudante de Jorge R. Acosta en sus excavaciones clave en Tula durante la década de los cuarenta– difundió los análisis de Jiménez Moreno, y en 1946 Moedano presentó un famoso mapa con los lugares históricos cercanos a Tula mencionados en las crónicas toltecas. Más tarde, Nigel Davies documentó en su estudio enciclopédico The Toltecs (1977) más correlaciones entre las historias indígenas de Tollan y Tula.

TOLLAN Y TULA
Estas correlaciones son indispensables para entender la importancia histórica de Tollan en Hidalgo. Por ejemplo, Sahagún llama a la Tula donde residía el rey Quetzalcóatl, Tollan Xicocotitlan, es decir “Tula junto a Xicococ”; existe en efecto, cerca de Tula, el famoso cerro Jicuco. Sahagún menciona también a Xippacoyan (el actual San Lorenzo, inmediato a Tula), llama al río Tula como Texcalapan (nombre que se encuentra en un mapa del siglo xviii sobre el área de Tula, que se conserva en el Archivo General de la Nación), y menciona a Xochi-tlán (que está hacia el poniente de Tula). En los Anales de Cuauhtitlán se menciona al cerro Xicococ como el lugar donde residía un sacerdote con el cargo de Quetzalcóatl, y también al cerro Cincoc (el moderno cerro Jorobas), al norte de Huehuetoca y visible desde Tula. Otro lugar de gran importancia ubicado cerca de Tula es Huapalcalli, “Casa de Vigas”, donde los informantes de Sahagún dicen que los toltecas vivían antes de que ellos fundaran Tollan.
En un mapa colonial, Hugo Moedano identificó el sitio de Hualpalcalco, al noreste de la plaza principal de Tula, lugar que seguramente corresponde con el centro que Eduardo Matos Moctezuma llamó Tula Chico, el cual constituía el núcleo fundador de la ciudad prehispánica entre 600-800 d.C. Como se puede ver en el mapa de Moedano, hay aún lugares mencionados en las fuentes indígenas sobre Tollan que todavía existen o están citados en mapas coloniales. En varias fuentes se enfatiza que Tollan estaba situada al lado de un gran río (Texcalapan). Según David Stuart y otros hay evidencias en inscripciones mayas del Clásico de que Teotihuacan también se llamaba Tollan; sin embargo, no hay correlaciones entre la región de Teotihuacan y los atributos geográficos y nombres de lugar cercanos a Tollan mencionados en las crónicas indígenas. En Teotihuacan no hay un gran río, ni los cerros Xicococ, Cincoc y Nonoalcatépetl (Magoni), y tampoco el centro Huapalcalli, etc. Nigel Davies, con mucha percepción analítica, propuso que Tula es la Tollan histórica, y que Teotihuacan y varios otros centros eran Tollan arqueológicas.

