Magia y Adivinación
El Diablo
entre nosotros o el ángel de los sentidos
Antonio García de León

La Caída
del demonio, fresco realizado hacia 1562 por el
pintor indígena Juan Gerson en la iglesia
de San Francisco de Asís, Tecamachalco,
Puebla.
Reprografía: Marco
Antonio Pacheco / Raíces
La mezcla histórica
de la presencia del Diablo en México sintetiza
varias condensaciones previas; por un lado, el
demonio medieval de los cultores de la fe y el
de las tradiciones populares ibéricas con
algunos rasgos africanos y asiáticos, y
por el otro, el encuentro con las creencias y
dioses mesoamericanos.
El ángel de los placeres
y los motivos del Mal
En los cánones de la ortodoxia católica,
el Diablo suele ser caracterizado como la encarnación
del Mal. Pero en la medida en que abrimos los
horizontes a su verdadera naturaleza, o que descendemos
hacia las interpretaciones populares del culto,
nos encontramos que esos siete pecados capitales
que se le atribuyen (y por los que merecemos el
castigo si los frecuentamos) constituyen la esencia
misma de la felicidad del ser humano. Y es así
como en ese espacio vulnerable el de los
sentidos, el demonio adopta un sinfín
de apariencias, tiene la sutileza de la ubicuidad,
la suspicacia de convertirse en agua o en fuego,
en frío o caliente, en crudo o en cocido,
en animal, objeto o persona, asumiéndose
con una presencia ambivalente y plena de significados.
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