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EL CICLO DE LA VIDA

Vol. X, número 60, pp. 38-45

La vejez en el arte de Mesoamérica
Beatriz de la Fuente

1. Los hombres ancianos plasmados en algunas figurillas mayas muestran facciones que permiten reconocerlos como imágenes de dioses del inframundo. Representación de un dios anciano que sale de un caracol. Periodo Clásico Tardío.
Foto: Michel Zabé / Raíces

Con su sabiduría, los abuelos y antepasados –los viejos– permearon el modo de vida de sus descendientes en Mesoamérica. En este artículo se habla de algunas de las más expresivas representaciones plásticas de los ancianos
y ancestros en diferentes ámbitos de las culturas antiguas.


La muerte define al antepasado, antaño, ayer
y ahora... la muerte nutre en permanencia el
cortejo de las almas, fuente inagotable del río
de lo ancestral.


Alain Breton, “Una infinita
necesidad de antepasados”


Escucha... esto es lo que me han contado mis abuelos, los sabios, los ancianos. Oye... éstas son las palabras de aquellos que habitan más allá del tiempo. Su voz acompaña el principio y el fin. Sus actos trascienden el acontecer cotidiano para confundirse con el mito. Sus pasos definen nuestra estancia y ser en el mundo.

¿Cuántas veces hemos pronunciado frases similares? ¿Cuántos son los relatos y representaciones que evocan la presencia de los viejos? Vastos acontecimientos protagonizan los abuelos. En infinidad de historias son ellos quienes dan a conocer los hechos o bien son quienes los llevan a cabo.
Sin duda, ya sea en la historia, en la plástica o en los relatos míticos, estos sabios también ocuparon un lugar preponderante en el pensamiento de los pueblos mesoamericanos. Al paso de los años, su imagen se conserva y permanece en representaciones y relatos que se recrean en nuestros días, a través de diversas obras artísticas o de la tradición oral de los pueblos indígenas antiguos y contemporáneos.
Según podemos advertir, los viejos conocen la verdad y la transmiten. En ellos está el recuerdo, el acto y la posibilidad del futuro. Su decir es el hilo conductor de las tramas, sus palabras colorean, aconsejan y encauzan el devenir de los mitos y de la historia.

En sus arrugas se pueden leer los pliegues de aconteceres dinámicos que devienen en gestos pausados y serenos. Las arrugas reúnen la experiencia de lo hecho, con el espejo del futuro. Son los rasgos que evocan y proyectan.

En ellos, los viejos, inicia y termina la historia para legitimarse y permanecer. En ellos fluye el tránsito de los antiguos a los nuevos abuelos. Su imagen se inserta dentro del pensamiento mítico para dar cabida al principio y al fin de las generaciones.

Suelen ser los padres de todos los dioses o bien quienes conocen los ingredientes que han de dar paso a la creación de los hombres. Tal es el caso de Ixmucane, la abuela, quien muele las mazorcas amarillas y las blancas para preparar las bebidas de donde provienen los músculos y el vigor del hombre, como se lee en el Popol Vuh (1990, p. 104).

También los viejos son fundadores y tienen la cualidad de otorgar el poder. Anteceden y suceden en el tiempo que se repite, se recuerda y se recrea a través de sus actos y narraciones. Guían ceremonias y rituales. Encabezan en ocasiones la siembra de las cosechas, conciliando las fuerzas del universo. Escuchan, esperan y encauzan. Conocen el momento preciso en que se debe actuar y aquel en que es mejor dar paso a la quietud.

Los viejos son los preservadores de las historias, ellos las protagonizan, las narran y las recrean. Su generación adquiere la responsabilidad de legitimar las dinastías y vincularlas con el origen
de las cosas y del mundo. Su imagen y sus palabras encierran los recuerdos que nunca se olvidan. En ellos reposa el paso del tiempo a veces atropellado y otras sereno. En ellos se advierte el futuro pues nunca dejan de estar. Se oyen en su propio eco, se reconocen en sus cuerpos encorvados, se vislumbran en rostros serenos, surcados por el acto y la espera...

