Se presenta en esta edición especial un catálogo
más o menos completo de las deidades que integran
el panteón mexica, distribuidas en 3 grupos y
17 “complejos”. Pero debemos tener en cuenta
que algunos de estos “dioses” en realidad
equivalen meramente a variantes, advocaciones, epítetos,
o nahuales, etcétera, de los dioses más
conspicuos. En cada caso, al nombre náhuatl (o
nahuatlizado) de la deidad sigue la respectiva traducción
entre comillas, y luego, cuando se requiere, una brevísima
caracterización.
• Primer grupo. Dioses creadores y providentes:
1. Ometé-otl, 2. Tezcatlipoca, 3. Quetzalcóatl,
4. Xiuhteuctli, 5. Yacateuctli
• Segundo grupo. Dioses de la fertilidad
agrícola y humana, y del placer: 6.
Tláloc, 7. Eécatl (Quetzalcóatl),
8. Xochipilli, 9. Xipetótec, 10. Centéotl,
11. Metztli, 12. Teteoínnan
• Tercer grupo. Dioses de la energía
cósmica, de la guerra y de los sacrificios humanos:
13. Tonatiuh, 14. Huitzilopochtli, 15. Mixcóatl,
16. Tlahuizcalpanteuctli, 17. Mictlanteuctli
Atavíos
de los dioses
Se agrega también en el apartado relativo a cada
dios en esta edición, la traducción al español
de textos en náhuatl sobre atavíos, la cual
incluye a veces datos ausentes en la descripción
textual, pero presentes en la representación gráfica;
estos últimos datos van entre corchetes. Se indican
en cada caso el número de orden y la página
en que deben buscarse los dioses en el apartado “Atavíos
de los dioses. Texto náhuatl”, al final de
esta edición.
Esta sección de atavíos, a pesar de su importancia
e interés, no la incluyó Sahagún
en el apéndice al libro segundo del
Códice
Florentino. En los llamados
Primeros memoriales,
dentro de los folios 261r-267r del
Códice Matritense
del Real Palacio, Bernardino de Sahagún incluyó
una descripción de los atavíos diagnósticos
de 37 dioses o categorías de dioses de la religión
nahua-mexica. Se trata de un material probablemente originado
en el
calmécac, que era la institución
prehispánica destinada a formar a los gobernantes,
sacerdotes y tlacuilos o escribanos. En el códice
mencionado, al lado de la representación de cada
dios se enlistan sus atavíos respectivos en lengua
náhuatl, siguiendo un orden que va de la cabeza
a los pies, para terminar con los objetos sostenidos en
ambas manos. Por ser la mexica una sociedad guerrera,
todos los dioses se presentan asimismo como guerreros,
ataviados con armas defensivas y ofensivas, aunque algunas
de éstas fuesen meramente simbólicas. Las
imágenes que vemos en los códices pueden
representar las estatuas de los dioses, o a los sacerdotes
y víctimas que los personificaban.
Cantares
de los dioses
De igual manera, se agrega en los apartados relativos
a los dioses la traducción de los cantares de los
dioses, y también se indica en cada caso la página
en la que aparece la paleografía del náhuatl
en el apartado “Cantares de los dioses. Texto náhuatl”.
La paleografía está basada en el texto de
los
Primeros memoriales; la traducción,
más que literal quiere ser literaria, y por lo
tanto es libre. No se reproducen en la traducción
las secuencias de sílabas que no pertenecen al
léxico semántico náhuatl, sino que
corresponden simplemente a exclamaciones o a complementos
del ritmo. Para entender mejor estos textos, recurrí
a las glosas en náhuatl del manuscrito de los
Primeros
memoriales y a los trabajos previos de los autores
que se mencionan adelante; inevitablemente, se trata aquí
de una mera aproximación al sentido original de
estos cantares, es decir, de una más de las muchas
interpretaciones posibles.
En el apéndice al libro segundo del
Códice
Florentino, Bernardino de Sahagún incluyó
una “Relación de los cantares que se decían
a honra de los dioses, en los templos y fuera de ellos”,
que introduce con las siguientes palabras: “Costumbre
muy antigua es de nuestro adversario el Diablo buscar
escondrijos para hacer sus negocios, conforme a lo del
santo Evangelio que dice: ‘Quien hace mal aborrece
la luz’. Conforme a esto, este nuestro enemigo en
esta tierra plantó un bosque o arcabuco lleno de
muy espesas breñas para hacer sus negocios desde
él y para esconderse en él, para no ser
hallado, como hacen las bestias fieras y las muy ponzoñosas
serpientes. Este bosque o arcabuco breñoso son
los cantares que en esta tierra él urdió
que se hiciesen y usasen en su servicio y como su culto
divino y salmos de su loor, así en los templos
como fuera de ellos, los cuales llevan tanto artificio
que dicen lo que quieren y pregonan lo que él manda,
y entiéndenlos solamente aquellos a quienes él
los endereza. Es cosa muy averiguada que la cueva, bosque
y arcabuco donde el día de hoy este maldito adversario
se esconde son los cantares y salmos que tiene compuestos
y se le cantan, sin poderse entender lo que en ellos se
trata, mas de aquellos que son naturales y acostumbrados
a este lenguaje, de manera que seguramente se canta todo
lo que él quiere, sea guerra o paz, loor suyo o
contumelia de Cristo, sin que de los demás se pueda
entender”.
