arqueología mexicana
LA RELIGIÓN MEXICA
CATÁLOGO DE DIOSES

ÍNDICE 30  
La religión mexica Catálogo de dioses mexicas

Catálogo de dioses mexicas
Rafael Tena

Se presenta en esta edición especial un catálogo más o menos completo de las deidades que integran el panteón mexica, distribuidas en 3 grupos y 17 “complejos”. Pero debemos tener en cuenta que algunos de estos “dioses” en realidad equivalen meramente a variantes, advocaciones, epítetos, o nahuales, etcétera, de los dioses más conspicuos. En cada caso, al nombre náhuatl (o nahuatlizado) de la deidad sigue la respectiva traducción entre comillas, y luego, cuando se requiere, una brevísima caracterización.
Primer grupo. Dioses creadores y providentes: 1. Ometé-otl, 2. Tezcatlipoca, 3. Quetzalcóatl, 4. Xiuhteuctli, 5. Yacateuctli
Segundo grupo. Dioses de la fertilidad agrícola y humana, y del placer: 6. Tláloc, 7. Eécatl (Quetzalcóatl), 8. Xochipilli, 9. Xipetótec, 10. Centéotl, 11. Metztli, 12. Teteoínnan
Tercer grupo. Dioses de la energía cósmica, de la guerra y de los sacrificios humanos: 13. Tonatiuh, 14. Huitzilopochtli, 15. Mixcóatl, 16. Tlahuizcalpanteuctli, 17. Mictlanteuctli