Figuraciones de viejos
Las representaciones de ancianos más tempranas corresponden a Cuicuilco y al Preclásico (800 a.C.). Es ejemplar la conocida imagen de Huehuetéotl –el dios viejo–, una de las divinidades más antiguas de Mesoamérica (fig. 2). El rostro ofrece inconfundibles señales de vejez: lo surcan arrugas y carece de dientes. De espalda encorvada, se sienta con las piernas cruzadas; en ocasiones se le ve enjuto. Por lo común carga un brasero, cuyos diseños se relacionan con el fuego y los cuatro rumbos del universo e identifican a la deidad. En estas obras antiguas hay una sutil armonía entre el cuerpo humano y el brasero, aunque el foco de atención visual y significativa recaiga en este último. El interior del brasero penetra en las esculturas pero el dios no se abre, sino que se cierra sobre sí mismo, de manera tal que su fuerza queda contenida, concentrada y latente. La imagen esboza la fragilidad de Huehuetéotl, en parte debido al peso de los años, en parte al peso del gran brasero que soporta y, a la vez, habla de sabiduría y experiencia acumuladas y prestas para ayudar a los vivos.

Las representaciones se mantuvieron desde el Preclásico hasta el Posclásico; hubo escasos cambios, según las distintas épocas y estilos artísticos en diversas partes de Mesoamérica, sobre todo en el Altiplano Central. Se les encuentra en Teotihuacan (fig. 3), en el centro de Veracruz y entre los nahuas.
Debe destacarse la extraordinaria escultura en barro de Huehuetéotl procedente de Cerro de las Mesas (fig. 4), que confirma la maestría alcanzada por los ceramistas veracruzanos durante el Clásico (600-900 d.C.). El cuerpo anciano muestra una gran expresividad formal y simbólica: se remarcan los flácidos músculos de las mejillas y el pecho, y el vientre se abulta debido a la forzada posición sedente, abrumada por el gran brasero. Esta elocuente obra dota de nuevo sentido a la imagen del dios: sin demérito de su divinidad, es más humano y vital que sus pares de otros periodos y lugares.

Además de Huehuetéotl, en Teotihuacan hay otros ejemplos de ancianos en los muros de Tetitla (fig. 5). En trazos que sugieren el busto, se les ve de lado, prógnatas, barbados y con los brazos cruzados bajo el mentón; emiten floridas vírgulas de la palabra y parecen emerger de conchas bivalvas. Son ocho y miran hacia otro, que se encuentra en la pared del fondo del recinto, en posición frontal. Llevan en los brazos una especie de lienzo y un objeto amarillo de formas irregulares; por abajo se ve un posible carapacho de tortuga. Podría pensarse que entonan cantos floridos a un anciano principal, el que mira de frente, quien responde de modo escueto. De acuerdo con el lenguaje formal teotihuacano, y pese a que reconocemos en ellos los rasgos de la vejez, las representaciones de estos ancianos aluden a una realidad conceptual y no son descripciones naturalistas.

También del actual estado de Veracruz, pero de pueblo y periodo distintos –los huastecos de fines del Clásico (900 d.C.)–, se conocen esculturas hechas con fina arenisca de “ancianos sembradores”. Destacan por la falta de apego a las formas naturales del cuerpo humano, el cual aparece esquematizado. La atención se centra en la actitud general, los rasgos faciales y las posturas (fig. 6). En las formas elegantes
y resumidas o esquemáticas de estos viejos activos se manifiesta un espacio que desempeña un papel fundamental, en tanto les atraviesa y sugiere particular energía vital interior que trasciende los límites de lo terrenal. Además no hay lugar para el equívoco: se está frente a hombres en la última etapa de su vida, cuando la cara se llena de arrugas y la espalda se joroba, la boca pierde sus dientes y las piernas se doblan. Los ancianos se apoyan pesadamente en un bastón que aferran entre las manos, como si éste soportara la longeva vida y, al mismo tiempo, fuera el conducto hacia el vientre de la madre Tierra, lugar del origen y del fin de todo lo viviente. Se ha dicho que la originalidad de los viejos huastecos radica en que expresan el concepto de siembra, el cual augura la continuidad de los cultivos y de la existencia natural. De igual modo se ha visto en ellos la dualidad y la llamada coincidentia oppositorum. Así, los ancianos sembradores, por medio del ciclo de renovación universal, concilian los extremos de esa existencia, unifican la caducidad de los seres vivos y trascienden a la eterna vitalidad. La idea de trascendencia, aunque plasmada en un lenguaje artístico diferente, como diferentes fueron su tiempo y su espacio, se aprecia también en las afamadas tumbas pintadas de Oaxaca (200-900 d.C.). Aquí hubo especial cuidado en mostrar la vejez disfrazada o imbuida de sacralidad y establecer así un puente entre la vida terrena y la sobrenatural. Por ello los mausoleos zapotecas son un sorprendente testimonio biofílico (de aprecio por la vida). Los más notorios corresponden a las tumbas 104, 105 y 112 de Monte Albán, y la 5 de Suchilquitongo (fig. 7).

