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BAJA california
vol. XI, número 62, pp. 16-23

Historia y formas de vida en Baja California
Miguel León-Portilla

La costa de Baja California.
Foto: Michael Calderwood

La historia y la geografía de la península de California están llenas de sorpresas y paradojas. Su riqueza y variedad en flora y fauna, sus antiguos pobladores, sus mitos y sus expresiones pictóricas en piedra, la evangelización ocurrida en su territorio, los trabajos arqueológicos realizados en ella, así como las transformaciones modernas, le han ganado el calificativo de “geografía de la esperanza”.

La realidad geográfica y la historia de la península de California abundan en sorpresas y paradojas. Formada por una larga y angosta franja de tierra, está rodeada de agua por todas partes menos en su extremo norte. Fuera del río Colorado, que permite regar el Valle de Mexicali, tan sólo hay en ella arroyos por los que raras veces corre el agua. Se dice por esto que la península es tierra semidesértica. Sin embargo, en su rugosa superficie hay manchones verdes de coníferas, millones de cactus y miles de cirios, esos árboles nativos que le son endémicos, con ramas y hojitas minúsculas, en su Desierto Central.

Es además hábitat de numerosas especies animales y en sus luminosas bahías se aparean las ballenas. Esta California mexicana, desde hace casi cinco siglos, ha sido señuelo de no pocos navegantes, exploradores y aventureros. Entre las muchas paradojas de su geografía ha estado la de su delineación cartográfica, representada unas veces como isla y otras como península. Una paradoja más la ofrece el hecho de que, siendo la dueña por excelencia del nombre de California, derivado de las Sergas de Esplandián, un célebre libro de caballerías, una tierra más al norte se ha hecho dueña de su nombre. La península fue entonces llamada “Baja California” en tanto que la entidad norteña, arrebatada por Estados Unidos, dejó de ser “la Alta” para llamarse simplemente California.

En este número de Arqueología Mexicana se atiende con cierta amplitud a su medio ambiente, su flora y su fauna, y también a no pocos aspectos de su pasado, gracias a modernas investigaciones arqueológicas que han revelado algo de las antiguas formas de vida de sus grupos indígenas, creadores de las célebres pinturas rupestres que hay ahí en centenares de sitios.

LOS MÁS ANTIGUOS POBLADORES
La adaptación de esos grupos, que se conocieron como pericúes, guaicuras y cochimíes, además de los habitantes del extremo norte, entre ellos los cucapás, es ejemplo extraordinario de cómo pueden sobrevivir los seres humanos en un medio ambiente bastante hostil. También de esto hablan otros artículos incluidos en este número. Gracias a los trabajos arqueológicos, iniciados desde el siglo XIX, e intensificados en el XX y en la actualidad, conocemos ahora mejor la antigüedad de esos primeros pobladores y algo de sus formas de vida y creencias. De estas últimas nos hablan las mencionadas pinturas rupestres y lo que ha podido conocerse de sus rituales mortuorios. Buen número de concheros ubicados a lo largo de sus costas, es decir montículos de conchas cuyos moluscos fueron consumidos por los indígenas, permiten afirmar que sus primeros pobladores llegaron desde hace por lo menos 10 000 años. Durante tan largo tiempo dichos aborígenes, procedentes del norte –aunque Paul Rivet aventuró la hipótesis de su llegada en frágiles embarcaciones a través del océano–, no alteraron sustancialmente sus formas de existencia. Se alimentaban de la pesca, la recolección y la caza. En su mayoría andaban desnudos o sólo cubrían las partes pudendas con pieles o toscos tejidos de fibras. Carecían de perros, vivían en abrigos rocosos y no conocían ni la cerámica ni la agricultura, con la única excepción de los que habitaban en las inmediaciones del río Colorado. Sus pocos utensilios eran líticos; sus armas, el arco y la flecha. Por todo esto he dicho de ellos que vivían en una especie de Paleolítico fosilizado.

Para conocer las antiguas formas de vida de esos aborígenes tenemos otros testimonios. Provienen ellos de los tiempos coloniales y son mucho más numerosos de lo que podría uno imaginarse. Además de los primeros relatos del siglo XVI, debidos a navegantes y exploradores, se conservan los informes, crónicas e historias de misioneros que allí trabajaron desde fines del siglo XVII hasta la supresión de las misiones. Ellos fueron primeramente los jesuitas; a éstos siguieron los franciscanos y por último los dominicos.


