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La arqueología de
Teotihuacan
Eduardo Matos Moctezuma

Exploración y restauración de los edificios
de la Ciudadela, ca. 1921, durante los trabajos
del proyecto interdisciplinario dirigido por Manuel
Gamio.
Foto: Archivo Ángeles González
Gamio. Repro.: M.A. Pacheco / Raíces
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Teotihuacan es, sin
duda, una de las ciudades del México antiguo
sobre las que se ha publicado un gran número
de estudios; más de mil fichas bibliográficas
así lo atestiguan. Su cercanía a la ciudad
de México, pero sobre todo su importancia arqueológica
y su presencia en Mesoamérica, son factores importantes
para que sobre ella se haya concentrado la atención
de muchos especialistas.
Los grupos nahuas posteriores a Teotihuacan, al no saber
quiénes habían construido la antigua ciudad,
la atribuyeron a los dioses, e incluso en ella ubicaron
uno de sus mitos principales: aquel que habla del nacimiento
del Quinto Sol, el Sol del hombre nahua. Testimonio
de esto son las peregrinaciones que hacían al
lugar y el relato del mito en distintas fuentes como,
por ejemplo, la Leyenda de los Soles (Códice
Chimalpopoca). Fray Bernardino de Sahagún
habla de este mito y de la fundación de la ciudad
en su Historia general de las cosas de Nueva España,
en el Códice Matritense de la Real Academia
y en el Códice Matritense del Real Palacio.
De Teotihuacan, los aztecas copiaron el trazo de la
ciudad en cuatro cuadrantes o barrios principales que
vemos en Tenochtitlan. Excavaron en Teotihuacan, como
lo demuestran las más de 40 piezas procedentes
de esta ciudad que se encontraron en el Templo Mayor
azteca, y copiaron los templos con talud y tablero;
asimismo, pintaron motivos que recuerdan algunos elementos
típicamente teotihuacanos y tallaron esculturas
del dios viejo que imitan las figuras encontradas en
Teotihuacan.
Hacia la segunda mitad del siglo XVII, don Carlos de
Sigüenza y Góngora mostró interés
por la antigüedad de Teotihuacan y realizó
excavaciones en la Pirámide del Sol. Aunque no
han llegado hasta nosotros documentos del sabio sobre
ese interés, así lo señalan algunos
de sus contemporáneos, como Gemelli Carreri,
quien dice en su Giro del Mondo (1700): “Ningún
historiador de los indios ha sabido investigar el tiempo
de la erección de las pirámides, pero
don Carlos de Sigüenza las considera antiquísimas
y en poco posteriores al diluvio…” En cuanto
a las excavaciones, el ilustre don Lorenzo Boturini
señala en su Idea de una nueva Historia
General de la América Septentrional:
Era este Cerro en la antigüedad
perfectamente cuadrado, encalado, y hermoso, y se subía
a su cumbre por unas gradas, que hoy no se descubren,
por haberse llenado de sus propias ruinas, y de la tierra
que le arrojan los vientos, sobre la cual han nacido
árboles y abrojos. No obstante estuve yo en él,
y lo hice por curiosidad medir, y, si no me engaño,
es de doscientas varas de alto. Asimismo mandé
sacarlo en Mapa, que tengo en mi Archivo, y rodeándole
VI, que el célebre Don Carlos de Sigüenza
y Góngora había intentado taladrarle,
pero halló resistencia (Boturini, 1746).
Se trata, por lo tanto, del primer intento conocido
por investigar el monumento. Ignacio Bernal, al referirse
a Sigüenza, dice que: “…lleva a cabo
la primera exploración francamente arqueológica,
en la que trata de utilizar un monumento para esclarecer
algún problema histórico” (Bernal,
1979).