Líneas, colores, ritmo y composición revelan una extraordinaria factura, como se aprecia en la Tumba 105 de Monte Albán (fig. 8).

Nueve parejas de hombres y mujeres ancianos se reconocen por sus arrugas faciales y boca desdentada. Las mujeres se distinguen gracias al quechquémitl que visten y bajo el cual asoman sus manos. Todos presentan el cuerpo de frente y el rostro de perfil; usan ricos atavíos, en las manos portan insignias de poder y los tocados les confieren individualidad. Aunque están estáticos, su actitud sugiere movimiento parsimonioso y solemne: aparece un personaje tras otro y todos se mueven entre los símbolos del Cielo y la Tierra, encaminándose por las rutas del inframundo, sea que se alejen de la entrada a la tumba o que se acerquen a ella, y guíen así los pasos de los vivos (fig. 7). Se trata asimismo de viejos ambivalentes que ocultan su condición (que puede ser sobrenatural o terrenal), oscilando entre lo profano y lo sagrado. No obstante, el conjunto manifiesta un fuerte contenido sobrenatural: la vida se prolonga después de la muerte, perdura en los iconos pintados y en la conciencia de pertenecer a una familia. Gracias a las representaciones de ancianos, que son tronco y ramas de los linajes de los antiguos nobles zapotecas, se borran las fronteras de la dicotomía vida-muerte.

El último grupo de imágenes de viejos a que me referiré también tiene un fuerte sentimiento biofílico, el cual se aprecia en especial en terracotas mayas como las delicadas figurillas de Jaina. Sin duda alguna pueden considerarse entre las más elocuentes por cuanto retratan sin ambigüedades a hombres y mujeres cuya vida ha sido larga y colmada de experiencias (figs. 10a, 10b, 10c). Los rasgos faciales revelan esa vejez productiva. Así se percibe en alguna mujer que se lleva la mano a la boca, su arrugado rostro acusa sonriente serenidad y el torso desnudo muestra los senos flácidos. También se observan dos tipos básicos: por una parte la aguda humanización otorgada a las mujeres y, por otra y contrastante, el endiosamiento dado a los hombres. Los ancianos suelen brotar de flores recién abiertas o de caracolas (fig. 9). En sus facciones se expresa la vida más allá de los confines mortales, pues permite reconocerlos como imágenes de dioses del inframundo. De ello son ejemplos la representación de uno de los pahuatunes (fig. 1); el llamado dios L –el viejo “fumador” de Palenque– (fig. 11); y la escena en un vaso del Museo de Princeton (fig. 12), en la que se ve a un viejo en su corte, acompañado por su consorte, la joven diosa I, la cual aparece repetidas veces.

En otras palabras, las mujeres ancianas se acercan a la humanidad más que los hombres; éstos se aproximan al mundo sobreterrenal. Las actitudes femeninas son más bien pasivas, calmadas y sin zozobras. Los hombres, en cambio, actúan con energía, hacen y crean.

Consideraciones finales
He querido presentar aquí sólo un breve muestrario artístico de una rica tradición cultural que aún espera diversos acercamientos. Aunque en la mayoría de las obras plásticas de Mesoamérica se muestran seres humanos en plena madurez, la vejez, al ser una etapa muy respetada de la vida, incluso venerada, se representó en diversas obras. Ya sea en terracota o en piedra tallada y con color, por medio de variados lenguajes estéticos, con sus matices estilísticos, temporales y geográficos, las imágenes de ancianos nos comunican una larga serie de conceptos en torno al final de la vida sobre la Tierra, pero que sigue adelante en los ámbitos supernaturales pues nunca muere del todo.

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Beatriz de la Fuente. Doctora en historia. Investigadora emérita del Instituto de Investigaciones Estéticas (UNAM) y del Sistema Nacional de Investigadores. Miembro de El Colegio Nacional.
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