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La
realidad geográfica y la historia de la península
de California abundan en sorpresas y paradojas.
Formada por una larga y angosta franja de tierra,
está rodeada de agua por todas partes menos
en su extremo norte. Fuera del río Colorado,
que permite regar el Valle de Mexicali, tan sólo
hay en ella arroyos por los que raras veces corre
el agua. Se dice por esto que la península
es tierra semidesértica. Sin embargo, en
su rugosa superficie hay manchones verdes de coníferas,
millones de cactus y miles de cirios, esos árboles
nativos que le son endémicos, con ramas y
hojitas minúsculas, en su Desierto Central.
Es además hábitat de numerosas especies
animales y en sus luminosas bahías se aparean
las ballenas. Esta California mexicana, desde hace
casi cinco siglos, ha sido señuelo de no
pocos navegantes, exploradores y aventureros. Entre
las muchas paradojas de su geografía ha estado
la de su delineación cartográfica,
representada unas veces como isla y otras como península.
Una paradoja más la ofrece el hecho de que,
siendo la dueña por excelencia del nombre
de California, derivado de las Sergas de Esplandián,
un célebre libro de caballerías, una
tierra más al norte se ha hecho dueña
de su nombre. La península fue entonces llamada
Baja California en tanto que la entidad
norteña, arrebatada por Estados Unidos, dejó
de ser la Alta para llamarse simplemente
California.
En este número de Arqueología Mexicana
se atiende con cierta amplitud a su medio ambiente,
su flora y su fauna, y también a no pocos
aspectos de su pasado, gracias a modernas investigaciones
arqueológicas que han revelado algo de las
antiguas formas de vida de sus grupos indígenas,
creadores de las célebres pinturas rupestres
que hay ahí en centenares de sitios.
LOS
MÁS ANTIGUOS POBLADORES
La adaptación de esos grupos, que se conocieron
como pericúes, guaicuras y cochimíes,
además de los habitantes del extremo norte,
entre ellos los cucapás, es ejemplo extraordinario
de cómo pueden sobrevivir los seres humanos
en un medio ambiente bastante hostil. También
de esto hablan otros artículos incluidos
en este número. Gracias a los trabajos arqueológicos,
iniciados desde el siglo XIX, e intensificados en
el XX y en la actualidad, conocemos ahora mejor
la antigüedad de esos primeros pobladores y
algo de sus formas de vida y creencias. De estas
últimas nos hablan las mencionadas pinturas
rupestres y lo que ha podido conocerse de sus rituales
mortuorios. Buen número de concheros ubicados
a lo largo de sus costas, es decir montículos
de conchas cuyos moluscos fueron consumidos por
los indígenas, permiten afirmar que sus primeros
pobladores llegaron desde hace por lo menos 10 000
años. Durante tan largo tiempo dichos aborígenes,
procedentes del norte aunque Paul Rivet aventuró
la hipótesis de su llegada en frágiles
embarcaciones a través del océano,
no alteraron sustancialmente sus formas de existencia.
Se alimentaban de la pesca, la recolección
y la caza. En su mayoría andaban desnudos
o sólo cubrían las partes pudendas
con pieles o toscos tejidos de fibras. Carecían
de perros, vivían en abrigos rocosos y no
conocían ni la cerámica ni la agricultura,
con la única excepción de los que
habitaban en las inmediaciones del río Colorado.
Sus pocos utensilios eran líticos; sus armas,
el arco y la flecha. Por todo esto he dicho de ellos
que vivían en una especie de Paleolítico
fosilizado.
Para conocer las antiguas formas de vida de esos
aborígenes tenemos otros testimonios. Provienen
ellos de los tiempos coloniales y son mucho más
numerosos de lo que podría uno imaginarse.
Además de los primeros relatos del siglo
XVI, debidos a navegantes y exploradores, se conservan
los informes, crónicas e historias de misioneros
que allí trabajaron desde fines del siglo
XVII hasta la supresión de las misiones.
Ellos fueron primeramente los jesuitas; a éstos
siguieron los franciscanos y por último los
dominicos.

Figuras humanas y de animales. Cueva La Pintada,
Sierra de San Francisco, Baja California Sur.
Foto: André Cabrolier / Raíces |
Sacerdotes o curanderos. Viñeta de
un mapa publicado
en la obra de Miguel Venegas, Noticias de
la California
Reprografía: Mapoteca Manuel Orozco
y Berra |
UNA
PREHISTORIA MÍTICA
Acudiendo a los cronistas del periodo misional pueden
encontrarse algunas noticias acerca de las creencias
y prácticas religiosas de los indígenas.
