La ciudad prehispánica de Tula fue una de las
urbes más importantes de su época: la
cerámica, las figurillas y la escultura toltecas
se exportaron a casi toda Mesoamérica, donde
fueron reproducidas en numerosos sitios. Además,
las fuentes históricas del siglo XVI constatan
la influencia que los toltecas ejercieron sobre pueblos
de diversas culturas, que reclamaron ser los herederos
de la nobleza de sangre, de las artes en todas sus ramas,
del conocimiento erudito y, particularmente, de su dios
Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada.
Construida sobre un amplio valle, en la confluencia
del río Tula con el Rosas, Tula alcanzó
una longitud máxima de 6 km entre 900 y 1150
d.C. Casi en la parte central se encuentra el conjunto
de edificios conocido como Tula Grande, recinto monumental
de donde procede una gran parte del material escultórico
conocido. Allí, en el corazón de la ciudad,
la escultura se integró a la arquitectura para
reflejar una cosmovisión que se propagó
por el resto de Mesoamérica.
LA ESCULTURA
El estilo escultórico tolteca se distingue por
la presencia constante de características formales
con rígidas convenciones en sus trazos y temas.
Entre éstos, el más frecuente es la imagen
masculina que porta una o varias armas, acompañada
en la mayoría de los casos por una serpiente
emplumada y, en menor medida, por serpientes de nubes.
Ya fuera en esculturas tridimensionales o en lápidas
talladas en relieves, los personajes armados aparecen
asociados a elementos arquitectónicos como atlantes,
chac mool, pilastras, estelas, frisos y banquetas.
Las representaciones tridimensionales parecen haberse
dedicado a personajes míticos, entre los que
destacan los atlantes y los chac mool. El atlante o
cariátide es una figura masculina, de pie, cuya
función aparente fue soportar el techo de las
habitaciones situadas en la cúspide de los basamentos
piramidales. Las más conocidas son las situadas
en el Edificio B, que miden 4.60 m de alto. Chac mool
es un nombre maya que significa “tigre rojo”
y con el cual Augustus Le Plongeon bautizó, en
el siglo XIX, a la primera escultura de este tipo descubierta
por él en Chichén Itzá. Son figuras
humanas de tamaño natural, en posición
recostada y con el vientre hacia arriba.
En cambio, los relieves preferentemente evocan personajes
históricos, aunque no como retratos, pues se
privilegia la indumentaria y los atributos que indican
su rango sobre sus características físicas
individuales, que son sometidas a un prototipo cultural
idealizado. En las pilastras (soportes de planta cuadrangular
y de altura y función similares a los atlantes),
los guerreros aparecen rodeados por conjuntos de armas,
mientras que en las estelas (elementos aislados, generalmente
empotrados en el piso, destinados a conmemorar a personalidades
de suma importancia) únicamente se muestra a
un personaje de pie y visto de frente. Los frisos, lápidas
con relieves que iban empotrados en las paredes, ya
fuera en los cuerpos de las estructuras piramidales
o rematando la parte superior de cuartos abiertos, como
en el Palacio Quemado, representan individuos tanto
de pie como recostados, aunque la mayoría de
ellos se muestran en esta última postura. En
las banquetas (elementos arquitectónicos adosados
a la parte inferior de los muros y que, al parecer,
funcionaban como asientos) se ven numerosas figuras
humanas alineadas en posición de caminar, dirigiéndose
hacia un punto central.
LA ICONOGRAFÍA
Los objetos más frecuentes en la iconografía
de Tula son las armas, entre las que destacan escudos,
lanzas, dardos, lanzadardos o átlatl, armas curvas,
cuchillos y una banda acolchada para cubrir el brazo,
generalmente el izquierdo. En las pilastras ocupan un
lugar relevante, de manera alternada con los guerreros,
los conjuntos de armas compuestos por cinco lanzas emplumadas,
un arma curva, un lanzadardos y un cuchillo, junto con
un cetro, un recipiente o jícara decorada, plumas
y plumones. Tanto en los personajes de gran tamaño
(por ejemplo, los atlantes) como los pequeños
(en las banquetas) se enfatizó la riqueza y suntuosidad
de las armas, de la vestimenta y de los accesorios.
Aunque con ligeras variantes, es notable la constante
asociación de algunos elementos, lo que indica
que tal vez los individuos formaban grupos, ya fuera
cofradías consagradas a deidades o bien jerarquías
guerreras. Como símbolo de su estatus, los personajes
visten capas, pecheros, taparrabos o máxtlatl,
faldillas, delantales, cotas, camiseros o xicollis,
cinturones, hombreras, musleras, rodilleras, ajorcas
y sandalias. Además, lucen penacho o tocado,
nariguera, orejeras, pectorales, collares, brazaletes,
pulseras, discos sobre la espalda, bastones o cetros,
banderas o abanicos y recipientes como bolsas o jícaras
decoradas.
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Esperanza Elizabeth Jiménez García. Arqueóloga
por la ENAH, con maestría en estudios mesoamericanos
por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Investigadora del Centro INAH Guerrero.