Un trabajo interesante fue el plano de Teotihuacan que,
en 1864, realizaron los miembros de la Comisión
Científica de Pachuca, bajo el mando del ingeniero
Ramón Almaraz. En ese trabajo se usaron por primera
vez aparatos de precisión y, además, se
excavaron algunos tlateles. También
hay que recordar los trabajos de Désiré
Charnay y la utilización de la fotografía
como medio de documentación arqueológica
en la segunda mitad del siglo XIX.
En las postrimerías del siglo XIX, don Leopoldo
Batres descubrió el Templo de la Agricultura,
en la Calle de los Muertos, y en 1905 emprendió
trabajos en la Pirámide del Sol, bajo los auspicios
del gobierno de don Porfirio Díaz. Un dibujo
de Batres muestra la pirámide con cuatro cuerpos
y en sus esquinas esqueletos de infantes. En la reconstrucción
que hizo del edificio le aumentó un cuerpo más,
como lo asienta Remy Bastien en su tesis La pirámide
del Sol en Teotihuacan (1947). Asimismo, se construye
el museo de sitio y se establecen leyes de protección
para la zona.
En 1917, don Manuel Gamio y sus colaboradores comienzan
sus trabajos en Teotihuacan, en los cuales se aplica
su concepto de investigación integral al estudiar
una región a partir de dos categorías:
población y territorio vistos en su devenir histórico,
desde la época prehispánica hasta el momento
actual. Se trata de una investigación inter y
multidisciplinaria en la que participan diversos especialistas,
cuyos resultados quedan plasmados en los tres volúmenes
editados, en 1922, por la Secretaría de Agricultura
y Fomento con el título de La población
del Valle de Teotihuacan. Con esa investigación
estamos ante el surgimiento en México de la antropología
como ciencia –con las ramas que la conforman:
arqueología, antropología física,
etnología y lingüística–, que
tiene sus raíces en la Escuela Internacional
de Arqueología y Etnología Americana.
La finalidad del estudio es, mediante la investigación,
mejorar las condiciones de la población de ese
momento.
En relación con la arqueología son importantes
los trabajos desarrollados en la Ciudadela, en donde
se encuentra el Templo de Quetzalcóatl y se excava
todo el conjunto. También se realizaron excavaciones
en la Calle de los Muertos y hacia 1920 se abrió
un túnel hacia la parte media del primer cuerpo
de la Pirámide del Sol. Posteriormente, otros
investigadores, como José Pérez y Eduardo
Noguera, perforaron en 1933 otro túnel para conocer
el interior del monumento y más tarde, en 1962,
el doctor Robert Smith excavó el cuarto cuerpo
de la pirámide, en donde también hizo
sondeos el doctor René Millon.
Otro trabajo importante fue el del doctor Sigvald Linné,
del Museo Etnográfico de Suecia, en los treinta.
Fue de los primeros en excavar conjuntos habitacionales
complejos, como Xolalpan y Tlamimilolpa, lo cual ofreció
una visión de la manera en que vivían
los teotihuacanos. Posteriormente se encontraron otros
conjuntos que enriquecieron el tema, como las investigaciones
realizadas hacia 1940 por don Alfonso Caso en Tepantitla,
en donde localizó una serie de habitaciones alrededor
de patios y la pintura mural que se conoce como Tlalocan;
asimismo, se llevaron a cabo excavaciones en el conjunto
de Atetelco. Los trabajos de Pedro Armillas con la Viking
Fund, entre 1942-1943, dieron como resultado el hallazgo
de los famosos “pisos de mica” en conjuntos
de la Calle de los Muertos. Una década después,
Laurette Séjourné excavó varios
sitios habitacionales, como Yayahuala, Zacuala y Tetitla.
Más tarde se exploraron Oztoyahualco y La Ventilla,
con lo que se amplió el estudio sobre la función
y distribución interna de estos conjuntos.
Hacia los sesenta se desarrollaron tres proyectos importantes.