Figuras humanas y de animales. Cueva La Pintada,
Sierra de San Francisco, Baja California Sur.
Foto: André Cabrolier / Raíces

Sacerdotes o curanderos. Viñeta de un mapa publicado
en la obra de Miguel Venegas, Noticias de la California…
Reprografía: Mapoteca Manuel Orozco y Berra

UNA PREHISTORIA MÍTICA
Acudiendo a los cronistas del periodo misional pueden encontrarse algunas noticias acerca de las creencias y prácticas religiosas de los indígenas. Así, por ejemplo, se refiere que los pericués, del extremo sur, decían que en el cielo se hallaba un gran señor llamado Niparajá, que era quien había hecho ese cielo, la tierra y el mar. Tenía él su mujer que le dio tres hijos. Existía asimismo otro señor, Tuparán, que era su perverso enemigo. Parecidos relatos se recogieron acerca de las creencias de los guaicuras y los cochimíes. Entre otras cosas, unos y otros evocaban la venida de un ser benévolo que antiguamente los había visitado y les había hecho grandes regalos.

A pesar del limitado desarrollo cultural de estos grupos, había entre ellos personas dedicadas a organizar sus fiestas religiosas. Los cochimíes los llamaban guamas. Éstos daban también a conocer sus doctrinas y cuidaban de educar a algunos niños y jóvenes que habrían de ser sus sucesores. Para transmitir sus enseñanzas se valían de unas tablas en las que trazaban diversos signos. En tiempos recientes se ha descubierto una de dichas tablas.

Pero así como existían estas creencias entre los aborígenes, también hubo otras formas de relatos míticos que hicieron suyos los primeros españoles que entraron en contacto con la California. Nada menos que Hernán Cortés, en su tercera carta de relación a Carlos V, habla sobre lo que le había informado el capitán Gonzalo de Sandoval, enviado por él a las costas del Pacífico a la altura de Colima. Según Sandoval, los habitantes de esa región le habían informado de la existencia de una gran isla poblada toda ella de mujeres y muy rica en perlas. A esa isla entraban en ciertos tiempos algunos hombres que cohabitaban con ellas. Si quedaban preñadas y parían niñas, las guardaban consigo, pero si daban a luz varones, los sacaban de la isla y los dejaban en tierra firme.

Tal relación curiosamente coincidía con lo que se expresaba en el ya mencionado libro de las Sergas de Esplandián escrito por García Ordóñez de Montalvo en 1510.

En él se dice:

"Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California […], la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún hombre entre ellas viviese […] La ínsula en sí [era] la más fuerte de rocas y bravas peñas que en el mundo se hallaba.

"Y algunas veces que tenían paces con sus contrarios, mezclábanse unas con otros y había ayuntamientos carnales, de donde se seguía quedar muchas dellas preñadas y, si parían hembra, guardábanla y, si parían varón, luego era muerto."

Este encuentro de míticos relatos encendió el interés por entrar en la tal ínsula que parecía ser precisamente aquella de la que habían hablado los indígenas a Gonzalo de Sandoval.

LA PRESENCIA DE LOS MISIONEROS
Además de lo que se sabe de sus afanes evangelizadores, el recuerdo de los misioneros perdura en las edificaciones que construyeron, en particular algunas grandes iglesias como las de San Ignacio, San Javier, Loreto y San Borja. Las consecuencias de sus actividades entre los indígenas fueron múltiples. Una consistió en la supresión de sus antiguas creencias sustituidas por las del cristianismo. Otra fue la introducción entre ellos de la agricultura y la manufactura de utensilios que antes les eran desconocidos. La alteración radical en sus formas de vida, sometidos a rígidos horarios, debió perturbar gravemente a los indígenas. A ello se sumó la introducción de enfermedades que nunca antes habían padecido, contagiadas por soldados y marineros. A la postre tales alteraciones fueron causa de una declinación demográfica que trajo la desaparición casi completa de los antiguos habitantes de la península.