Sahagún transcribió los cantares de referencia
tanto en los llamados
Primeros memoriales del Códice
Matritense del Real Palacio (folios 273v-281v) como
en el
Códice Florentino (libro II, fol.
137r-144v), con ligeras variantes entre los textos nahuas
respectivos, pero no ofreció una traducción
de ellos.
El texto original de estos cantares resulta de difícil
comprensión por las siguientes razones: se trata
de composiciones poéticas, arcaicas, durante cuya
prolongada transmisión pudieron introducirse no
pocas alteraciones. Además, no conocemos suficientemente
el contexto cultural en que se les ejecutaba, quizá
en forma de diálogos o coros cantados, en los cuales
se iban alternando los interlocutores; y tampoco podemos
soslayar que la eficacia literaria de tales textos se
ve necesariamente mermada cuando quedan aislados de la
música, la coreografía, el vestuario, los
escenarios, las emociones y las creencias que acompañaban
su ejecución en las solemnidades oficiales.
Quizá echaremos de menos en estos cantares una
efusión lírica más marcada, pero
debemos considerar que no son expresiones de sentimientos
individuales, sino textos anónimos utilizados en
celebraciones comunitarias que cumplían una función
social. Además, el mismo Sahagún nos advierte
que tales cantares se ejecutaban “en los templos
y fuera de ellos”; es decir, que no sólo
se cantaban en los templos durante las festividades rituales,
sino también en otros escenarios más modestos,
como las capillas de barrio, los hogares, las sementeras,
los campos y el lago. Algunos de estos cantares eran sencillas
alabanzas o letanías populares en honra de los
dioses; otros eran conjuros mágicos, de los que
se echaba mano en las más variadas circunstancias;
y los ejecutantes no eran siempre los cantores del templo,
sino muchas veces gente del común. Por todo lo
dicho hasta aquí, al momento de leer y evaluar
estos cantares de la religión nahua-mexica debemos
tomar en cuenta el carácter heterogéneo
de esta colección de textos. A pesar de las dificultades
señaladas, el esfuerzo que hagamos para entender
estos cantares nos permitirá conocer mejor ciertas
características de la religión prehispánica
y acercarnos a una de sus manifestaciones más genuinas.
Entre otros, han paleografiado y traducido estos cantares
Eduard Seler (1904), Ángel María Garibay
(1958), Charles E. Dibble y Arthur J. O. Anderson (1981),
y Thelma D. Sullivan (1997).
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Primeros
Memoriales
Este
documento, elaborado por fray Bernardino de Sahagún
durante su estancia en Tepepolco, Hidalgo, entre
1558 y 1560, tiene formato de libro europeo, en
papel de buena calidad, y su estado de conservación
es bueno. Consta de 88 folios: 54 se encuentran
en el manuscrito de la Biblioteca del Real Palacio
y 34 en el de la Real Academia de la Historia,
ambas en Madrid, por lo cual se les llama en conjunto
Códices Matritenses.
Es el más antiguo de los manuscritos preliminares
elaborados por fray Bernardino de Sahagún
en torno a la religión, historia y cultura
de los pueblos del Centro de México, en
especial sobre los nahuas. Los Primeros Memoriales
están considerados como una fuente singular
e independiente, que no debe ser tratada sólo
como un material preparatorio. Sahagún
incorporó muy poca de esta información
en su magna obra posterior, el Códice
Florentino o Historia general de las
cosas de Nueva España. De enorme riqueza
informativa, los Primeros Memoriales
fueron divididos en cuatro grandes secciones,
que a su vez se dividieron en 49 párrafos.
Contienen datos relacionados con la religión,
el calendario ritual de las 18 fiestas, descripciones
del mundo celeste y el inframundo, secciones de
historia prehispánica y colonial temprana,
y una sección variada, así como
un recuento ilustrado de insignias y atavíos
de la nobleza. Algunas secciones presentan importantes
conjuntos gráficos, además de sus
respectivas glosas en lengua náhuatl.
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