Así, por ejemplo, se refiere que los pericués,
del extremo sur, decían que en el cielo se
hallaba un gran señor llamado Niparajá,
que era quien había hecho ese cielo, la tierra
y el mar. Tenía él su mujer que le
dio tres hijos. Existía asimismo otro señor,
Tuparán, que era su perverso enemigo. Parecidos
relatos se recogieron acerca de las creencias de
los guaicuras y los cochimíes. Entre otras
cosas, unos y otros evocaban la venida de un ser
benévolo que antiguamente los había
visitado y les había hecho grandes regalos.
A pesar del limitado desarrollo cultural de estos
grupos, había entre ellos personas dedicadas
a organizar sus fiestas religiosas. Los cochimíes
los llamaban guamas. Éstos daban también
a conocer sus doctrinas y cuidaban de educar a algunos
niños y jóvenes que habrían
de ser sus sucesores. Para transmitir sus enseñanzas
se valían de unas tablas en las que trazaban
diversos signos. En tiempos recientes se ha descubierto
una de dichas tablas.
Pero así como existían estas creencias
entre los aborígenes, también hubo
otras formas de relatos míticos que hicieron
suyos los primeros españoles que entraron
en contacto con la California. Nada menos que Hernán
Cortés, en su tercera carta de relación
a Carlos V, habla sobre lo que le había informado
el capitán Gonzalo de Sandoval, enviado por
él a las costas del Pacífico a la
altura de Colima. Según Sandoval, los habitantes
de esa región le habían informado
de la existencia de una gran isla poblada toda ella
de mujeres y muy rica en perlas. A esa isla entraban
en ciertos tiempos algunos hombres que cohabitaban
con ellas. Si quedaban preñadas y parían
niñas, las guardaban consigo, pero si daban
a luz varones, los sacaban de la isla y los dejaban
en tierra firme.
Tal relación curiosamente coincidía
con lo que se expresaba en el ya mencionado libro
de las Sergas de Esplandián escrito
por García Ordóñez de Montalvo
en 1510.
En él se dice:
"Sabed que a la diestra mano de las Indias
hubo una isla llamada California [
], la cual
fue poblada de mujeres negras, sin que algún
hombre entre ellas viviese [
] La ínsula
en sí [era] la más fuerte de rocas
y bravas peñas que en el mundo se hallaba.
"Y algunas veces que tenían paces con
sus contrarios, mezclábanse unas con otros
y había ayuntamientos carnales, de donde
se seguía quedar muchas dellas preñadas
y, si parían hembra, guardábanla y,
si parían varón, luego era muerto."
Este encuentro de míticos relatos encendió
el interés por entrar en la tal ínsula
que parecía ser precisamente aquella de la
que habían hablado los indígenas a
Gonzalo de Sandoval.
LA
PRESENCIA DE LOS MISIONEROS
Además de lo que se sabe de sus afanes evangelizadores,
el recuerdo de los misioneros perdura en las edificaciones
que construyeron, en particular algunas grandes
iglesias como las de San Ignacio, San Javier, Loreto
y San Borja. Las consecuencias de sus actividades
entre los indígenas fueron múltiples.
Una consistió en la supresión de sus
antiguas creencias sustituidas por las del cristianismo.
Otra fue la introducción entre ellos de la
agricultura y la manufactura de utensilios que antes
les eran desconocidos. La alteración radical
en sus formas de vida, sometidos a rígidos
horarios, debió perturbar gravemente a los
indígenas. A ello se sumó la introducción
de enfermedades que nunca antes habían padecido,
contagiadas por soldados y marineros. A la postre
tales alteraciones fueron causa de una declinación
demográfica que trajo la desaparición
casi completa de los antiguos habitantes de la península.
Indígenas californios se dirigen
a la misión para ser convertidos.
Ilustración del padre Ignacio Tirsch
(lám. XXX), siglo XVIII.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco
/ Raíces
Plano de
las Provincias de Ostimuri, Sinaloa, Sonora
y demás circunvecinas, y parte de
California. En este mapa, elaborado
por don José Antonio de Alzate y
Ramírez, aparece la península
de Baja California y se muestran las áreas
ocupadas por algunos grupos indígenas,
así como las misiones que había
hacia 1772.