Indígenas californios se dirigen a la misión para ser convertidos. Ilustración del padre Ignacio Tirsch (lám. XXX), siglo XVIII.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces

 

“Plano de las Provincias de Ostimuri, Sinaloa, Sonora y demás circunvecinas, y parte de California”. En este mapa, elaborado por don José Antonio de Alzate y Ramírez, aparece la península de Baja California y se muestran las áreas ocupadas por algunos grupos indígenas, así como las misiones que había hacia 1772.
Reprografía:Mapoteca Manuel Orozco y Berra

MODERNAS TRASFORMACIONES
Rica en extremo es la historia californiana, tanto como llena de sorpresas es su geografía que hoy es ya mucho más conocida. Los modernos medios de comunicación han permitido a muchos visitarla. Durante siglos la única forma de llegar a ella era abordar frágiles embarcaciones para cruzar el Golfo de California o Mar de Cortés. Al presidente Lázaro Cárdenas se debe el inicio de la construcción de la primera forma de penetrar por tierra en el norte bajacaliforniano. Ello se llevó a cabo con el tendido de la vía del ferrocarril Sonora-Baja California. A esto siguió la apertura de una carretera y asimismo las rutas aéreas y los modernos transbordadores. La llamada carretera Transpeninsular enlaza además sus principales centros del interior.

La península, por mucho tiempo casi despoblada, empezó a recibir flujos migratorios a los que se debe el crecimiento extraordinario de sus ciudades norteñas y otras del sur como La Paz y la conurbación de Los Cabos. La explotación de sus recursos naturales, durante siglos casi inexistente, ha comenzado a ser la base de su moderno desarrollo. Entre sus principales recursos están los pesqueros. El Mar de Cortés, con sus más de 3 000 kilómetros de litorales, ha sido una especie de santuario marítimo con una gran riqueza ictiológica. El historiador Francisco Xavier Clavijero en su Historia de la Antigua California se refirió a esa riqueza describiéndola como gran conjunto de “minas marítimas”.


La misión y el incipiente poblado de San José del Cabo
con el barco de Filipinas llegando a la costa.
Ilustración de Ignacio Tirsch (lám. VIII), siglo XVIII.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco / Raíces

Los modernos medios de comunicación y la migración inherente dieron como resultado el extraordinario crecimiento de varias ciudades en la península. Actual ciudad de Cabo San Lucas en la punta de Baja California Sur.
Foto: Michael Calderwood

La agricultura, aunque limitada por la falta de agua, ha tenido importancia en lugares como el Valle de Mexicali y otros. Sus salinas destacan entre las más grandes del mundo. Por algún tiempo otra fuente de riqueza fueron sus placeres de perlas hoy casi extinguidos. Se dice además que en la península existen yacimientos de hidrocarburos. Y no hay que olvidar los grandes atractivos de sus playas, así como de los centenares de pinturas rupestres y las edificaciones debidas a los misioneros.

Propósito de este número de Arqueología Mexicana es llamar la atención sobre lo que abarcan la geografía y la historia de esta península. Ha estado ella muchas veces en serio peligro de perderse para México. La codicia de los vecinos del norte llegó a proclamar su anexión en la guerra de 1847. Filibusteros como William Walker la invadieron. De hecho ha habido muchos norteamericanos que la han explorado y han hecho inventario de sus recursos.

Olvidada casi por completo, incomunicada con “el macizo”, como suelen llamar los bajacalifornianos al resto del país, escasamente poblada hasta tiempos recientes, este “brazo” del perfil geográfico de México ha sido una especie de gran reserva ecológica o, si se quiere, inmenso parque natural en espera de ser disfrutado y aprovechado. Hay un libro, muy bien escrito, debido al periodista Fernando Jordán que nos muestra lo que era la California mexicana a mediados del siglo xx. Ese libro, titulado El otro México. Biografía de Baja California, conserva su interés hasta hoy. Por mi parte me he ocupado de relacionar la copiosa cartografía que existe de esta península con los testimonios de sus cronistas. Dicho trabajo, Cartografía y crónicas de la Antigua California, publicado por la unam, constituye un acercamiento a la fascinación que ha ejercido la geografía y la rica historia de esta tierra. Arqueología Mexicana reúne aquí un conjunto de aportaciones de arqueólogos, historiadores y profesionales de varias ciencias para mostrar a sus miles de lectores algunas de las sorpresas y paradojas de esta península que ha sido calificada de “geografía de la esperanza”.

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Miguel León-Portilla. Doctor en filosofía por la UNAM. Miembro de las academias mexicanas de la Historia y de la Lengua, del Colegio Nacional y de la National Academy of Sciences, E.U.A. Autor de numerosas publicaciones y profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Miembro del Comité Científico-Editorial de esta revista.

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