Si bien la zona de
monumentos que ahora se puede visitar en Teotihuacan
representa tan sólo una parte del área
que en su apogeo cubrió la ciudad, no cabe duda
de que contiene uno de los conjuntos arquitectónicos
más notables de la antigüedad, en el que
sobresalen construcciones de gran tamaño y con
notables características como las pirámides
del Sol y de la Luna y la Ciudadela –en la que
se localiza la extraordinaria Pirámide de la
Serpiente Emplumada. A éstas y otras magníficas
obras arquitectónicas se suman esculturas, pinturas
murales, piezas cerámicas y objetos de obsidiana,
entre otros elementos, que conforman uno de los acervos
más ricos y complejos relacionados con una cultura
prehispánica.
Todo esto, los monumentos que ahora pueden visitarse,
las obras que se encuentran en distintos museos de México
y el mundo –en especial en el Museo de Sitio de
Teotihuacan y el Museo Nacional de Antropología–,
y una gran cantidad de estudios que dan cuenta del desarrollo
histórico de la ciudad, son producto de cientos
de años de exploraciones.
Una ciudad de tales dimensiones, con una sociedad capaz
de sintetizar con tal eficiencia los logros que habían
venido dándose por siglos entre los grupos que
la antecedieron, y de generar a su vez vigorosas manifestaciones
culturales que le darían prestigio y que en adelante
formarían parte de la vida cotidiana y ritual
de los pueblos del Centro de México, no podía
caer en el olvido.
En esta edición de Arqueología Mexicana
se presentan imágenes de distintos momentos en
la exploración e investigación de la ciudad,
desde los primeros testimonios, plasmados en códices
–en los que se refleja la importancia que desde
entonces se concedía a los monumentos de la ciudad–,
hasta fotografías actuales de las principales
construcciones, así como una muestra de los numerosos
hallazgos realizados en la ciudad.
Teotihuacan
En muchos sentidos, Teotihuacan es un sitio único.
No sólo fue una de las mayores aglomeraciones
urbanas que conoció el México antiguo,
sino que, en su tiempo, llegó a ser la sexta
ciudad más grande del mundo, sólo detrás
de lugares como Constantinopla y Alejandría.
Unas cuantas cifras dan cuenta de las dimensiones y
la complejidad que hicieron de este asentamiento el
más importante e influyente de su época,
que lo convirtieron en una urbe cuya presencia se deja
sentir prácticamente por toda la Mesoamérica
del Clásico, y cuyo prestigio trascendió
hasta siglos posteriores a su caída. En su apogeo,
entre 350 y 550 d.C., Teotihuacan tenía una población
de cerca de 100 000 habitantes. Para ese entonces el
área urbana alcanzaba 20 km2
y contaba con cerca de 2 000 conjuntos de departamentos
–en cada uno de los cuales vivían entre
20 y 100 individuos– de distintos tamaños,
de acuerdo con la posición social de sus ocupantes.
Aunque en el valle de Teotihuacan existió durante
el Posclásico una considerable población,
para entonces la gran ciudad del Clásico había
sido abandonada y si bien sus grandes monumentos se
encontraban cubiertos aún constituían
motivo de admiración por sus dimensiones y no
habían caído en el olvido. A esto contribuía,
sin duda, el prestigio que acumuló durante los
cerca de ocho siglos en que fue la principal urbe mesoamericana.
Los pueblos que le sucedieron sumaron a esa percepción
de urbe poderosa e influyente una aureola de sitio mítico,
de escenario de eventos fundadores. Las impresionantes
dimensiones de los vestigios dieron lugar a la creencia
de que la construcción de las pirámides
había sido obra de los dioses o de gigantes;
la huella de su grandeza en la memoria de los pueblos
del Posclásico hizo que se le considerara el
lugar en el que los dioses habían creado nada
menos que el Quinto Sol, la última de las eras
por las que había pasado la humanidad.
Historia de la ciudad
En su esplendor, Teotihuacan poseía una población
y una infraestructura urbanas de tales magnitudes, que
no tuvieron paralelo hasta el surgimiento de Tenochtitlan.