El doctor René Millon realizó el “Teotihuacan
Mapping Project”, en el que aplicó diversas
técnicas para la elaboración del plano
de la ciudad, con base en recorridos de superficie,
utilización de fotografía aérea
y excavaciones. Así, estableció con mayor
precisión tres aspectos importantes: la cronología
de Teotihuacan, la densidad de población y la
extensión de la urbe, datos hoy en día
vigentes con algunas modificaciones. También
encontró depósitos de agua que abastecían
a la ciudad.
Por su parte, el doctor William Sanders, de la Universidad
de Pennsylvania, llevó a cabo el “Teotihuacan
Valley Project”; realizó recorridos, excavó
cerca de la antigua ciudad y expuso su idea de las regiones
simbióticas.
Entre 1962 y 1964, bajo la coordinación de Ignacio
Bernal, el INAH realizó el “Proyecto Teotihuacan”.
Se excavaron gran parte de la Calle de los Muertos,
la Plaza del Sol y la de la Luna. Se estableció
que conjuntos como el Palacio de las Mariposas y el
de los Caracoles Emplumados tenían características
diferentes de las de los hasta entonces conocidos conjuntos
departamentales. También se recuperaron restos
de pintura mural, como la de los Animales Mitológicos,
en la parte oeste de la Calle de los Muertos, y, en
el lado oriente, se localizó el Gran Puma, entre
muchos más. Se realizaron excavaciones en La
Ventilla, dirigidas por Román Piña Chán,
y Laurette Séjourné continuó con
los trabajos en Tetitla.
Diversos estudios aportaron datos significativos sobre
la cultura teotihuacana. Mencionaremos en primer lugar
el hallazgo, a principios de los setenta, de una cueva
debajo de la Pirámide del Sol, en la que se encontraron
muros y restos de canalones de piedra de la época
teotihuacana. Los trabajos, a cargo de don Jorge Acosta,
arrojaron información relevante en relación
con la construcción de la pirámide en
ese lugar. Se ha discutido si la cueva, con cerca de
100 m de largo, es natural o artificial. Creo que este
asunto no importa tanto; lo que realmente interesa es
que la presencia de una cueva en ese lugar, ya sea natural
o construida por el hombre, nos remite a considerar
la importancia de edificar encima de una cueva, lugar
que representa la dualidad por excelencia del mundo
prehispánico: vida y muerte. La cueva era donde
nacían los pueblos y por donde se iba al mundo
de los muertos.
También hay que destacar los estudios de Michael
Spence sobre la obsidiana y los de Evelyn Rattray sobre
cerámica. La excavación del Barrio de
los Comerciantes y la presencia zapoteca en Teotihuacan
ofrecieron una nueva visión sobre la ciudad y
sus componentes sociales y comerciales. Una investigación
de suma importancia fue la realizada por la doctora
Emily McClung, que tuvo como objetivo el estudio de
la dieta de los teotihuacanos. Gracias a los estudios
del Laboratorio de Paleoetnobotánica, del Instituto
de Investigaciones Antropológicas (IIA), de la
UNAM, podemos dilucidar temas tan relevantes como el
de las características nutricionales y su impacto
en la sociedad teotihuacana.
Gracias al “Proyecto Teotihuacan 1980-1882”,
coordinado por Rubén Cabrera, se excavaron conjuntos
habitacionales en la Ciudadela, talleres de cerámica
al norte de ésta y el Complejo Oeste de la Calle
de los Muertos. Más tarde se efectuaron trabajos
en el Templo de Quetzalcóatl, bajo la dirección
de Rubén Cabrera, George Cowgill y Saburo Sugiyama.
Se encontraron grupos de entierros de 1, 2, 4, 9 y 18
personas fuera y debajo del edificio. Estaban colocados
hacia los puntos cardinales y los individuos tenían
las manos atadas a la espalda, posible evidencia de
que habían sido sacrificados. Se hizo una excavación
hacia el centro del monumento y se encontraron restos
de saqueo prehispánico, así como una fosa
con 20 individuos. Los entierros parecen estar relacionados
con festividades de carácter agrícola
y calendárico y proporcionan datos sólidos
en lo relativo a la existencia del sacrificio humano,
la guerra, y ponen en duda el carácter “teocrático”
y pacífico de la sociedad teotihuacana.