LA CIUDAD DE QUETZALCÓATL
Otro aspecto clave en la historia de Tollan según las crónicas es su identidad como la ciudad del rey-sacerdote Ce Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, el héroe cultural más sobresaliente de Mesoamérica. Los ciclos épicos de Quetzalcóatl tenían para los antiguos mexicanos tanta importancia como la tuvieron las obras de Homero para los griegos clásicos. La versión más común de la historia de Topiltzin Quetzalcóatl ubica su nacimiento alrededor de los siglos IX o X d.C., en un lugar cerca de Xochicalco, en el actual estado de Morelos, donde vivió su infancia. Ya adulto, se vengó del asesinato de su padre y tomó posesión de su herencia como rey de los toltecas, fundó Tollan y empezó así un gran periodo de florecimiento para los toltecas. Después de varias décadas, hubo una serie de conflictos en Tollan entre los seguidores del rey Quetzalcóatl y un grupo leal a Tezcatlipoca, dios de la guerra y el sacrificio humano. Los seguidores de Tezcatlipoca resultan vencedores, y Quetzalcóatl y sus súbditos son expulsados de Tollan, de donde migran al oriente, hacia la costa del Golfo, y tal vez después a Yucatán y Chichén Itzá.
Luego de las extensas investigaciones de Jorge Acosta y Hugo Moedano en los cuarenta, en las que se rescataron centenares de esculturas de personajes de la elite, los estudiosos han intentado identificar probables retratos del rey Topiltzin Quetzalcóatl en la iconografía de Tula. En las pilastras de la Pirámide B, en los bancos y patios del Palacio Quemado y en los altares y relieves de los vestíbulos, se ven personajes portando vestimentas muy lujosas y con collares y orejeras de jade, coronas o cascos en forma de xihuitzolli (que después fueron los tocados de los reyes mexicas), y a veces con finas armaduras de algodón decoradas con placas de concha. Un gran número de estos señores están acompañados de o envueltos con serpientes emplumadas, símbolo que probablemente indica que son representaciones de los reyes de Tula. Las esculturas que con más frecuencia se han interpretado como retratos de reyes (por Acosta, Moedano, Cynthia Kristan-Graham, Elizabeth Jiménez García y otros especialistas) son los personajes de las pilastras en la cima de la Pirámide B, y las figuras recostadas que decoraban los techos de los patios en el Palacio Quemado. De estas representaciones, Acosta y otros sólo identificaron a un señor con barba y un glifo en forma de serpiente emplumada, esculpido en la Pilastra 3 de la Pirámide B, como el rey Topiltzin Quetzalcóatl (Jiménez, 1998, fig. 49). Es posible que Topiltzin también esté retratado en una lápida que Acosta encontró en la sala 1 del Palacio Quemado (Jiménez, 1998, fig. 55). En Tula es tan extensa la destrucción por saqueos e incendios prehispánicos, que es probable que otros retratos de Topiltzin Quetzalcóatl desaparecieran después de la caída de la ciudad. De cualquier manera, un hallazgo reciente es evidencia de la correlación de Tollan con el ciclo heroico de Topiltzin Quetzalcóatl.
En la década de los ochenta, gracias a un proyecto de conservación en Tula dirigido por Roberto Gallegos, se recuperó un fragmento de pilastra en el lado norte de la Pirámide B, cerca de la cala prehispánica donde Acosta descubrió, en 1941, la mayoría de los Atlantes y pilastras esculpidas. Por varios años, el fragmento de pilastra no fue analizado en detalle, pero a finales de los noventa realizamos estudios comparativos de las esculturas de la Pirámide B, y nos dimos cuenta de que el fragmento constituía la sección superior de la Pilastra 3, que tiene la figura de Quetzalcóatl. Las dimensiones de las secciones de la pilastra son idénticas, y los pies y sandalias de los dos personajes en el fragmento están representados en el límite superior de la Pilastra 3. La identidad de los personajes del fragmento son fascinantes. Una figura tiene anteojeras y otros atributos del dios Tláloc, y está armada con un átlatl (lanzadardos) que Karl Taube interpreta como una reminiscencia del culto teotihuacano al Tláloc guerrero, que se ha relacionado con las ofrendas en el Palacio Quemado de Tula. La otra figura es la única representación del dios Tezcatlipoca en Tula y la
escultura más antigua de esta deidad en el Altiplano Central. Tiene una pierna descarnada que termina en el espejo humeante (símbolo clave de este dios) y lleva el vestuario de un guerrero tolteca: armadura de algodón, pechera en forma de mariposa, espejo de turquesa (tezcacuitlapilli) en la espalda, lanzadardos y cuchillo.
La representación de Topiltzin Quetzalcóatl y el dios Tezcatlipoca en la misma pilastra es muy significativa. Su ubicación en uno de los edificios más sagrados de Tula indica que en el arte público de Tula fueron representados elementos que aparecen en las crónicas indígenas sobre la antigua Tollan. Sea lo que fuere, si estos elementos son en verdad históricos o esencialmente legendarios, el conjunto escultural de la Pirámide B sugiere la coexistencia de Topiltzin Quetzalcóatl con el culto a Tezcatlipoca en Tula, y apoya la posibilidad de que el conflicto entre este rey y los seguidores de Tezcatlipoca fueran reales. Es probable que la Pilastra 3 sea un monumento conmemorativo de sucesos ocurridos décadas o siglos atrás. En otro artículo de este número sobre las excavaciones en Tula Chico, centro fundador de la ciudad, se retoma el problema de los posibles conflictos entre reyes y otros grupos de la elite en Tollan.