En sus inicios, en la fase Patlachique (150-1 a.C.),
Teotihuacan fue una aldea de grandes dimensiones, con
cerca de 10 000 habitantes. Para finales de esa fase
cubría unos 7 km2 y contaba con cerca de 30 000
habitantes. Durante la fase Tzacualli (1-150 d.C.),
Teotihuacan llegó a cubrir un área de
20 km2 y a albergar una población superior a
los 60 000 habitantes. Un factor importante en esta
inusitada explosión demográfica pudo haber
sido el traslado de la mayoría de la población
de la Cuenca de México a la que, en adelante,
prácticamente sería la única gran
ciudad de la región. Es en esta época
que se construyen las pirámides del Sol y de
la Luna. En las fases posteriores, si bien el área
ocupada no varió mucho, existió un crecimiento
constante de la población, aunque de menor intensidad
que la explosión demográfica de las primeras
épocas. En la fase Miccaotli (150-225 d.C.),
la población llega a los 85 000 habitantes y
la ciudad vive un periodo de esplendor: en estos años
se construyen la Calle de los Muertos y la Pirámide
de la Serpiente Emplumada. Durante la fase Tlamimilolpa
(225-50 d.C.), el número de habitantes ronda
los 90 000 y la ciudad albergaba ya el complejo arquitectónico
más significativo y de mayores dimensiones de
toda Mesoamérica. A lo largo de la Calle de los
Muertos, uno de los ejes sobre los que se dispuso la
cuidadosa planificación de la ciudad, se encontraban
edificios como las pirámides del Sol y de la
Luna y la Ciudadela. Para la fase Xolalpan (350-550
d.C.), la ciudad había alcanzado su apogeo, y
su prestigio y poder se manifestaban por prácticamente
toda Mesoamérica. En ese entonces llegó
a albergar a más de 125 000 pobladores, que se
distribuían en cerca de 2 000 conjuntos habitacionales.
Posteriormente, la población declinó paulatinamente
y en la fase Metepec (550-650 d.C.) su esplendor llegó
a su fin, cuando, tal vez a consecuencia de revueltas
internas, los templos y las residencias de la elite
del centro-cívico ceremonial fueron quemados.
En ese proceso de declinación se habrían
combinado varios factores, entre ellos el debilitamiento
de la estructura social y el surgimiento de otras ciudades
que disputaron su hegemonía. Sin embargo, hasta
la conquista española, Teotihuacan siguió
siendo una ciudad importante, aunque nunca más
fue, como en el Clásico Temprano, el centro de
la vida mesoamericana.
Teotihuacan y Mesoamérica
El desarrollo de Teotihuacan se vio favorecido por su
estratégica ubicación, la cual, a la vez
que le permitía el acceso a los abundantes recursos
naturales de la Cuenca de México y el control
de los depósitos de obsidiana cercanos, facilitaba
la comunicación y el intercambio con otras regiones.
Durante el Clásico Temprano (200-650 d.C.) llegó
a convertirse en la ciudad más importante de
Mesoamérica, a lo que contribuyeron, entre otros
factores, tanto sus dimensiones y su gran población
como la notable variedad y calidad de sus manifestaciones
culturales. El desarrollo de una ciudad como Teotihuacan
implica necesariamente la existencia de relaciones económicas
y políticas con otros lugares, las cuales permitían
obtener los recursos indispensables para el mantenimiento
de su población, así como la satisfacción
de los requerimientos de su clase dirigente.
En su apogeo, Teotihuacan era el núcleo de un
amplio sistema que comprendía por lo menos tres
áreas, cada una con características propias,
definidas por el tipo de relación, económica
o política, que establecía con la ciudad.
De la primer área –que cubría entre
40 y 60 km– se extraía buena parte de los
productos básicos para el mantenimiento de la
población, así como algunas materias primas
para la producción de diversos objetos, entre
ellos herramientas y otros fabricados con obsidiana
obtenida en los depósitos de la Sierra de las
Navajas, Hidalgo. A una segunda área, que abarcaba
entre 100 y 150 km, estaban destinados muchos de los
productos elaborados en la ciudad, aunque también
contribuía con ciertos bienes, como la característica
cerámica Anaranjado Delgado, fabricada en el
sur de Puebla. En esta periferia se localizan varios
sitios con vestigios de claro estilo teotihuacano, entre
los que se incluyen tanto elementos arquitectónicos
como objetos cerámicos y líticos. La tercer
área se refiere a Mesoamérica en su conjunto,
en varios sitios se encuentra clara evidencia de la
presencia teotihuacana. La naturaleza de la extensión
de esta influencia aún no ha sido totalmente
explicada, aunque es claro que llegaba a regiones mesoamericanas
como Oaxaca, el Occidente y Guatemala. Es posible que
en gran medida esto fuera consecuencia del establecimiento
de redes comerciales, las que alcanzarían regiones
distantes.
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• Basado en María
del Carmen Solanes Carraro y Enrique Vela, Atlas
del México prehispánico, especial
núm. 5 de Arqueología Mexicana,
México, 2000, p. 68.