Entre 1992 y 1994 se puso en marcha el “Proyecto
Especial Teotihuacan”, bajo mi coordinación,
en el que se realizaron trabajos de rescate en varios
sitios de la antigua ciudad y en especial en el Templo
de Quetzalcóatl, donde se encontraron nuevos
entierros similares a los descritos. Se excavó
la gran plataforma que rodea la Pirámide del
Sol, y se confirmó que aísla y separa
un espacio de gran sacralidad de otro con características
distintas. Cerca de la esquina sureste de la plataforma
se encontraron alrededor de 40 “marcadores astronómicos”
trazados sobre el piso. La Plaza 5’, al oeste
de la Pirámide de la Luna, fue explorada por
un grupo de becarios del Centro de Estudios Teotihuacanos,
fundado en 1993. Entre los rescates destacan los trabajos
en La Ventilla, bajo la supervisión de Rubén
Cabrera, donde se localizaron conjuntos con pintura
mural, así como glifos pintados sobre el piso
que parecen tener relación con la escritura teotihuacana.
Un dato de gran importancia fue la localización
de un conjunto habitacional popular, situado al norte
de los anteriores hallazgos (que nos recuerda los excavados
por Linné), el cual contenía varios entierros
debajo de los pisos de las habitaciones y restos de
infantes colocados en platos. Con esto se abren nuevas
posibilidades de conocimiento acerca de la distribución
de la urbe y sus barrios, con grupos de menor jerarquía
social cerca de conjuntos de mayor riqueza. También
se encontraron cuevas junto a la ya conocida años
atrás, con su estela-marcador y materiales teotihuacanos,
excavadas por Natalia Moragas. El Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la unam, con Linda Manzanilla
al frente, realizó trabajos en los que se encontraron
diversas cuevas que fueron utilizadas como lugares de
enterramiento por grupos posteriores al apogeo teotihuacano.
Recientemente, Saburo Sugiyama y Rubén Cabrera
han realizado hallazgos sorprendentes en la Pirámide
de la Luna, como restos de individuos sacrificados y
algunos decapitados, con manos y pies atados, así
como felinos dentro de jaulas de madera, además
de otros vestigios. También se localizaron tres
entierros en posición sedente que ven hacia el
poniente, con ofrendas de caracoles, piedras verdes,
figuras, etc., todo ello dentro de una cámara
de piedra. Estos trabajos han permitido conocer, en
parte, cómo fue el crecimiento de la pirámide
y del templo adosado al frente. Aunque la excavación
continúa, debe resaltarse que la experiencia
en campo aporta datos significativos para la localización
de elementos en tanto que, en ocasiones, la utilización
de técnicas muy sofisticadas de detección
fracasa.
Una de las investigaciones recientes en Teotihuacan
es la de Leonardo López Luján (INAH),
Linda Manzanilla (IIA) y William Fash (Universidad de
Harvard) en Xalla, al norte de la Pirámide del
Sol. Su principal objetivo era averiguar si Xalla, por
sus características, fue la sede de los gobernantes
de más alto rango de Teotihuacan. También
se trata de conocer la identidad social y étnica
de sus moradores y reconstruir su estilo de vida. Hasta
el momento se han encontrado diversos vestigios arqueológicos
que están en proceso de estudio y que pueden
arrojar luces sobre el tema.
_____________________
• Tomado de Eduardo
Matos Moctezuma, “La arqueología de Teotihuacan”,
en Arqueología Mexicana, núm,
64, noviembre-diciembre de 2003, pp. 28-35.
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ESPECIAL
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VIGENTE
CÓDICE NUTTALL
Segunda parte
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