Reprografía:Mapoteca Manuel Orozco
y Berra
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MODERNAS TRASFORMACIONES
Rica en extremo es la historia californiana, tanto
como llena de sorpresas es su geografía que
hoy es ya mucho más conocida. Los modernos
medios de comunicación han permitido a muchos
visitarla. Durante siglos la única forma
de llegar a ella era abordar frágiles embarcaciones
para cruzar el Golfo de California o Mar de Cortés.
Al presidente Lázaro Cárdenas se debe
el inicio de la construcción de la primera
forma de penetrar por tierra en el norte bajacaliforniano.
Ello se llevó a cabo con el tendido de la
vía del ferrocarril Sonora-Baja California.
A esto siguió la apertura de una carretera
y asimismo las rutas aéreas y los modernos
transbordadores. La llamada carretera Transpeninsular
enlaza además sus principales centros del
interior.
La península, por mucho tiempo casi despoblada,
empezó a recibir flujos migratorios a los
que se debe el crecimiento extraordinario de sus
ciudades norteñas y otras del sur como La
Paz y la conurbación de Los Cabos. La explotación
de sus recursos naturales, durante siglos casi inexistente,
ha comenzado a ser la base de su moderno desarrollo.
Entre sus principales recursos están los
pesqueros. El Mar de Cortés, con sus más
de 3 000 kilómetros de litorales, ha sido
una especie de santuario marítimo con una
gran riqueza ictiológica. El historiador
Francisco Xavier Clavijero en su Historia de
la Antigua California se refirió a esa
riqueza describiéndola como gran conjunto
de minas marítimas.
La misión y el incipiente poblado de
San José del Cabo
con el barco de Filipinas llegando a la costa.
Ilustración de Ignacio Tirsch (lám.
VIII), siglo XVIII.
Reprografía: Marco Antonio Pacheco
/ Raíces |
Los modernos medios de comunicación
y la migración inherente dieron como
resultado el extraordinario crecimiento de
varias ciudades en la península. Actual
ciudad de Cabo San Lucas en la punta de Baja
California Sur.
Foto: Michael Calderwood |
La agricultura, aunque limitada
por la falta de agua, ha tenido importancia en lugares
como el Valle de Mexicali y otros. Sus salinas destacan
entre las más grandes del mundo. Por algún
tiempo otra fuente de riqueza fueron sus placeres
de perlas hoy casi extinguidos. Se dice además
que en la península existen yacimientos de
hidrocarburos. Y no hay que olvidar los grandes
atractivos de sus playas, así como de los
centenares de pinturas rupestres y las edificaciones
debidas a los misioneros.
Propósito de este número
de Arqueología Mexicana es llamar
la atención sobre lo que abarcan la geografía
y la historia de esta península. Ha estado
ella muchas veces en serio peligro de perderse para
México. La codicia de los vecinos del norte
llegó a proclamar su anexión en la
guerra de 1847. Filibusteros como William Walker
la invadieron. De hecho ha habido muchos norteamericanos
que la han explorado y han hecho inventario de sus
recursos.
Olvidada casi por completo, incomunicada
con el macizo, como suelen llamar los
bajacalifornianos al resto del país, escasamente
poblada hasta tiempos recientes, este brazo
del perfil geográfico de México ha
sido una especie de gran reserva ecológica
o, si se quiere, inmenso parque natural en espera
de ser disfrutado y aprovechado. Hay un libro, muy
bien escrito, debido al periodista Fernando Jordán
que nos muestra lo que era la California mexicana
a mediados del siglo xx. Ese libro, titulado El
otro México. Biografía de Baja California,
conserva su interés hasta hoy. Por mi parte
me he ocupado de relacionar la copiosa cartografía
que existe de esta península con los testimonios
de sus cronistas. Dicho trabajo, Cartografía
y crónicas de la Antigua California,
publicado por la unam, constituye un acercamiento
a la fascinación que ha ejercido la geografía
y la rica historia de esta tierra. Arqueología
Mexicana reúne aquí un conjunto
de aportaciones de arqueólogos, historiadores
y profesionales de varias ciencias para mostrar
a sus miles de lectores algunas de las sorpresas
y paradojas de esta península que ha sido
calificada de geografía de la esperanza.
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Miguel León-Portilla. Doctor en filosofía
por la UNAM. Miembro de las academias mexicanas
de la Historia y de la Lengua, del Colegio Nacional
y de la National Academy of Sciences, E.U.A. Autor
de numerosas publicaciones y profesor de la Facultad
de Filosofía y Letras de la UNAM. Miembro
del Comité Científico-Editorial de
esta revista. |