arqueología mexicana
LOS VOLCANES DE MÉXICO

ÍNDICE 95 Mitos y sueños de los volcanes
DOSIER: Los volcanes en México Los volcanes en el arte.
El entorno volcánico en México ARQUEOLOGÍA: Guerreros de Nayarit
Simbolismo de los volcanes La producción de objetos de concha.Xochicalco
Los grandes volcanes y la arqueología PIEZA: El tlalpanhuéhuetl de Malinalco
El memorial a Motecuhzoma II MITOS Y CUENTOS: Nacimiento del Sol y la Luna 1
José Luis Lorenzo y los glaciares HISTORIAS DE CÓDICES: El Códice Vindobonensis
El Popocatépetl y la lluvia de fuego DOCUMENTOS: Códice Moctezuma

El entorno volcánico
en México

Servando de la Cruz Reyna

En la naturaleza del fenómeno volcánico destacan tres factores: la distribución espacial de los volcanes, la distribución temporal, y la naturaleza e intensidad de la actividad volcánica.


La erupción del volcán El Chichón fue de tipo pliniano, que se caracteriza por la emisión de potentes columnas eruptivas de las que, por gravedad, se desprenden piroclastos, rocas ígneas de tamaño variable, como la que se ve en la mano de esta persona. Las elevadas temperaturas de las columnas eruptivas provocan fuertes lluvias que remueven y arrastran el suelo. Foto: Guillermo Aldana

Las relaciones e interacciones entre entidades tan disímiles como las sociedades y los volcanes son sumamente complejas y obedecen a diversos factores. Algunos de ellos son inherentes a las particularidades culturales e históricas de las sociedades; otros, a los que haremos referencia aquí, se refieren a la naturaleza del fenómeno volcánico. Entre los factores de mayor relevancia se cuentan los relacionados con la exposición a la actividad volcánica que en el espacio y en el tiempo pueda tener una determinada sociedad, lo que nos lleva a considerar la distribución espacial y la temporal de los volcanes. De igual importancia es un tercer factor: la naturaleza e intensidad de la actividad volcánica, que por su variedad puede influir de formas muy diferentes (positiva y negativamente) en la evolución de una sociedad. Aquí examinaremos brevemente estos tres aspectos, con el propósito de establecer un marco de referencia para los estudios del impacto e influencia que el vulcanismo ha ejercido sobre las sociedades en el pasado.

Distribución espacial
Los volcanes activos no se encuentran dispersos arbitrariamente sobre la superficie de la Tierra, sino que se distribuyen en diferentes regiones definidas por procesos tectónicos globales, como las interacciones de las placas tectónicas que conforman la corteza y las corrientes convectivas del manto terrestre que las mueve. México es una de esas regiones tectónicamente activas y los volcanes resultantes de esos procesos son parte característica del paisaje de muchas regiones del país, especialmente en la faja central que se extiende desde Nayarit hasta Veracruz. También existen zonas volcánicas importantes en Baja California y en Chiapas. ¿Es coincidencia que algunas de esas zonas se hallen densamente pobladas? No lo es. Si bien la actividad volcánica puede tener efectos destructivos, éstos pueden ser sobrepasados por sus efectos benéficos. Las tierras de origen volcánico son fértiles, por lo general altas, de buen clima, y ello explica el crecimiento de los centros de población en esos sitios.
Una sociedad asentada en un sitio donde el suelo se renueva y remineraliza repetidamente por efecto de las caídas de ceniza que provoca la actividad volcánica, necesariamente debe adquirir una conciencia de la relación de beneficio y riesgo que esa actividad representa.

Distribución temporal
Aparece entonces el segundo factor, que es la frecuencia de las erupciones, especialmente la de las más grandes y destructivas. Este segundo factor no es independiente del primero, ya que la frecuencia de la actividad eruptiva puede estar relacionada con la intensidad de los procesos tectónicos en determinada región. Cómo se distribuyen las erupciones de un volcán o de un grupo de volcanes en el tiempo es uno de los problemas fundamentales del análisis del riesgo volcánico.
En términos generales, puede decirse que una secuencia de erupciones está lejos de ser un proceso periódico, pues no ocurre en ciclos de duración definida, y se encuentra más cerca de un proceso aleatorio. Esto se debe a la gran cantidad de factores independientes que contribuyen a generar una erupción. El azar implícito en las erupciones contribuye en gran medida a que la percepción del riesgo dependa del predominio de erupciones menores o de que la tasa en que ocurren erupciones mayores sea relativamente alta.