TULA Y LOS MEXICAS
Es importante abordar brevemente otros tipos de información que comprueban que los mexicas consideraban los vestigios de Tula como la Tollan histórica. Hay muchas evidencias de que los aztecas pasaron años saqueando los monumentos de Tula para copiarlos y traer esculturas toltecas a Tenochtitlan y Tlatelolco. En la Historia de los Mexicanos por sus Pinturas se describe una expedición que el rey de Tlatelolco envió a Tula, en 1422, para conseguir una escultura tolteca que fue instalada en el Templo Mayor de ese centro azteca. En excavaciones recientes cerca del Templo Mayor de Tenochtitlan se han encontrado unas esculturas de guerreros toltecas y un Chac Mool que sin duda son de Tula, Hidalgo, según se deduce de sus características estilísticas y etnográficas. Los mexicas también realizaron un relieve importante con la representación del rey Quetzalcóatl, y su fecha de nacimiento (1 caña), en el cerro de la Malinche, situado en el sector oeste de la ciudad prehispánica de Tula.
También había una relación casi permanente entre la dinastía real de Tenochtitlan y los reyes de Tula (véase Davies, 1977, p. 42). Acamapichtli, el primer rey mexica, fue elegido precisamente porque tenía sangre tolteca, y un nieto suyo se casó con la hija del “rey de Tullan”, con lo cual se estableció la última dinastía de gobernantes en Tula. Más tarde, el gran emperador mexica Axayácatl se casó con una princesa de Tula, y después su nieta fue la esposa del décimo primer hijo de Moctezuma II, don Pedro Moctezuma (Tlacahuepan), quien heredó la mayoría de las tierras cerca de Tula al principio de la Colonia. Al parecer, la región de Tula pertenecía a la familia Moctezuma en las últimas décadas de la época prehispánica, probablemente porque los reyes mexicas querían el prestigio de controlar la antigua capital de Tollan. Hace 60 años, Jorge Acosta y Hugo Moedano excavaron lo que probablemente fue el palacio de Pedro Moctezuma en la cima del cerro El Cielito, en el sur de la antigua Tula. Desde su residencia, don Pedro podía ver hacia el norte un enorme pantano (ahora llamado El Salitre) que ocupaba el centro de la antigua Tollan. Este lugar acuático tenía muchas hectáreas de cañas o tules, que tal vez dieron nombre a la ciudad, pues Tula significa en náhuatl “lugar de tules” y metafóricamente se refería a una gran metrópoli, un “lugar donde hay tantas gentes como tules”.


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• Robert H. Cobean. Doctor en antropología por la Universidad de Harvard. Investigador en la Dirección de Estudios Arqueológicos del INAH. Ha colaborado en proyectos arqueológicos en el área de Tula, Hidalgo, durante más de 20 años.
• Alba Guadalupe Mastache Flores (1942-2004). Doctora en antropología por la UNAM. Directora de proyectos sobre el Estado tolteca y de antropología del estado de Guerrero. Directora, con el Prof. William T. Sanders, del Proyecto “El urbanismo en Mesoamérica” (inah/Pennsylvania State University).

ESPECIAL 30
VIGENTE
LA RELIGIÓN MEXICA
Catálogo de dioses

NÚMERO 98
VIGENTE
MOCTEZUMA XOCOYOTZIN

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