Atavíos de los dioses
Se agrega también en el apartado relativo a cada dios en esta edición, la traducción al español de textos en náhuatl sobre atavíos, la cual incluye a veces datos ausentes en la descripción textual, pero presentes en la representación gráfica; estos últimos datos van entre corchetes. Se indican en cada caso el número de orden y la página en que deben buscarse los dioses en el apartado “Atavíos de los dioses. Texto náhuatl”, al final de esta edición.
Esta sección de atavíos, a pesar de su importancia e interés, no la incluyó Sahagún en el apéndice al libro segundo del Códice Florentino. En los llamados Primeros memoriales, dentro de los folios 261r-267r del Códice Matritense del Real Palacio, Bernardino de Sahagún incluyó una descripción de los atavíos diagnósticos de 37 dioses o categorías de dioses de la religión nahua-mexica. Se trata de un material probablemente originado en el calmécac, que era la institución prehispánica destinada a formar a los gobernantes, sacerdotes y tlacuilos o escribanos. En el códice mencionado, al lado de la representación de cada dios se enlistan sus atavíos respectivos en lengua náhuatl, siguiendo un orden que va de la cabeza a los pies, para terminar con los objetos sostenidos en ambas manos. Por ser la mexica una sociedad guerrera, todos los dioses se presentan asimismo como guerreros, ataviados con armas defensivas y ofensivas, aunque algunas de éstas fuesen meramente simbólicas. Las imágenes que vemos en los códices pueden representar las estatuas de los dioses, o a los sacerdotes y víctimas que los personificaban.
Cantares de los dioses
De igual manera, se agrega en los apartados relativos a los dioses la traducción de los cantares de los dioses, y también se indica en cada caso la página en la que aparece la paleografía del náhuatl en el apartado “Cantares de los dioses. Texto náhuatl”. La paleografía está basada en el texto de los Primeros memoriales; la traducción, más que literal quiere ser literaria, y por lo tanto es libre. No se reproducen en la traducción las secuencias de sílabas que no pertenecen al léxico semántico náhuatl, sino que corresponden simplemente a exclamaciones o a complementos del ritmo. Para entender mejor estos textos, recurrí a las glosas en náhuatl del manuscrito de los Primeros memoriales y a los trabajos previos de los autores que se mencionan adelante; inevitablemente, se trata aquí de una mera aproximación al sentido original de estos cantares, es decir, de una más de las muchas interpretaciones posibles.
En el apéndice al libro segundo del Códice Florentino, Bernardino de Sahagún incluyó una “Relación de los cantares que se decían a honra de los dioses, en los templos y fuera de ellos”, que introduce con las siguientes palabras: “Costumbre muy antigua es de nuestro adversario el Diablo buscar escondrijos para hacer sus negocios, conforme a lo del santo Evangelio que dice: ‘Quien hace mal aborrece la luz’. Conforme a esto, este nuestro enemigo en esta tierra plantó un bosque o arcabuco lleno de muy espesas breñas para hacer sus negocios desde él y para esconderse en él, para no ser hallado, como hacen las bestias fieras y las muy ponzoñosas serpientes. Este bosque o arcabuco breñoso son los cantares que en esta tierra él urdió que se hiciesen y usasen en su servicio y como su culto divino y salmos de su loor, así en los templos como fuera de ellos, los cuales llevan tanto artificio que dicen lo que quieren y pregonan lo que él manda, y entiéndenlos solamente aquellos a quienes él los endereza. Es cosa muy averiguada que la cueva, bosque y arcabuco donde el día de hoy este maldito adversario se esconde son los cantares y salmos que tiene compuestos y se le cantan, sin poderse entender lo que en ellos se trata, mas de aquellos que son naturales y acostumbrados a este lenguaje, de manera que seguramente se canta todo lo que él quiere, sea guerra o paz, loor suyo o contumelia de Cristo, sin que de los demás se pueda entender”.
Sahagún transcribió los cantares de referencia tanto en los llamados Primeros memoriales del Códice Matritense del Real Palacio (folios 273v-281v) como en el Códice Florentino (libro II, fol. 137r-144v), con ligeras variantes entre los textos nahuas respectivos, pero no ofreció una traducción de ellos.
El texto original de estos cantares resulta de difícil comprensión por las siguientes razones: se trata de composiciones poéticas, arcaicas, durante cuya prolongada transmisión pudieron introducirse no pocas alteraciones. Además, no conocemos suficientemente el contexto cultural en que se les ejecutaba, quizá en forma de diálogos o coros cantados, en los cuales se iban alternando los interlocutores; y tampoco podemos soslayar que la eficacia literaria de tales textos se ve necesariamente mermada cuando quedan aislados de la música, la coreografía, el vestuario, los escenarios, las emociones y las creencias que acompañaban su ejecución en las solemnidades oficiales.
Quizá echaremos de menos en estos cantares una efusión lírica más marcada, pero debemos considerar que no son expresiones de sentimientos individuales, sino textos anónimos utilizados en celebraciones comunitarias que cumplían una función social. Además, el mismo Sahagún nos advierte que tales cantares se ejecutaban “en los templos y fuera de ellos”; es decir, que no sólo se cantaban en los templos durante las festividades rituales, sino también en otros escenarios más modestos, como las capillas de barrio, los hogares, las sementeras, los campos y el lago. Algunos de estos cantares eran sencillas alabanzas o letanías populares en honra de los dioses; otros eran conjuros mágicos, de los que se echaba mano en las más variadas circunstancias; y los ejecutantes no eran siempre los cantores del templo, sino muchas veces gente del común. Por todo lo dicho hasta aquí, al momento de leer y evaluar estos cantares de la religión nahua-mexica debemos tomar en cuenta el carácter heterogéneo de esta colección de textos. A pesar de las dificultades señaladas, el esfuerzo que hagamos para entender estos cantares nos permitirá conocer mejor ciertas características de la religión prehispánica y acercarnos a una de sus manifestaciones más genuinas.
Entre otros, han paleografiado y traducido estos cantares Eduard Seler (1904), Ángel María Garibay (1958), Charles E. Dibble y Arthur J. O. Anderson (1981), y Thelma D. Sullivan (1997).

Primeros Memoriales
Este documento, elaborado por fray Bernardino de Sahagún durante su estancia en Tepepolco, Hidalgo, entre 1558 y 1560, tiene formato de libro europeo, en papel de buena calidad, y su estado de conservación es bueno. Consta de 88 folios: 54 se encuentran en el manuscrito de la Biblioteca del Real Palacio y 34 en el de la Real Academia de la Historia, ambas en Madrid, por lo cual se les llama en conjunto Códices Matritenses.
Es el más antiguo de los manuscritos preliminares elaborados por fray Bernardino de Sahagún en torno a la religión, historia y cultura de los pueblos del Centro de México, en especial sobre los nahuas. Los Primeros Memoriales están considerados como una fuente singular e independiente, que no debe ser tratada sólo como un material preparatorio. Sahagún incorporó muy poca de esta información en su magna obra posterior, el Códice Florentino o Historia general de las cosas de Nueva España. De enorme riqueza informativa, los Primeros Memoriales fueron divididos en cuatro grandes secciones, que a su vez se dividieron en 49 párrafos. Contienen datos relacionados con la religión, el calendario ritual de las 18 fiestas, descripciones del mundo celeste y el inframundo, secciones de historia prehispánica y colonial temprana, y una sección variada, así como un recuento ilustrado de insignias y atavíos de la nobleza. Algunas secciones presentan importantes conjuntos gráficos, además de sus respectivas glosas en lengua náhuatl.


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