Naturaleza e intensidad de la actividad volcánica
Esos argumentos nos llevan al tercer factor. Es evidente que una región donde predomina una actividad volcánica de baja intensidad, que eventualmente produce erupciones menores cuyo principal efecto son emisiones moderadas de ceniza que tienden a mejorar la calidad del suelo, favorecerá el desarrollo de cualquier sociedad. En contraste, en una región donde la actividad volcánica se ha manifestado en intensas erupciones explosivas y devastadoras, será la causa de graves desastres. La explosividad de las erupciones, esto es su capacidad destructiva, depende como todos los procesos volcánicos de una multitud de parámetros, entre los que destacan cuatro: la composición del magma; la cantidad de volátiles como agua, CO2, SO2 y otros gases que lleve en solución; su viscosidad, que depende de los parámetros anteriores y de la temperatura, y la velocidad a la que ascienden y se emiten en la superficie. Si la velocidad de salida es muy baja, los volátiles tienen tiempo de separarse al vencer la viscosidad, que impide que las burbujas que los contienen escapen y la erupción no es explosiva, o lo es poco. Pero si la velocidad de salida del magma es alta y en su composición se encuentra una alta concentración de volátiles y una alta viscosidad, las burbujas que se generan al separarse los gases disueltos cerca de la superficie –donde la menor presión no les permite continuar disueltos– no pueden escapar y crecen dentro del magma hasta producir violentas explosiones cuando las burbujas se agrandan y el magma pierde su cohesión. Estas explosiones pulverizan el magma y la roca circundante, lo que produce la ceniza volcánica, que a su vez puede generar columnas eruptivas capaces de ascender a altitudes estratosféricas y provocar intensas lluvias de ceniza sobre grandes extensiones. La ceniza caliente también puede fluir como nubes ardientes (flujos piroclásticos) que descienden desde el centro de emisión por los flancos del volcán, destruyendo todo a su paso. Asimismo, la ceniza depositada puede mezclarse con agua de glaciares, lagos o lluvia y formar un lodo de gran movilidad, el cual también puede descender por las pendientes del volcán con un poder destructivo similar al de los flujos piroclásticos y sobre distancias aun mayores.
Este factor de intensidad o explosividad –también ligado a los dos anteriores: distribuciones espacial y temporal de las erupciones– nos permite entonces establecer un marco básico de referencia, en el que la naturaleza de los procesos geológicos determina la tasa de ocurrencia de las erupciones y sobre todo, la naturaleza de éstas, es decir, la relación entre las tasas de ocurrencia de las erupciones de baja intensidad –de efectos benéficos en el largo plazo– y la de las erupciones de más intensidad, capaces de generar desastres mayores.

En México gran parte del vulcanismo está relacionado con la zona de subducción (deslizamiento del borde de una placa de la corteza terrestre por debajo del borde de otra) formada por las placas de Rivera y Cocos con la gran Placa Norteamericana, y tiene su principal expresión volcánica en la Faja Volcánica Mexicana (FVM). Esta faja consiste en una elevación volcánica con orientación este-oeste que se extiende más de 1 200 km y cuyo ancho varía de 20 a 150 km. La FVM, ubicada alrededor del paralelo 19°, alberga a la mayoría de los principales volcanes activos del país, si bien no a todos. Su vulcanismo es extremadamente variado e incluye desde manifestaciones efusivas cuyos productos más importantes son los derrames de lava, hasta erupciones altamente explosivas con predominio de depósitos piroclásticos tanto de flujo como de caída. La FVM se caracteriza también por la diversidad de volcanes: desde grandes estratovolcanes hasta extensos campos de pequeños conos de escoria y ceniza, así como volcanes de escudo.
Existen también otros centros eruptivos en el país que no pertenecen a la FVM, como los volcanes del noroeste, entre los cuales sobresalen el volcán Tres Vírgenes en Baja California, los volcanes de las islas Revillagigedo en el Pacífico y el arco volcánico chiapaneco, que incluye al muy importante (tanto geológica como sociológicamente) volcán El Chichón y también al Tacaná. Hay en México, pues, más de 2 000 volcanes, de los cuales alrededor de 16 han manifestado una actividad que, de una u otra manera, ha afectado a los humanos o al menos ha sido presenciada por ellos.
La génesis de todo este vulcanismo es aún objeto de discusión científica. Entre las teorías más plausibles está la que considera que la fvm y el arco volcánico chiapaneco, que incluye El Chichón, son resultado de la subducción sesgada de las placas de Rivera y Cocos bajo la Placa Norteamericana. Este proceso –que involucra el hundimiento (o subducción) de las placas oceánicas en la zona de trinchera, paralela a la costa suroeste de México– ocurre al parecer de una manera sui generis, pues la velocidad de subducción varía considerablemente a lo largo de la trinchera y esto provoca que el ángulo de la placa subducente varíe y se vuelva menos inclinado hacia el sureste, lo que puede explicar la ausencia de paralelismo entre la zona de trinchera y la FVM. Más al sur, donde la Placa de Cocos está bajo la Placa del Caribe, el proceso es más homogéneo y la Faja Volcánica Centroamericana se mantiene paralela a la trinchera oceánica.
La forma en que el proceso de subducción origina el vulcanismo es muy compleja, pero a grandes rasgos puede visualizarse en términos de la energía disipada y de los materiales volátiles aportados por la placa que penetra por debajo del manto terrestre, a profundidades del orden de los 100 km, valor que puede cambiar en un factor de dos, dependiendo de las condiciones locales del manto y la corteza. Este proceso se traduce en la fusión de al menos parte de los materiales que conforman la placa subducente, los sedimentos que arrastra y el manto que penetran. Este material que se funde, y que tiende a ascender por su menor densidad, cambia su composición en su camino a la superficie, y cuando llega a ella origina la actividad volcánica; en otras palabras, es el magma.
Los paquetes de magma pueden quedar atrapados en la corteza y liberar parte de su contenido en la superficie, lo que produce las erupciones volcánicas. El magma que sale a la superficie durante las erupciones pierde parte o todos los volátiles que tiene en solución y cambia su composición, formando la lava. Cuando uno de esos paquetes de magma produce numerosas erupciones a lo largo del tiempo, los materiales emitidos se acumulan alrededor del centro de emisión y forman volcanes poligenéticos, que pueden ser grandes estructuras estratificadas, los ya mencionados estratovolcanes, capaces de alcanzar grandes altitudes, como el Popocatépetl, el Pico de Orizaba o el volcán de Colima.
En otros casos, el material magmático puede acumularse a una profundidad tal que en lugar de mantener un centro de emisión único busca diferentes vías de salida por los sitios donde la corteza está fracturada o debilitada. Así pueden formarse los ya mencionados campos de conos escoriáceos, que por lo general tienen la característica de ser volcanes monogenéticos. Estos volcanes suelen nacer de una grieta o fractura, producen una erupción de relativamente baja intensidad, que puede prolongarse por años, y mueren sin volver a mostrar actividad. En estas zonas, en lugar de que uno de esos volcanes vuelva a entrar en actividad, es más probable que nazca uno nuevo. De allí el término “monogenético” y su abundancia en zonas de predominio como la Sierra de Chichinautzin, con más de 220 conos monogenéticos (el más reciente de los cuales es el Xitle, que nació cerca de 300 d.C.), y el área de Michoacán-Guanajuato, donde se cuentan más de 1 000 conos de este tipo (incluidos el Jorullo y el Paricutín, nacidos en 1759 y 1943, respectivamente).
La actividad eruptiva de los volcanes de México promedia alrededor de 15 erupciones por siglo, que pueden incluir desde eventos moderados, como la actividad mostrada por el Popocatépetl desde 1994, hasta eventos mayores, como la devastadora erupción del volcán El Chichón en 1982. En el caso de los volcanes monogenéticos, que tienden a producir erupciones moderadas y campos de lava, sin generar intensas explosiones destructivas, tenemos al menos tres nacimientos durante la era cristiana.
Es indudable que esta diversa actividad volcánica ha influido de muy distintas formas en las sociedades que han surgido y evolucionado en México y en otros lugares del mundo. La percepción que de estas erupciones y sus consecuencias tuvieron y tienen esas sociedades en diferentes sitios y a lo largo del tiempo es un objeto de investigación en extremo interesante.

_____________________
Servando de la Cruz Reyna. Físico por la Facultad de Ciencias de la UNAM. Maestro en ciencias por la Universidad de Toronto, Canadá, y doctor en ciencias por la Universidad de Kyoto, Japón. Investigador del Instituto de Geofísica, UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del SNI. Especialista en vulcanología, física del interior de la Tierra, dinámica de fluidos y riesgos geológicos.


Please enable JavaScript in your browser or update your Adobe® Flash® Player to view this content.


Inicio . Ediciones anteriores . Número Vigente . Especial Vigente . Próximo Número . Suscríbete . Banco Imágenes . Contáctanos
Quiénes somos . Otros productos . Anúnciate . Bolsa de Trabajo . Enlaces
©1993 Copyright Editorial Raíces S.A. de C.V.